La hora de los expertos






Los científicos son tan proclives como cualquiera a dejarse cautivar por ideologías despiadadas. Esta comunidad incluye a activistas políticos que tienden a favorecer esquemas autoritarios.


Si bien es razonable suponer que, con la excepción de aquellos fanáticos religiosos que atribuyen la pandemia a la ira justiciera de su dios particular, todos se sienten alarmados por la guerra de atrición que está librando Covid-19 contra el género humano; los hay que toman “el bicho” por un aliado. Además de los que esperan ver desplomarse el orden capitalista, los nacionalistas que celebran el cierre de fronteras y sus contrincantes internacionalistas que quieren que “el mundo” se encargue de los problemas que dejará el desastre, están los convencidos de que en adelante todos prestarán mucho más atención a lo que dicen los científicos.

Mejorar todos los servicios médicos aparte, no es muy claro lo que pudieron haber hecho los distintos gobiernos para asegurar que un microbio diminuto no provocara el daño que está ocasionando

Señalan que hace muchos años biólogos previsores comenzaron a advertirnos que, tarde o temprano, virus mortíferos se escaparían del reino animal en que han estado confinados para desatar plagas terribles y que por lo tanto deberíamos hacer cuanto sea necesario para prepararnos.

Mejorar todos los servicios médicos aparte, no es muy claro lo que pudieron haber hecho los distintos gobiernos para asegurar que un microbio diminuto no provocara el daño que está ocasionando el coronavirus o cómo sería un mundo en alerta permanente por si apareciera otro igualmente letal. Lo único cierto es que no sería el que conocíamos en febrero.

A la luz de lo que está ocurriendo, los científicos y sus auxiliares de los servicios de salud tienen motivos de sobra para sentirse reivindicados.

En las semanas últimas, sus representantes han llegado a ocupar un lugar de privilegio en la jerarquía mundial, ya que virtualmente todos los mandatarios del planeta se han rodeado de epidemiólogos renombrados. Hasta Donald Trump, un personaje que tiene la reputación de ser un paladín de la ignorancia militante, se permite corregir en público por el Dr. Anthony Fauci y, para desconcierto de muchos, toma las medidas contundentes que recomienda.

Parecería que, por ahora cuando menos, Fauci es el hombre más poderoso del país más poderoso, mientras que en buena parte del resto del mundo sus homólogos están desempeñando roles igualmente decisivos.

Dadas las circunstancias, el protagonismo de tales expertos puede considerarse lógico, pero sucede que muchos otros creen que ellos también merecen tener más poder. A su modo, están aprovechando la crisis para conseguirlo.

Climatólogos y ecólogos, seguidos por sociólogos y psicólogos, quieren aprovechar lo que ven como una oportunidad para aumentar su propia influencia. Sus esfuerzos en tal sentido no entrañarían demasiados riesgos si solo se tratara de sabios reacios a opinar sobre asuntos ajenos a su propia especialidad pero, huelga decirlo, los científicos son tan proclives como cualquier rebelde joven a dejarse cautivar por ideologías despiadadas.

Como es notorio, la comunidad que conforman incluye a muchos activistas políticos que tienden a favorecer esquemas autoritarios, acaso porque a la mayoría le gusta el orden y quiere que el mundo sea más “racional”.

Las dictaduras comunistas, con su “socialismo científico”, hicieron buen uso de esta propensión, mientras que en la Alemania nazi miles de académicos prestigiosos resultaban estar más que dispuestos a ponerse al servicio de un régimen genocida.

El coronavirus ya nos ha enseñado que en todos los países el grueso de la ciudadanía está dispuesto a sacrificar la libertad a cambio de un mayor grado de seguridad.

Puede que solo sea cuestión de una fase pasajera, que una vez que se haya “contenido” el virus y desarrollado una vacuna eficaz se restaurará la normalidad de antes, que será dictatorial en algunos lugares y en el Occidente más o menos libre, pero algo quedará.

Por cierto, no están por callarse quienes insisten en que para frenar el cambio climático sería necesario aplicar una estrategia parecida a la adoptada para combatir el virus que, para satisfacción de algunos, ya ha servido para reducir la polución ambiental en amplias zonas de China, Europa y Estados Unidos.

Para quienes valoran las libertades civiles, lo que viene estará lleno de peligros.

La crisis del coronavirus se verá seguida por otra económica, sea una recesión relativamente breve o una depresión larga como la de hace noventa años, que privará de empleos y, en muchos casos, de ingresos a centenares de millones de familias, lo que obligará a los gobiernos a priorizar lo económico y social por encima de lo demás.

A muchos no les será nada fácil resistirse a la tentación de prolongar la emergencia. Tampoco les será impedir, si así lo quieren, que grupos determinados saquen provecho del clima de temor para conseguir sus propios objetivos en desmedro de los intereses del resto de la población.


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