La mano larga de la censura



Los dictadores ya no tienen que limitarse a reprimir con la dureza debida a sus críticos locales. También pueden perseguir a quienes viven a miles de kilómetros de su feudo particular sin correr ningún peligro. Según el gobierno de Estados Unidos, que dice contar con pruebas convincentes, es lo que acaba de hacer una banda de guerreros cibernéticos norcoreanos al obligar, amenazas mediante, a la gigantesca corporación Sony a archivar una película en que se mofan del presidente Kim Jong-un, un personaje tan estrafalario como cruel que, por cierto, no se destaca por su sentido del humor. Si bien voceros de la dictadura comunista de Pyongyang juran que su país no ha tenido nada que ver con el ciberataque masivo que Washington ha calificado de un acto de terrorismo internacional, sus desmentidos no impresionan a nadie. Con todo, aunque las autoridades norteamericanas han conseguido identificar a los responsables del ataque, todavía no parecen saber lo que les convendría hacer para castigarlos. Huelga decir que no les será del todo fácil. Los norcoreanos distan de ser los primeros en tratar de silenciar a adversarios ubicados en otros países, ya que a través de los años lo han hecho nazis, comunistas y, últimamente, islamistas que, para lograrlo, han empleado sicarios o, de disponer de mercados considerados atractivos para empresas periodísticas o de entretenimiento, han aplicado presiones económicas, pero sí son los primeros en aprovechar las oportunidades planteadas por la informática. Sin tener que salir de Corea del Norte, han podido penetrar en los bancos de datos de Sony y las computadoras de sus ejecutivos para sacarles información personal, además de amenazar con perpetrar atentados terroristas en los teatros en que se proponía exhibir la comedia “The Interview”, acerca de un supuesto plan de la CIA para asesinar a Kim. Como no pudo ser de otra manera, este episodio ha provocado alarma tanto en Estados Unidos como en otros países comprometidos con la libertad de expresión. Al mostrar el régimen norcoreano que en verdad es bastante fácil censurar películas y, desde luego, medios periodísticos en cualquier parte del mundo, otros de mentalidad parecida, como los de China e Irán, podrían sentirse tentados a emularlo. Asimismo, el ciberataque que puso en apuros a Sony y que, según el FBI norteamericano, supera “los límites del comportamiento aceptable” de un Estado sirvió para llamar la atención sobre los peligros planteados por la existencia, en países como China y Corea del Norte, de unidades militares dedicadas a la guerra cibernética y también, huelga decirlo, al espionaje industrial, que son capaces de causar pérdidas multimillonarias. La empresa Sony ha sido criticada con dureza por dejarse intimidar por las amenazas de los norcoreanos no sólo por personas vinculadas con Hollywood y los medios de difusión sino también por el presidente norteamericano Barack Obama, el que se ha comprometido a contestar con una respuesta “proporcionada” que, sería de suponer, consistiría en un contraataque cibernético en gran escala. En vista de que, por motivos comprensibles, el gobierno norteamericano no tiene la menor intención de tomar medidas que podrían desencadenar una guerra que con toda seguridad tendría consecuencias catastróficas para su aliado, Corea del Sur, no cuenta con demasiadas opciones. Hasta ahora, han fracasado todos los intentos de forzar a la dictadura de la dinastía Kim a modificar su política nuclear, de suerte que sería poco probable que se preocupara por eventuales represalias del mismo tipo. En buena lógica, medidas encaminadas a perjudicar a la ya paupérrima economía norcoreana deberían producir los resultados deseados, pero sucede que a Kim, como a tantos otros dictadores comunistas, no le importa en absoluto el bienestar de sus compatriotas, razón por la que preferiría que muchos murieran de hambre a brindar la impresión de ceder ante Estados Unidos. Puesto que Obama sabe que el régimen norcoreano no se sentirá del todo perturbado por el riesgo de que Estados Unidos le aplique aún más sanciones diplomáticas o económicas como las ya ensayadas, podría buscar la colaboración de China, país cuyo régimen nominalmente comunista sigue respaldando a Corea del Norte pero que, así y todo, en diversas ocasiones ha manifestado su desaprobación de la conducta de su presunto “amigo”.


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