La llegada de Igor
Ya es habitual suponer que quienes exigen que nuestro país asuma sus obligaciones financieras son ricos desalmados que están resueltos a reducir a la miseria más absoluta a los argentinos más pobres. Esta tesis subyace en la retórica del presidente actual Néstor Kirchner, al igual que en la favorecida por sus antecesores inmediatos Eduardo Duhalde y Adolfo Rodríguez Saá, y no cabe duda de que les ha sido muy provechosa. En otras latitudes, empero, el enfoque es distinto. Si bien una franja de contestatarios se ha mostrado dispuesta a adoptar planteos similares a los utilizados por aquellos políticos que atribuyen la deuda pública a la rapacidad imperialista, la mayoría prefirió señalar que muchas víctimas del default argentino no son ricas, sino ahorristas modestos que cometieron el error de comprar bonos supuestamente garantizados por nuestro gobierno. Como individuos, los profesionales, comerciantes y jubilados que confiaron en las promesas de los vendedores de bonos no pueden hacer nada para defenderse, pero al organizarse han dejado de ser tan débiles, razón por la que con el propósito de luchar por sus derechos, casi medio millón de europeos formaron una entidad que por sus siglas en inglés se llama IGOR -el “International Group of Rome”-, el que pronto podría contar con la adhesión de los muchos acreedores pequeños japoneses e incluso argentinos.
Por ahora, la postura de IGOR es idéntica a la de los cacerolistas que durante varios meses reclamaron en vano la devolución de su dinero en la moneda original, el dólar estadounidense, pero es de suponer que andando el tiempo se afirmarán dispuestos a aceptar un arreglo menos principista. Con todo, aunque los representados por IGOR terminen como la mayoría de los cacerolistas que vieron devorada una parte sustancial de su patrimonio, la mera existencia de la agrupación habrá servido para aleccionar a los que aceptan sin cuestionar la interpretación caricaturesca del drama de la deuda pública impagable y del default resultante que ha sido difundido por tantos políticos e ideólogos conforme a los cuales negarse a honrarla no fue una desgracia imputable a circunstancias adversas, sino un golpe demoledor en favor de “la justicia”. Al fin y al cabo, engañar a un par de bancos extranjeros gigantescos o al FMI será una cosa, pero robar a centenares de miles de ahorristas europeos y japoneses, pocos de los cuales disfrutan de ingresos que sean remotamente comparables con los de personajes como Duhalde, Rodríguez Saá y Kirchner, será otra totalmente distinta.
La teoría populista de la deuda podría considerarse casi respetable si se basara sólo en el deseo muy natural de los dirigentes de minimizar la sensación de culpa que, se supone, atormentaría a la población de un país que haya caído en la bancarrota, pero parecería que en nuestro caso se inspiró en la noción de que por motivos nunca aclarados el resto del mundo se vea constreñido a subsidiar a nuestra clase política para que no tenga que desmantelar las estructuras clientelistas de las que vive. Del mismo modo en que ha tratado de hacer de la negativa a compensar a los tenedores de bonos una especie de epopeya épica, un capítulo espléndido de la lucha entre capitalistas extranjeros riquísimos y pobres argentinos honestos, los consustanciados con el orden populista siguen insistiendo en que los más perjudicados por cualquier intento de poner en orden las finanzas nacionales serían los que ya están por debajo de la línea de pobreza. ¿Sería así? Hay que dudarlo. Lo entiendan o no los reacios a impulsar cambios, los millones que conforman el más de cincuenta por ciento de la población que es pobre, cuando no indigente, han sido las víctimas más trágicas de la mentalidad que permitió el endeudamiento irresponsable primero y después un default celebrado como si fuera un triunfo sobre el mal y una devaluación caótica seguida por una suerte de guerra propagandística contra todos los ahorristas tanto argentinos como extranjeros. Puede que la llegada de IGOR ayude a que la mayoría se dé cuenta de que muchos acreedores no se asemejan del todo al estereotipo inventado por los políticos populistas y por los ideólogos que les son afines, aunque dadas las circunstancias no es muy probable que cambie mucho.