La leyenda del doctor Fausto en la literatura





 Toda leyenda, dicen los que saben, tiene siempre una pizca de realidad. Esto parece ser cierto, por lo menos, en el caso del Doctor Fausto, una leyenda de origen alemán basada en la vida de un astrólogo, Johannes Faustus, que al parecer vivió a comienzos del siglo XVI. Fausto tenía mala fama para los funcionarios eclesiásticos ya que sus artes eran las de médico, adivino y alquimista; fácil fue para estos adherirle el rótulo de brujo demoníaco a sus actividades.  Al parecer hacia 1540, y mientras experimentaba en su alambique, murió despedazado por una explosión. Sus críticos lo adjudicaron, no a una mala manipulación de algunos químicos, sino a un castigo divino. 

            Casi cincuenta años después Fausto ingresa en el mundo literario gracias a unas hojas sueltas que se venden en las plazas y que cuentan supuestamente su vida. Luego esos pliegos se transforman en un libro anónimo publicado en 1587. El rasgo más saliente de esa vida es sin dudas su pacto con el diablo. ¿Cuáles eran las condiciones de ese pacto? Por el lado del demonio, la promesa de una juventud casi perenne, sabiduría, bienes materiales; por el lado de Fausto la entrega a Lucifer del bien más preciado, su alma. 

            Ese libro parece ser la semilla para el drama de C. Marlowe, “La trágica historia del doctor Fausto”, representado en Londres a fines del siglo XVI. En esta obra, el protagonista vende su alma al diablo y firma con su sangre el pacto, como contrapartida recibirá sabiduría y placeres mundanos. Aparece acá la figura de Mefistófeles, un demonio de menor jerarquía que se pone al servicio del Fausto por indicación de Lucifer.  

En la actualidad las cosas se han puesto difíciles para los Mefistófeles, ya no quieren las almas porque están desvalorizadas y ven que los hombres las entregan por un jugoso contrato, un puesto importante o una coima tentadora; atrás quedaron la sabiduría, la juventud eterna y demás. Es que el diablo, por diablo, nunca quiere perder y le cuesta encontrar un bien preciado para hacer pactos.  


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