La “obra” sigue construyendo… ciudadanía

Por Redacción

Contexto

Despuntaba el 2014. A poco tiempo de haber comenzado la construcción, diez mujeres protagonistas, en un pueblo de Río Negro, que tomaron la posta de todo el grupo familiar y se pusieron esta empresa al hombro, iniciaron el trabajo.

En la calurosa tarde y ya habiendo avanzado en alguna de las remodelaciones de las viviendas, nos juntamos para evaluar el camino recorrido, un camino que tiene como norte el poder erradicar las letrinas existentes en los terrenos, abandonar la “colgada del cable de la luz” para tener pilar propio, dividir los únicos ambientes al transformarlos en cocina-comedor y dormitorio, cambiar las viejas chapas perforadas por el óxido y el triple uso de clavado (en algunos casos) o arrancar el cartón prensado que ya no aguanta una nueva lluvia. Y luego de realizar ese trabajo grosero, intentar una mejora (hasta estética) con colores en paredes, azulejos y unos cuantos metros de cerámicos que relajen los pies descalzos del verano.

Son mujeres que luchan cotidianamente, con una construcción que parece de materiales, pero que se complementa con mucho más que ladrillos y cemento, una construcción que también se nutre de tolerancia diaria, compañerismo y que se combina con mil problemas familiares derivados de la pobreza en las que se encuentran inmersas.

Entre tanto cansancio, aun así pueden levantar las voces y decir que ya se ve el avance en sus casas… y a pasos están y estamos… de cambiar un poco, real y extremadamente poco, la vida de algunas familias que, agrupadas y aprendiendo un oficio, pueden mejorar su vivienda y un pedacito de su calidad de vida.

En este relato quiero sintetizar el espíritu de “Un techo para mi hermano”, el mismo que Nelly y Claudio -hace más de 28 años- labraron en Choele Choel y que el “Programa Diocesano” tomó como propio, allá cuando un grupo de familias se arrimó al párroco (Claudio) y le contaron que ya no podían seguir sin tener “un techo propio”. Ese invierno de 1986 tenía como antecedente la nevada que mató a gran cantidad de ovejas pertenecientes a pequeños productores de la Línea Sur y que el obispo Hesayne pretendió palear con el programa “una oveja para mi hermano”. Con esa misma solidaridad es que se proyectó una herramienta que trabajara con los “sin techos” de la provincia y Claudio, junto con Nelly, comenzaron la tarea de armado de “Un techo para mi hermano”, una de las tantas “obras” que produjeron en materia social.

Pasó el tiempo y desde 1999 “Un techo para mi hermano” es asociación civil, pero esa mística que forjaron “el cura y la monja” (como los llamaban algunos) sigue viva en los muchos técnicos que seguimos trabajando por un derecho social básico, el derecho al hábitat.

Los grupos de familias, hoy como ayer, construyen a partir de la ayuda mutua y el esfuerzo propio y esa solidaridad es la que siempre se inculcó a las familias, “lo que individualmente parece imposible, juntos se puede lograr”.

Son casi tres décadas de historia de “Un techo para mi hermano” y con ello muchos cambios. Cambió la sociedad, cambiaron los gobiernos, cambió la forma legal de nuestra organización; en definitiva, desde 1986 a la fecha cambió el mundo, pero los objetivos que modelaron Nelly y Claudio cuando pensaron “en hacer casas con (y no, para) la gente” eso no cambió.

Una pregunta que siempre flota “Un techo…” construye casas?, sí claro que lo hacemos, pero nuestra ong tiene un sentido que supera el hecho físico de la vivienda. “Un techo para mi hermano” construye organización de los sectores sociales más postergados, construimos ciudadanía y brindamos herramientas para que las familias se liberen de las rejas impuestas por la sociedad, por un lado, y las que se autoimponen, por otro. El objetivo primordial de “Un techo para mi hermano” fue, es y será construir -además de viviendas- organización y conciencia, en los sectores excluidos, para ser dueños de su propio destino.

Omar Reggiani

Arquitecto, secretario de la Asociación Civil “Un techo para mi hermano”, Río Negro.

Omar Reggiani