La más grande

Redacción

Por Redacción

A los líderes norteamericanos no les gusta saber que dentro de poco dejarán de ser los encargados de manejar la economía más grande del planeta, pero mal que les pese está acercándose a su fin un período, que comenzó hace casi un siglo, en que nadie discutía su supremacía. China ya está pisándole los talones a Estados Unidos y se prevé que a mediados de la década actual logrará aventajarlo. Con todo, puesto que según los censos más recientes la población de China es de 1.340 millones y los norteamericanos totalizan 311 millones, su producto per cápita seguirá siendo inferior al 25% del estadounidense. En otras palabras, su lugar en la tabla de posiciones internacional podrá atribuirse principalmente a sus dimensiones demográficas, factor éste que hasta ahora ha favorecido a los norteamericanos, ya que de contar Alemania, Francia, el Reino Unido o el Japón con varios centenares de millones de habitantes el mapa económico y geopolítico mundial sería muy distinto de aquel al que nos hemos acostumbrado. Si bien es factible que andando el tiempo China logre emular al vecino japonés para alcanzar, en un lapso relativamente breve, un nivel de vida material que sea equiparable con el de Estados Unidos y ciertos países de Europa occidental, no parece del todo probable. Una consecuencia negativa de los esfuerzos exitosos por frenar el crecimiento de la población –se estima que sin la política de un solo hijo por familia instituida en 1980 ya habría casi 1.800 millones de chinos– es que, a diferencia de los países occidentales, envejecerá antes de enriquecerse lo suficiente como para estar en condiciones de financiar un sistema previsional adecuado. Asimismo, debido a que los chinos, como los indios, tradicionalmente han preferido tener hijos varones por suponerlos mejor capacitados que las mujeres para protegerlos en su vejez, se estima que pronto habrá un superávit masculino de 24 millones sin ninguna posibilidad de casarse para formar una familia. En otros tiempos, las guerras constantes solucionaban los problemas planteados por el desequilibrio resultante, pero es de esperar que el progreso tecnológico de los años últimos haya eliminado dicha alternativa. De todos modos, para continuar creciendo con rapidez la economía china tendrá que superar desafíos más difíciles que los enfrentados a partir de 1979 cuando el entonces presidente Deng Xiaoping optó por el programa de liberalización caracterizado por una combinación sui géneris de capitalismo “salvaje” con autoritarismo comunista que le permitiría erigirse en la segunda del planeta y que, tal y como están las cosas, la hará la más grande de todos en términos de producto bruto nacional. El ingreso promedio de los chinos es aún decididamente inferior a aquel de los argentinos. Lo mismo que nuestro país, si bien en escala mayor, China se parece a un archipiélago en que islas de prosperidad y modernidad se ven rodeadas por un océano de miseria. Aunque cuenta con la ventaja de que hasta los más pobres comparten la pasión por la educación de las elites y están dispuestos a esforzarse mucho por aprender, no le será nada fácil cerrar la brecha enorme que todavía la separa de Estados Unidos, Europa occidental y el Japón. Por lo demás, los integrantes del Partido Comunista son conscientes de que su legitimidad ya no depende de sus pretensiones ideológicas sino del desempeño de la economía. Con tal que todos los años se anote una tasa de crecimiento superior al 8%, se sentirán a salvo, pero de producirse una desaceleración, para no hablar de una recesión, se encontrarían en graves apuros. Puesto que no hay demasiados motivos por suponer que la variante china del capitalismo sea inmune a los ciclos que esporádicamente afectan a todos los demás países –a juicio de algunos economistas, ya están surgiendo algunas “burbujas” preocupantes–, tarde o temprano el régimen se verá obligado a hacer frente a situaciones comparables con las que tantos dolores de cabeza dan a gobernantes occidentales, con la diferencia de que en países democráticos una ciudadanía indignada siempre puede reemplazar al gobierno juzgado responsable de sus penurias por otro sin por eso modificar el sistema político, mientras que en China cualquier intento de hacerlo desataría un conflicto de repercusiones que con toda seguridad serían traumáticas.


A los líderes norteamericanos no les gusta saber que dentro de poco dejarán de ser los encargados de manejar la economía más grande del planeta, pero mal que les pese está acercándose a su fin un período, que comenzó hace casi un siglo, en que nadie discutía su supremacía. China ya está pisándole los talones a Estados Unidos y se prevé que a mediados de la década actual logrará aventajarlo. Con todo, puesto que según los censos más recientes la población de China es de 1.340 millones y los norteamericanos totalizan 311 millones, su producto per cápita seguirá siendo inferior al 25% del estadounidense. En otras palabras, su lugar en la tabla de posiciones internacional podrá atribuirse principalmente a sus dimensiones demográficas, factor éste que hasta ahora ha favorecido a los norteamericanos, ya que de contar Alemania, Francia, el Reino Unido o el Japón con varios centenares de millones de habitantes el mapa económico y geopolítico mundial sería muy distinto de aquel al que nos hemos acostumbrado. Si bien es factible que andando el tiempo China logre emular al vecino japonés para alcanzar, en un lapso relativamente breve, un nivel de vida material que sea equiparable con el de Estados Unidos y ciertos países de Europa occidental, no parece del todo probable. Una consecuencia negativa de los esfuerzos exitosos por frenar el crecimiento de la población –se estima que sin la política de un solo hijo por familia instituida en 1980 ya habría casi 1.800 millones de chinos– es que, a diferencia de los países occidentales, envejecerá antes de enriquecerse lo suficiente como para estar en condiciones de financiar un sistema previsional adecuado. Asimismo, debido a que los chinos, como los indios, tradicionalmente han preferido tener hijos varones por suponerlos mejor capacitados que las mujeres para protegerlos en su vejez, se estima que pronto habrá un superávit masculino de 24 millones sin ninguna posibilidad de casarse para formar una familia. En otros tiempos, las guerras constantes solucionaban los problemas planteados por el desequilibrio resultante, pero es de esperar que el progreso tecnológico de los años últimos haya eliminado dicha alternativa. De todos modos, para continuar creciendo con rapidez la economía china tendrá que superar desafíos más difíciles que los enfrentados a partir de 1979 cuando el entonces presidente Deng Xiaoping optó por el programa de liberalización caracterizado por una combinación sui géneris de capitalismo “salvaje” con autoritarismo comunista que le permitiría erigirse en la segunda del planeta y que, tal y como están las cosas, la hará la más grande de todos en términos de producto bruto nacional. El ingreso promedio de los chinos es aún decididamente inferior a aquel de los argentinos. Lo mismo que nuestro país, si bien en escala mayor, China se parece a un archipiélago en que islas de prosperidad y modernidad se ven rodeadas por un océano de miseria. Aunque cuenta con la ventaja de que hasta los más pobres comparten la pasión por la educación de las elites y están dispuestos a esforzarse mucho por aprender, no le será nada fácil cerrar la brecha enorme que todavía la separa de Estados Unidos, Europa occidental y el Japón. Por lo demás, los integrantes del Partido Comunista son conscientes de que su legitimidad ya no depende de sus pretensiones ideológicas sino del desempeño de la economía. Con tal que todos los años se anote una tasa de crecimiento superior al 8%, se sentirán a salvo, pero de producirse una desaceleración, para no hablar de una recesión, se encontrarían en graves apuros. Puesto que no hay demasiados motivos por suponer que la variante china del capitalismo sea inmune a los ciclos que esporádicamente afectan a todos los demás países –a juicio de algunos economistas, ya están surgiendo algunas “burbujas” preocupantes–, tarde o temprano el régimen se verá obligado a hacer frente a situaciones comparables con las que tantos dolores de cabeza dan a gobernantes occidentales, con la diferencia de que en países democráticos una ciudadanía indignada siempre puede reemplazar al gobierno juzgado responsable de sus penurias por otro sin por eso modificar el sistema político, mientras que en China cualquier intento de hacerlo desataría un conflicto de repercusiones que con toda seguridad serían traumáticas.

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