La opción china
Hace casi diez años, el entonces presidente Néstor Kirchner se convenció de que China pronto invertiría más de 20.000 millones de dólares en el país, aporte que a su juicio mejoraría enseguida las perspectivas económicas y, desde luego, le aseguraría un lugar privilegiado en el panteón nacional. Exageraba, claro está. Aunque merced a sus exportaciones y las costumbres ahorrativas de sus habitantes China ha acumulado una cantidad enorme de dólares, suele aprovecharlos con tanta cautela como haría cualquier potencia declaradamente capitalista. Si nos da el apoyo financiero previsto por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, será a cambio de concesiones muy valiosas. Por ser tan grandes las necesidades argentinas, el régimen chino podrá conseguir lo que quiera con facilidad relativa. Sus aspiraciones no son meramente económicas. Para alarma de muchos opositores, también son estratégicas y podrían incluir la construcción en Neuquén de una base misilística, si bien los chinos mismos juran que lo único que tienen en mente es una “estación de espacio lejano” que serviría para apoyar un programa de exploración lunar de fines exclusivamente pacíficos. Puede que tales preocupaciones opositoras sean un tanto paranoicas pero, así y todo, los políticos que las han manifestado tienen motivos legítimos para temer que no nos beneficien las negociaciones nada transparentes que están en marcha entre el gobierno de Cristina y el de su homólogo chino Xi Jinping. La Argentina está pasando por una etapa de debilidad extrema mientras que China es considerada por muchos la superpotencia del futuro próximo, pero es perfectamente posible que, luego de las elecciones próximas, nuestro país se recupere con rapidez de sus heridas autoinfligidas, lo que le permitiría asumir una actitud menos dócil, y también lo es que el gigante asiático entre en crisis después de un período prolongado de crecimiento frenético, lo que haría menos desigual la relación bilateral. Dadas las circunstancias, lo más sensato sería aprovechar al máximo las alternativas planteadas por un mundo ya multipolar sin firmar demasiados compromisos a largo plazo que, andando el tiempo, podrían ocasionarnos un sinfín de problemas. Por desgracia, los intereses chinos no siempre coinciden con los de sus diversos “socios estratégicos” en África y América Latina. Si bien el gobierno chino entiende que no le será dado continuar dependiendo de exportaciones cada vez mayores de bienes manufacturados, razón por la que dice estar resuelto a privilegiar el mercado interno, sus empresas, que en muchos casos son en efecto sucursales de multinacionales norteamericanas o europeas, tendrán que seguir concentrándose en vender sus productos en otras partes del mundo por algunos, tal vez muchos, años más. Los fabricantes locales ya han protestado contra lo que toman por una “invasión” china en gran escala, pero el gobierno kirchnerista no puede darles la protección que piden por miedo a perder los préstamos que necesitará para defender lo que todavía queda de las reservas del Banco Central. Por la misma razón, el gobierno actual tiene forzosamente que facilitar la participación de empresas chinas en obras públicas que, según lo que se sabe de los acuerdos que se han alcanzado, se realizarán en un marco legal chino, o sea, de extraterritorialidad parecida a la habitualmente exigida por las potencias coloniales europeas cuando estaban en condiciones de fijar las reglas en regiones menos desarrolladas del mundo. Asimismo, a juzgar por la experiencia de países africanos en que empresas apoyadas por el gobierno de Pekín se han encargado de la construcción de muchas obras de infraestructura muy importantes, a diferencia de las norteamericanas y europeas, las chinas prefieren que sus propios compatriotas desempeñen no sólo las tareas ejecutivas y técnicas sino también virtualmente todas las demás, razón por la que contribuyen poco a reducir la desocupación en las zonas en las que trabajan. Tal diferencia puede entenderse, ya que en su propio país los ingresos de los obreros siguen siendo inferiores a los del sur de la Argentina, pero se trata de un factor que tendrán que tomar en cuenta los convencidos de que las inversiones extranjeras siempre sirven para crear una multitud de fuentes de trabajo para los escasamente capacitados.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 10 de septiembre de 2014
Hace casi diez años, el entonces presidente Néstor Kirchner se convenció de que China pronto invertiría más de 20.000 millones de dólares en el país, aporte que a su juicio mejoraría enseguida las perspectivas económicas y, desde luego, le aseguraría un lugar privilegiado en el panteón nacional. Exageraba, claro está. Aunque merced a sus exportaciones y las costumbres ahorrativas de sus habitantes China ha acumulado una cantidad enorme de dólares, suele aprovecharlos con tanta cautela como haría cualquier potencia declaradamente capitalista. Si nos da el apoyo financiero previsto por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, será a cambio de concesiones muy valiosas. Por ser tan grandes las necesidades argentinas, el régimen chino podrá conseguir lo que quiera con facilidad relativa. Sus aspiraciones no son meramente económicas. Para alarma de muchos opositores, también son estratégicas y podrían incluir la construcción en Neuquén de una base misilística, si bien los chinos mismos juran que lo único que tienen en mente es una “estación de espacio lejano” que serviría para apoyar un programa de exploración lunar de fines exclusivamente pacíficos. Puede que tales preocupaciones opositoras sean un tanto paranoicas pero, así y todo, los políticos que las han manifestado tienen motivos legítimos para temer que no nos beneficien las negociaciones nada transparentes que están en marcha entre el gobierno de Cristina y el de su homólogo chino Xi Jinping. La Argentina está pasando por una etapa de debilidad extrema mientras que China es considerada por muchos la superpotencia del futuro próximo, pero es perfectamente posible que, luego de las elecciones próximas, nuestro país se recupere con rapidez de sus heridas autoinfligidas, lo que le permitiría asumir una actitud menos dócil, y también lo es que el gigante asiático entre en crisis después de un período prolongado de crecimiento frenético, lo que haría menos desigual la relación bilateral. Dadas las circunstancias, lo más sensato sería aprovechar al máximo las alternativas planteadas por un mundo ya multipolar sin firmar demasiados compromisos a largo plazo que, andando el tiempo, podrían ocasionarnos un sinfín de problemas. Por desgracia, los intereses chinos no siempre coinciden con los de sus diversos “socios estratégicos” en África y América Latina. Si bien el gobierno chino entiende que no le será dado continuar dependiendo de exportaciones cada vez mayores de bienes manufacturados, razón por la que dice estar resuelto a privilegiar el mercado interno, sus empresas, que en muchos casos son en efecto sucursales de multinacionales norteamericanas o europeas, tendrán que seguir concentrándose en vender sus productos en otras partes del mundo por algunos, tal vez muchos, años más. Los fabricantes locales ya han protestado contra lo que toman por una “invasión” china en gran escala, pero el gobierno kirchnerista no puede darles la protección que piden por miedo a perder los préstamos que necesitará para defender lo que todavía queda de las reservas del Banco Central. Por la misma razón, el gobierno actual tiene forzosamente que facilitar la participación de empresas chinas en obras públicas que, según lo que se sabe de los acuerdos que se han alcanzado, se realizarán en un marco legal chino, o sea, de extraterritorialidad parecida a la habitualmente exigida por las potencias coloniales europeas cuando estaban en condiciones de fijar las reglas en regiones menos desarrolladas del mundo. Asimismo, a juzgar por la experiencia de países africanos en que empresas apoyadas por el gobierno de Pekín se han encargado de la construcción de muchas obras de infraestructura muy importantes, a diferencia de las norteamericanas y europeas, las chinas prefieren que sus propios compatriotas desempeñen no sólo las tareas ejecutivas y técnicas sino también virtualmente todas las demás, razón por la que contribuyen poco a reducir la desocupación en las zonas en las que trabajan. Tal diferencia puede entenderse, ya que en su propio país los ingresos de los obreros siguen siendo inferiores a los del sur de la Argentina, pero se trata de un factor que tendrán que tomar en cuenta los convencidos de que las inversiones extranjeras siempre sirven para crear una multitud de fuentes de trabajo para los escasamente capacitados.
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