La inflación no se rinde
Aunque las consultoras privadas están convencidas de que, a pesar de los esfuerzos del gobierno por hacer un tanto más verosímiles las estadísticas oficiales, el Indec se ha mantenido fiel a su costumbre de subestimar sistemáticamente el aumento de los precios minoristas, coinciden con el desprestigiado organismo gubernamental en que la inflación se ha desacelerado en los meses últimos. Según el Indec, en mayo se registró una suba del 1,4%, llevando así la acumulada en los primeros cinco meses del año al 13,5%, mientras que conforme al “índice Congreso” los aumentos correspondientes serían del 2,3% y 18%, respectivamente. Dicho de otro modo, tendremos suerte si el 2014 se cierra con un índice por debajo del 40%. Sea como fuere, aun cuando los números confeccionados por el Indec reflejaran la realidad con mayor precisión que los suministrados por las consultoras o la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la tasa mensual de inflación seguiría aproximándose a la anual en la mayoría de los países avanzados. Puede que en este ámbito nos supere Venezuela, donde la tasa de inflación acaba de ubicarse por encima del 60% anual, pero puesto que el ministro de Economía, Axel Kicillof, insiste en atribuir el flagelo a “prácticas monopólicas donde se obtienen ganancias extraordinarias”, o sea a la codicia de los empresarios, pasando por alto el aporte del gasto público excesivo, los subsidios que siguen agigantándose y la expansión monetaria, es probable que la ralentización reciente resulte ser meramente coyuntural. Por desgracia, todo hace pensar que la causa principal de la desaceleración que el gobierno está celebrando tiene menos que ver con la lucha de Kicillof contra las prácticas monopólicas que tanto le preocupan o la campaña de “precios cuidados” protagonizada por militantes kirchneristas que con la caída del poder de compra de buena parte de la población del país. Como es natural, la recesión incipiente, combinada con los controles, ha tenido un impacto muy fuerte en el comercio, razón por la que, para limitar las pérdidas, en muchos supermercados se han reducido las ventas de una amplia variedad de bienes de consumo. Asimismo, el cambio del clima económico ha sido tan abrupto que muchos sindicatos que a comienzos del año se conformaron con aumentos salariales decididamente modestos tardaron en darse cuenta de lo que estaba sucediendo, pero algunos ya están reaccionando al reclamar incrementos “de emergencia” por encima del 40% e incluso del 50%. De más está decir que entre los más combativos están Camioneros de Hugo Moyano y Gastronómicos de Luis Barrionuevo, dos enemigos jurados del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Irónicamente, los sindicalistas dicen compartir con Kicillof la idea optimista de que, por ser la inflación un problema “estructural”, aumentos salariales destinados a defender el poder adquisitivo de los trabajadores no contribuirían a impulsarla. Dadas las circunstancias, hasta aquellos sindicalistas que se han visto beneficiados por su voluntad de subrayar su propio compromiso con el “proyecto” kirchnerista tendrán que reclamar aumentos superiores al 20% fijado por el gobierno, ya que caso contrario brindarían a sus rivales de la izquierda dura una oportunidad para desplazarlos. Mientras tanto, los empresarios tratarán de hacer valer el fantasma del desempleo, advirtiendo a los reacios a resignarse a una etapa acaso prolongada de austeridad severa que les convendría más cobrar un salario magro que encontrarse en la calle. En principio, muchos sindicalistas aceptan que la conservación de los puestos de trabajo debería ser prioritaria, pero no faltan los dispuestos a anteponer la lucha por un salario digno a los argumentos esgrimidos por los representantes del empresariado que insisten en que, tal y como están las cosas, de aumentar los costos laborales muchas empresas de dimensiones reducidas caerían en bancarrota. Es de prever, pues, que en los meses próximos se intensifique la puja distributiva al procurar los distintos sectores asegurar que otros paguen los costos del ajuste que ya está en marcha. Para justificar su actitud, les sería suficiente aferrarse al “relato” kirchnerista, según el cual sólo a un oligarca neoliberal se le ocurriría permitir que se reduzca el poder de compra de los asalariados.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 20 de junio de 2014
Aunque las consultoras privadas están convencidas de que, a pesar de los esfuerzos del gobierno por hacer un tanto más verosímiles las estadísticas oficiales, el Indec se ha mantenido fiel a su costumbre de subestimar sistemáticamente el aumento de los precios minoristas, coinciden con el desprestigiado organismo gubernamental en que la inflación se ha desacelerado en los meses últimos. Según el Indec, en mayo se registró una suba del 1,4%, llevando así la acumulada en los primeros cinco meses del año al 13,5%, mientras que conforme al “índice Congreso” los aumentos correspondientes serían del 2,3% y 18%, respectivamente. Dicho de otro modo, tendremos suerte si el 2014 se cierra con un índice por debajo del 40%. Sea como fuere, aun cuando los números confeccionados por el Indec reflejaran la realidad con mayor precisión que los suministrados por las consultoras o la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la tasa mensual de inflación seguiría aproximándose a la anual en la mayoría de los países avanzados. Puede que en este ámbito nos supere Venezuela, donde la tasa de inflación acaba de ubicarse por encima del 60% anual, pero puesto que el ministro de Economía, Axel Kicillof, insiste en atribuir el flagelo a “prácticas monopólicas donde se obtienen ganancias extraordinarias”, o sea a la codicia de los empresarios, pasando por alto el aporte del gasto público excesivo, los subsidios que siguen agigantándose y la expansión monetaria, es probable que la ralentización reciente resulte ser meramente coyuntural. Por desgracia, todo hace pensar que la causa principal de la desaceleración que el gobierno está celebrando tiene menos que ver con la lucha de Kicillof contra las prácticas monopólicas que tanto le preocupan o la campaña de “precios cuidados” protagonizada por militantes kirchneristas que con la caída del poder de compra de buena parte de la población del país. Como es natural, la recesión incipiente, combinada con los controles, ha tenido un impacto muy fuerte en el comercio, razón por la que, para limitar las pérdidas, en muchos supermercados se han reducido las ventas de una amplia variedad de bienes de consumo. Asimismo, el cambio del clima económico ha sido tan abrupto que muchos sindicatos que a comienzos del año se conformaron con aumentos salariales decididamente modestos tardaron en darse cuenta de lo que estaba sucediendo, pero algunos ya están reaccionando al reclamar incrementos “de emergencia” por encima del 40% e incluso del 50%. De más está decir que entre los más combativos están Camioneros de Hugo Moyano y Gastronómicos de Luis Barrionuevo, dos enemigos jurados del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Irónicamente, los sindicalistas dicen compartir con Kicillof la idea optimista de que, por ser la inflación un problema “estructural”, aumentos salariales destinados a defender el poder adquisitivo de los trabajadores no contribuirían a impulsarla. Dadas las circunstancias, hasta aquellos sindicalistas que se han visto beneficiados por su voluntad de subrayar su propio compromiso con el “proyecto” kirchnerista tendrán que reclamar aumentos superiores al 20% fijado por el gobierno, ya que caso contrario brindarían a sus rivales de la izquierda dura una oportunidad para desplazarlos. Mientras tanto, los empresarios tratarán de hacer valer el fantasma del desempleo, advirtiendo a los reacios a resignarse a una etapa acaso prolongada de austeridad severa que les convendría más cobrar un salario magro que encontrarse en la calle. En principio, muchos sindicalistas aceptan que la conservación de los puestos de trabajo debería ser prioritaria, pero no faltan los dispuestos a anteponer la lucha por un salario digno a los argumentos esgrimidos por los representantes del empresariado que insisten en que, tal y como están las cosas, de aumentar los costos laborales muchas empresas de dimensiones reducidas caerían en bancarrota. Es de prever, pues, que en los meses próximos se intensifique la puja distributiva al procurar los distintos sectores asegurar que otros paguen los costos del ajuste que ya está en marcha. Para justificar su actitud, les sería suficiente aferrarse al “relato” kirchnerista, según el cual sólo a un oligarca neoliberal se le ocurriría permitir que se reduzca el poder de compra de los asalariados.
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