La imaginación en el poder
Los interesados en los orígenes intelectuales del kirchnerismo suelen aludir a la presunta influencia de pensadores como Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Jean-Jacques Rousseau, Antonio Gramsci, Carl Schmitt y sus epígonos más recientes, en especial el catedrático de la Universidad de Essex Ernesto Laclau, pero tal vez les convendría más buscarlos en el dadaísmo. El representante mejor recordado del grupo dadaísta, Marcel Duchamp, inició en 1917 una revolución en el mundo del arte cuando envió un urinario a una galería neoyorquina, diciendo que era una obra que llevaba por título “La Fuente”. Fue rechazado, pero más tarde sería exhibido en otra galería. En opinión de muchos especialistas europeos, el urinario de Duchamp resultó ser la pieza artística más influyente del siglo XX. Los dadaístas se mofaban con malicia juguetona no sólo de los valores tradicionales que, de todos modos, están “en crisis” desde hace dos milenios y medio, sino también de la credulidad sin límites de personajes supuestamente serios, como aquellos críticos de arte y galeristas europeos que siguen hablando del significado profundo del chiste un tanto pueril de Duchamp. ¿Y los intelectuales K? Mientras que algunos nos informan, a través de las encíclicas de Carta Abierta, que la irrupción de la pareja patagónica produjo, entre otras cosas, “una innovación en la espesura de los hechos” por la que deberíamos sentirnos agradecidos, otros, menos solemnes y mucho más imaginativos, están procurando perfeccionar el gran relato oficial. Además de transformar al difunto Néstor Kirchner en un “eternauta” que, disfrazado de buzo, sigue trabajando afanosamente en algún lugar presuntamente subacuático del ser nacional, se las han ingeniado para hacer de las peripecias desafortunadas de la fragata “Libertad” un símbolo de la defensa de la soberanía y dignidad patrias. La protagonista de la gesta K es, cuando no, la presidentísima Cristina. Pero a diferencia de otros héroes como José de San Martín que peleó, “en pelotas” si fuera necesario, contra el imperio español que, si bien debilitado, aún contaba con ejércitos aguerridos en condiciones de resistir con tenacidad a los independentistas, Cristina está combatiendo bandadas de aves. Parecería tratarse de una especie de remake de la película “Los Pájaros” de Alfred Hitchcock, con Cristina en el papel que desempeñó Tippi Hedren, aunque en su caso las aves atacantes no son gaviotas y cuervos habitualmente simpáticos sino buitres y caranchos. La participación en el drama de los buitres puede entenderse, ya que, con excepción de los cóndores que poseen un título de nobleza negado a sus congéneres comunes, tienen mala prensa, pero los caranchos no merecen verse incluidos en la lista de enemigos aviarios de la patria: son pájaros elegantes, de plumaje a veces hermoso, que planean como bailarines trazando grandes arcos en el aire. Sea como fuere, los K parecen convencidos de que una buena manera de asegurar la unidad nacional consistiría en declarar una guerra santa contra los buitres, es decir contra ciertos fondos especulativos manejados por sujetos que creen que, tarde o temprano, el gobierno argentino se resignará a pagarles el dinero que, según sus abogados, la Argentina sigue adeudándoles. Duchamp los hubiera felicitado por su voluntad de dotar un conflicto financiero vulgar de connotaciones simbólicas tan importantes. Al fin y al cabo, una cosa es luchar contra el imperialismo, el capitalismo o algo tan espantosamente temible como la sinarquía internacional cuyas maniobras siniestras horrorizaban a ciertos peronistas de la generación anterior, pero a primera vista elegir como enemigos principales de la soberanía nacional a un puñado de acreedores obstinados, llamándolos buitres, no parece tan heroico. Así y todo, los propagandistas K no han vacilado en hacerlo. Tampoco han sido reacios a tratar lo que otros tomaban por una nueva manifestación de impericia gubernamental como una obra maestra política que ocupará un sitio muy destacado en la historia de la revolución nacional y popular. ¿Por qué, entonces, reaccionó Cristina ante la detención de la fragata “Libertad” que fue ordenada por un juez ghanés echando al jefe de la Armada? ¿No debió haberlo aplaudido por poner en marcha la maniobra genial que le permitiría asestar un golpe demoledor a los viles extorsionistas que, desde sus nidos en Estados Unidos, están procurando humillarla? Parecería que no, que luego de fallar el Tribunal del Mar, en Alemania, los libretistas K optaron por borrar algunos párrafos de su relato para reemplazarlos por otros, lo que, por ser cuestión de una obra imaginativa, es perfectamente legítimo. Para ellos y, según parece, para Cristina, el regreso triunfal del buque escuela luego de haber permanecido más de diez semanas en manos de africanos al servicio de piratas norteamericanos confirmó que nada los hará desviar del rumbo que se han fijado. Otros tienen sus dudas. Se preguntan: ¿cuántos más triunfos similares celebrará el gobierno en los meses próximos. ¿Logrará el Indec dejar fuera de combate a la inflación neoliberal? ¿Se rendirá aquel molesto juez yanqui Thomas Griesa a las plantas de Cristina? ¿Entenderán los inversores internacionales la magnitud de su error para entonces volver, debidamente contritos, para inundarnos de dólares, euros, yuanes y yenes frescos? Son interrogantes que mantienen en vilo a los gorilas escépticos pero que no preocupan en absoluto a los creyentes K. Ellos saben que en última instancia lo único que realmente importa es el relato, que con un poquito de esfuerzo de su parte lo que otros considerarían una derrota puede metamorfosearse en una victoria moral, ya que el veredicto final dependerá de las palabras empleadas para describirlo. Después de todo, si Duchamp pudo convencer a tantas personas sofisticadas de que lo que para los filisteos chapados a la antigua era un urinario de porcelana común sin méritos evidentes era, en realidad, una obra artística cuya creación –es decir reclasificación– marcó el comienzo de una nueva época en la cultura del género humano, no debería serles imposible persuadir a sus propios compatriotas, como ya han persuadido a los pensadores más exquisitos del progresismo nacional, de que el relato kirchnerista es mejor que cualquier alternativa concebible y que, por lo tanto, oponérsele sería insensato.
JAMES NEILSON
Los interesados en los orígenes intelectuales del kirchnerismo suelen aludir a la presunta influencia de pensadores como Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Jean-Jacques Rousseau, Antonio Gramsci, Carl Schmitt y sus epígonos más recientes, en especial el catedrático de la Universidad de Essex Ernesto Laclau, pero tal vez les convendría más buscarlos en el dadaísmo. El representante mejor recordado del grupo dadaísta, Marcel Duchamp, inició en 1917 una revolución en el mundo del arte cuando envió un urinario a una galería neoyorquina, diciendo que era una obra que llevaba por título “La Fuente”. Fue rechazado, pero más tarde sería exhibido en otra galería. En opinión de muchos especialistas europeos, el urinario de Duchamp resultó ser la pieza artística más influyente del siglo XX. Los dadaístas se mofaban con malicia juguetona no sólo de los valores tradicionales que, de todos modos, están “en crisis” desde hace dos milenios y medio, sino también de la credulidad sin límites de personajes supuestamente serios, como aquellos críticos de arte y galeristas europeos que siguen hablando del significado profundo del chiste un tanto pueril de Duchamp. ¿Y los intelectuales K? Mientras que algunos nos informan, a través de las encíclicas de Carta Abierta, que la irrupción de la pareja patagónica produjo, entre otras cosas, “una innovación en la espesura de los hechos” por la que deberíamos sentirnos agradecidos, otros, menos solemnes y mucho más imaginativos, están procurando perfeccionar el gran relato oficial. Además de transformar al difunto Néstor Kirchner en un “eternauta” que, disfrazado de buzo, sigue trabajando afanosamente en algún lugar presuntamente subacuático del ser nacional, se las han ingeniado para hacer de las peripecias desafortunadas de la fragata “Libertad” un símbolo de la defensa de la soberanía y dignidad patrias. La protagonista de la gesta K es, cuando no, la presidentísima Cristina. Pero a diferencia de otros héroes como José de San Martín que peleó, “en pelotas” si fuera necesario, contra el imperio español que, si bien debilitado, aún contaba con ejércitos aguerridos en condiciones de resistir con tenacidad a los independentistas, Cristina está combatiendo bandadas de aves. Parecería tratarse de una especie de remake de la película “Los Pájaros” de Alfred Hitchcock, con Cristina en el papel que desempeñó Tippi Hedren, aunque en su caso las aves atacantes no son gaviotas y cuervos habitualmente simpáticos sino buitres y caranchos. La participación en el drama de los buitres puede entenderse, ya que, con excepción de los cóndores que poseen un título de nobleza negado a sus congéneres comunes, tienen mala prensa, pero los caranchos no merecen verse incluidos en la lista de enemigos aviarios de la patria: son pájaros elegantes, de plumaje a veces hermoso, que planean como bailarines trazando grandes arcos en el aire. Sea como fuere, los K parecen convencidos de que una buena manera de asegurar la unidad nacional consistiría en declarar una guerra santa contra los buitres, es decir contra ciertos fondos especulativos manejados por sujetos que creen que, tarde o temprano, el gobierno argentino se resignará a pagarles el dinero que, según sus abogados, la Argentina sigue adeudándoles. Duchamp los hubiera felicitado por su voluntad de dotar un conflicto financiero vulgar de connotaciones simbólicas tan importantes. Al fin y al cabo, una cosa es luchar contra el imperialismo, el capitalismo o algo tan espantosamente temible como la sinarquía internacional cuyas maniobras siniestras horrorizaban a ciertos peronistas de la generación anterior, pero a primera vista elegir como enemigos principales de la soberanía nacional a un puñado de acreedores obstinados, llamándolos buitres, no parece tan heroico. Así y todo, los propagandistas K no han vacilado en hacerlo. Tampoco han sido reacios a tratar lo que otros tomaban por una nueva manifestación de impericia gubernamental como una obra maestra política que ocupará un sitio muy destacado en la historia de la revolución nacional y popular. ¿Por qué, entonces, reaccionó Cristina ante la detención de la fragata “Libertad” que fue ordenada por un juez ghanés echando al jefe de la Armada? ¿No debió haberlo aplaudido por poner en marcha la maniobra genial que le permitiría asestar un golpe demoledor a los viles extorsionistas que, desde sus nidos en Estados Unidos, están procurando humillarla? Parecería que no, que luego de fallar el Tribunal del Mar, en Alemania, los libretistas K optaron por borrar algunos párrafos de su relato para reemplazarlos por otros, lo que, por ser cuestión de una obra imaginativa, es perfectamente legítimo. Para ellos y, según parece, para Cristina, el regreso triunfal del buque escuela luego de haber permanecido más de diez semanas en manos de africanos al servicio de piratas norteamericanos confirmó que nada los hará desviar del rumbo que se han fijado. Otros tienen sus dudas. Se preguntan: ¿cuántos más triunfos similares celebrará el gobierno en los meses próximos. ¿Logrará el Indec dejar fuera de combate a la inflación neoliberal? ¿Se rendirá aquel molesto juez yanqui Thomas Griesa a las plantas de Cristina? ¿Entenderán los inversores internacionales la magnitud de su error para entonces volver, debidamente contritos, para inundarnos de dólares, euros, yuanes y yenes frescos? Son interrogantes que mantienen en vilo a los gorilas escépticos pero que no preocupan en absoluto a los creyentes K. Ellos saben que en última instancia lo único que realmente importa es el relato, que con un poquito de esfuerzo de su parte lo que otros considerarían una derrota puede metamorfosearse en una victoria moral, ya que el veredicto final dependerá de las palabras empleadas para describirlo. Después de todo, si Duchamp pudo convencer a tantas personas sofisticadas de que lo que para los filisteos chapados a la antigua era un urinario de porcelana común sin méritos evidentes era, en realidad, una obra artística cuya creación –es decir reclasificación– marcó el comienzo de una nueva época en la cultura del género humano, no debería serles imposible persuadir a sus propios compatriotas, como ya han persuadido a los pensadores más exquisitos del progresismo nacional, de que el relato kirchnerista es mejor que cualquier alternativa concebible y que, por lo tanto, oponérsele sería insensato.
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