La jungla

Por Redacción

Mario Álvarez (*)

Sirios, afganos, africanos, húngaros, griegos, serbios, rumanos. Da lo mismo. Han llegado a reunir un mínimo de 2.000 euros para poder comprar un boleto con destino incierto y sin supervivencia asegurada. Pobreza de siglos. Muertes absurdas. Persecuciones. Fanatismos religiosos ancestrales. Incontrolables. Crisis recurrentes. Campamentos precariamente deshumanizados. Caminatas esperanzadas. Embarcaciones sin bandera, frágiles, repletas de pobres hacinados que naufragan antes de llegar a la costa deseada. Trenes desbordados. Familias enteras seccionadas por la necesidad y el desarraigo. Desplazados con final incierto y doloroso. Muchos otros, mientras tanto, lucrando con ese mismo dolor. Bienvenidos a “La jungla”. Así han denominado al precario campo de refugiados que improvisadamente se montó en Calais, población francesa que abre la puerta del “Eurotúnel”, alucinado pasaporte hacia una vida mejor, siempre y cuando logren treparse a un tren o a un camión de los que a diario cruzan el canal de la Mancha rumbo a Gran Bretaña. Misión casi imposible en una zona cercada con retorcidos alambrados empuados y gendarmes armados que vigilan de noche y de día. Tremenda crisis humanitaria que hoy aparece reflejada por la mayoría de los medios de comunicación europeos bajo el formato de un reality estremecedor que no sabe de sexo, edad o color. Todos “errantes contemporáneos”, descartados por las prometidas bondades de la globalización. “Parias de la modernidad”, como los llama Zigmunt Bauman. Rostros anónimos que huyen de la devastación económica, del odio étnico o de la violencia genocida. ¿Importa realmente el destino final de esos 300.000 semejantes que durante este año migrarán en busca de un destino mejor? Ya en 1798 Thomas Malthus publicaba su “Ensayo sobre el principio de la población”, exigiendo el control de la fecundidad humana a nivel mundial a riesgo de que el crecimiento de la población se encontrara frente a un abanico de miserias que se abatiría sobre ella de la manera más cruel y perversa. Enfrentando aquellas teorías, otras voces se alzaban asegurando que la modernidad, de la mano de la ciencia, se ocuparía de atender todas las necesidades humanas insatisfechas. Creían en el Hombre como una integridad, dotado de capacidad suficiente y fuerza de trabajo innata para garantizar la subsistencia de la raza. Hacia aquellos años el planeta ofrecía grandes superficies deshabitadas, fabulosamente ricas y prósperas, aguardando ser colonizadas por la mano del hombre. El poder estaba directamente relacionado con las grandes poblaciones. La tierra era riqueza. No era dable pensar en otra cosa. Sin embargo, los tiempos se aceleraron. Muchas advertencias se desoyeron. Pocos trabajaron seriamente para intentar calmar las aguas convulsionadas por las diferencias políticas, económicas y religiosas, encrespadas a ritmo de tsunami, mientras la insostenible tendencia de una globalización mal gestionada fue aniquilando de manera lenta pero inexorable las endebles economías de los países emergentes a través de fórmulas enancadas en una supuesta libertad de mercado que sólo sirvió para que pequeñas y corruptas minorías étnicas acumularan inmensas riquezas, a menudo provocadoramente escandalosas. Desde la crisis del 2008 hasta el presente, queda claro que los presupuestos básicos de la Eurozona han sido modificados al ritmo impuesto por las megacorporaciones financieras y la batuta prepotente de los países más ricos. Los mismos que no quieren saber nada con sostener las economías de los más pobres… o empobrecidos. Estados Unidos, mientras tanto, evita su aparición arriba de un escenario que no lo favorece. En este contexto, la brecha entre los países “pudientes” y los “carenciados” se sigue profundizando, hasta llegar a esta imagen dolorosamente triste, caótica, conmovedora, vergonzante para todos nosotros. La fragilidad moral y ética de Occidente, con sus obsesiones funestas, sus constantes amenazas, su libertad para acabar con la de los demás, de abjurar de la ley, de ser capaz de difundir, absorber y traducir el desprecio del respeto hacia el otro, de pretender formatos económicos y políticos exportables hacia los países más pobres, frustrados, inestables y desesperados del planeta, sólo ha servido para exacerbar las desigualdades extremas, generando ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres. Es el mismo Occidente que se reúne hoy de urgencia para tratar de frenar la migración masiva de los desclasados del planeta y busca contener lejos de sus fronteras la tremenda dinámica social que él mismo ha contribuido a multiplicar de manera exponencial. No quedan muchas opciones. O se le imprime al mundo un golpe de timón que apunte a orientar el crecimiento de todos los países de modo equilibrado, pensando en términos de una comunidad global contenida por reglas de juego justas y equitativas que atiendan con urgencia las necesidades de los pueblos más pobres y olvidados, o el mundo seguirá desbarrancándose sin control… hacia la jungla. (*) Abogado