La interna interminable

Una vez más, la Argentina se ha visto convertida en rehén del peronismo, un movimiento cuyos líderes siempre se han negado a respetar las formalidades que son consideradas apropiadas para los demás cuando sus propios intereses estaban en juego. Aunque por motivos no muy claros la Justicia, en la persona de la jueza María Servini de Cubría, ha intervenido en lo que se presume es un intento de imponer cierto orden en la situación caótica que impera en lo que se considera por un amplio margen la mayor organización del país, nadie puede ignorar que las «reglas» de la batalla que están librando Eduardo Duhalde y Carlos Menem serán fijadas conforme con el poder relativo de los dos contrincantes principales, no por la ley, mientras que otros dirigentes del PJ se dedicarán a sacar el máximo provecho de las circunstancias.

Puede que el ex radical y actual candidato presidencial Ricardo López Murphy haya exagerado un tanto cuando decía que el PJ «ha creado un nuevo Frankenstein, un monstruo que se les ha ido de las manos», pero dista de ser el único que se sienta alarmado por lo que está sucediendo. No es para menos. En el pasado los enfrentamientos internos del peronismo han tenido consecuencias catastróficas para el país y si bien sería absurdo comparar a los duhaldistas con los «montoneros» y a los menemistas con los allegados de José López Rega, cuyas actividades presagiaban la dictadura militar que terminaría el trabajo sucio que habían iniciado, los antecedentes del PJ cuando de la violencia política se trata no son exactamente reconfortantes, de suerte que es lógico que algunos hayan previsto lo peor.

El conflicto interno, el más reciente de una serie muy larga, que está desgarrando al peronismo tendría algún sentido si se debiera a diferencias programáticas irreconciliables, pero si bien las recetas propuestas por los menemistas tienen poco que ver con las duhaldistas, nadie supone que sea cuestión de una lucha entre corrientes ideológicas tan distintas que sería absurdo creer que los comprometidos con ellas pudieran convivir en un solo partido. Para los protagonistas, las discrepancias «anecdóticas» de este tipo importan mucho menos que sus propias ambiciones. A Duhalde y Menem, lo único que les interesa es el poder: puesto que ambos están convencidos de que el que domine el PJ tendrá el país a sus pies, tanto uno como el otro está dispuesto a ir a cualquier extremo a fin de frustrar al adversario. Es innecesario decir que la mejor solución para el problema así ocasionado consistiría en que los dos se retiraran definitivamente de la política, pero también lo es que ninguno tiene la menor intención de hacerlo.

Aunque la Argentina estuviera disfrutando un período de prosperidad tranquila, la interna peronista que está desarrollándose sería más que suficiente como para arruinarla. Puesto que ya está arruinada y que tanto aquí como en el exterior existe el consenso de que la causa fundamental del desastre que se ha producido es netamente política, podría esperarse que un presidente «de transición» y un ex presidente de imagen tan negativa que la posibilidad de que pronto regrese a la Casa Rosada está perjudicando al país entendieran que es su deber patriótico dar el consabido paso al costado. Por supuesto que la mera idea de actuar de este modo no les ha cruzado por la mente: los más han tomado la renuncia con fecha prefijada de Duhalde por una maniobra dilatoria más, evidencia de que se ha propuesto quedarse en el poder hasta nuevo aviso, mientras que Menem siempre se ha ufanado de su desprecio por los detalles legales y constitucionales que deberían inhabilitarlo.

Es factible que la ciudadanía, harta de las vicisitudes de la interminable interna del PJ, opte por castigar tanto a Duhalde como a Menem manifestándoles su desaprobación, lo que, en el caso del último, le significaría el fin de su campaña preelectoral por falta de apoyo popular. Hasta ahora, empero, no se han dado señales de que Menem haya comenzado a perder terreno. Para colmo, el más beneficiado por el eventual colapso de su candidatura no sería un rival menos discutible sino el demagogo puntano Adolfo Rodríguez Saá, personaje que tiene demasiado en común con el ex presidente como para contribuir con algo útil a la renovación tantas veces postergada de la penosamente desactualizada cultura política nacional.


Una vez más, la Argentina se ha visto convertida en rehén del peronismo, un movimiento cuyos líderes siempre se han negado a respetar las formalidades que son consideradas apropiadas para los demás cuando sus propios intereses estaban en juego. Aunque por motivos no muy claros la Justicia, en la persona de la jueza María Servini de Cubría, ha intervenido en lo que se presume es un intento de imponer cierto orden en la situación caótica que impera en lo que se considera por un amplio margen la mayor organización del país, nadie puede ignorar que las "reglas" de la batalla que están librando Eduardo Duhalde y Carlos Menem serán fijadas conforme con el poder relativo de los dos contrincantes principales, no por la ley, mientras que otros dirigentes del PJ se dedicarán a sacar el máximo provecho de las circunstancias.

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