La hora de la verdad se acerca

Redacción

Por Redacción

Los preocupados por los asuntos internacionales ya están tan acostumbrados a escuchar advertencias sobre lo terriblemente peligroso que sería permitir que la República Islámica de Irán adquiriera un arsenal atómico que muchos propenden a tratar el tema como si fuera cuestión de una eventualidad hipotética, de algo muy improbable que podría suceder en el futuro lejano. Sin embargo, parecería que, muy pronto, quienes insisten en la necesidad de frenar el programa nuclear de los revolucionarios islamistas por los medios que fueran tendrán que optar entre actuar y resignarse a convivir con las consecuencias de no hacer nada. Los más alarmados por lo que está ocurriendo son, desde luego, los israelíes: temen que, de dotarse de armas nucleares, los fanáticos religiosos iraníes no vacilarían en usarlos para eliminar lo que llaman “el ente sionista” de la faz de la Tierra tal y como se han propuesto en diversas ocasiones el presidente Mahmoud Ahmadinejad y otros integrantes del régimen. La semana pasada, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, visitó nuevamente Estados Unidos, donde advirtió que el tiempo está agotándose y, según se informa, pidió al presidente norteamericano Barack Obama venderle o cederle las bombas antibúnker que Israel necesitaría para destruir las instalaciones subterráneas construidas por los iraníes. Por su parte Obama, si bien afirmó que “no dudaría en usar la fuerza” para impedir que Irán consiguiera dotarse de armas de destrucción masiva, es claramente reacio a comprometerse, ya que por motivos comprensibles prefiere apostar a que terminen funcionando las presiones diplomáticas y comerciales. A diferencia del líder israelí, Obama parece creer que en el fondo los religiosos iraníes son personas razonables que, luego de considerar las diversas opciones, decidirán que no es de su interés tener un arsenal nuclear o, en el caso de que lo tuvieran, nunca soñarían con emplearlo porque las consecuencias para ellos serían con toda seguridad devastadoras. En cambio Netanyahu está convencido de que sería insensato suponer que los religiosos iraníes se dejarían guiar por pautas occidentales ya que, lejos de sentirse horrorizados por la posibilidad de desatar una conflagración apocalíptica, les fascina la idea de protagonizar lo que para ellos sería la batalla definitiva entre el bien y el mal. Además de entender que el destino de Israel está en juego, Netanyahu sabe que quienes odian tanto a los judíos que quisieran exterminarlos por completo son perfectamente capaces de ir a cualquier extremo a fin de concretar sus amenazas, y que por lo tanto hay que actuar antes de que sea demasiado tarde. Puede que en el caso de los religiosos iraníes Netanyahu esté equivocado y que, a pesar de su retórica tremendista, en verdad no aspiren a emular a los nazis, pero también es factible que tenga razón, de ahí su propia voluntad, y la del grueso de sus compatriotas, de correr riesgos que en otras circunstancias serían excesivos. Los precandidatos republicanos que esperan enfrentar a Obama en las elecciones presidenciales de noviembre lo critican por no apoyar a Israel con más firmeza; algunos atribuyen su actitud no a la cautela que lo caracteriza sino a su presunta voluntad de congraciarse con los líderes de los países musulmanes. Para los iraníes, la posibilidad de que Obama se vea sucedido en la Casa Blanca por un halcón republicano será un incentivo para apurarse todavía más, pero la actitud cada vez más agresiva que han asumido últimamente podría resultarles contraproducente. Aunque por razones evidentes Obama no quiere que durante su gestión Estados Unidos se vea involucrado en una operación militar equiparable con las emprendidas por su antecesor, George W. Bush, también es consciente de que no le convendría en absoluto ser recordado como el presidente responsable de haber permitido que Irán se erigiera en una potencia nuclear o de haber abandonado a Israel a su suerte justo cuando su existencia misma corría peligro. No sorprendería, pues, que en las próximas semanas Obama adoptara una postura mucho más belicosa frente a Irán, aunque sólo fuera porque, caso contrario, los israelíes se sentirían obligados a actuar sin pedirle permiso, iniciando así una guerra que, según los pesimistas, tendría repercusiones nefastas en buena parte del planeta.


Los preocupados por los asuntos internacionales ya están tan acostumbrados a escuchar advertencias sobre lo terriblemente peligroso que sería permitir que la República Islámica de Irán adquiriera un arsenal atómico que muchos propenden a tratar el tema como si fuera cuestión de una eventualidad hipotética, de algo muy improbable que podría suceder en el futuro lejano. Sin embargo, parecería que, muy pronto, quienes insisten en la necesidad de frenar el programa nuclear de los revolucionarios islamistas por los medios que fueran tendrán que optar entre actuar y resignarse a convivir con las consecuencias de no hacer nada. Los más alarmados por lo que está ocurriendo son, desde luego, los israelíes: temen que, de dotarse de armas nucleares, los fanáticos religiosos iraníes no vacilarían en usarlos para eliminar lo que llaman “el ente sionista” de la faz de la Tierra tal y como se han propuesto en diversas ocasiones el presidente Mahmoud Ahmadinejad y otros integrantes del régimen. La semana pasada, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, visitó nuevamente Estados Unidos, donde advirtió que el tiempo está agotándose y, según se informa, pidió al presidente norteamericano Barack Obama venderle o cederle las bombas antibúnker que Israel necesitaría para destruir las instalaciones subterráneas construidas por los iraníes. Por su parte Obama, si bien afirmó que “no dudaría en usar la fuerza” para impedir que Irán consiguiera dotarse de armas de destrucción masiva, es claramente reacio a comprometerse, ya que por motivos comprensibles prefiere apostar a que terminen funcionando las presiones diplomáticas y comerciales. A diferencia del líder israelí, Obama parece creer que en el fondo los religiosos iraníes son personas razonables que, luego de considerar las diversas opciones, decidirán que no es de su interés tener un arsenal nuclear o, en el caso de que lo tuvieran, nunca soñarían con emplearlo porque las consecuencias para ellos serían con toda seguridad devastadoras. En cambio Netanyahu está convencido de que sería insensato suponer que los religiosos iraníes se dejarían guiar por pautas occidentales ya que, lejos de sentirse horrorizados por la posibilidad de desatar una conflagración apocalíptica, les fascina la idea de protagonizar lo que para ellos sería la batalla definitiva entre el bien y el mal. Además de entender que el destino de Israel está en juego, Netanyahu sabe que quienes odian tanto a los judíos que quisieran exterminarlos por completo son perfectamente capaces de ir a cualquier extremo a fin de concretar sus amenazas, y que por lo tanto hay que actuar antes de que sea demasiado tarde. Puede que en el caso de los religiosos iraníes Netanyahu esté equivocado y que, a pesar de su retórica tremendista, en verdad no aspiren a emular a los nazis, pero también es factible que tenga razón, de ahí su propia voluntad, y la del grueso de sus compatriotas, de correr riesgos que en otras circunstancias serían excesivos. Los precandidatos republicanos que esperan enfrentar a Obama en las elecciones presidenciales de noviembre lo critican por no apoyar a Israel con más firmeza; algunos atribuyen su actitud no a la cautela que lo caracteriza sino a su presunta voluntad de congraciarse con los líderes de los países musulmanes. Para los iraníes, la posibilidad de que Obama se vea sucedido en la Casa Blanca por un halcón republicano será un incentivo para apurarse todavía más, pero la actitud cada vez más agresiva que han asumido últimamente podría resultarles contraproducente. Aunque por razones evidentes Obama no quiere que durante su gestión Estados Unidos se vea involucrado en una operación militar equiparable con las emprendidas por su antecesor, George W. Bush, también es consciente de que no le convendría en absoluto ser recordado como el presidente responsable de haber permitido que Irán se erigiera en una potencia nuclear o de haber abandonado a Israel a su suerte justo cuando su existencia misma corría peligro. No sorprendería, pues, que en las próximas semanas Obama adoptara una postura mucho más belicosa frente a Irán, aunque sólo fuera porque, caso contrario, los israelíes se sentirían obligados a actuar sin pedirle permiso, iniciando así una guerra que, según los pesimistas, tendría repercusiones nefastas en buena parte del planeta.

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