La opción Macri

Redacción

Por Redacción

El triunfo, por un margen que resultó ser aún mayor que el registrado en el 2007, cuando consiguió el 60,9% del total de votos, del jefe de Gobierno porteño Mauricio Macri sobre su contrincante ya tradicional, el kirchnerista Daniel Filmus, no puede atribuirse a los eventuales méritos de una gestión que, de acuerdo común, no ha sido muy buena. Los casi 29 puntos de diferencia entre el 64,25% de Macri y el 35,75 de Filmus se debieron a la voluntad de la mayoría de los habitantes del distrito más próspero y más moderno del país de decirle a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que no le gusta para nada el talante sectario, autoritario y cada vez más personalista del gobierno que encabeza. Si no fuera por el malestar que está provocando la impresión de arrogancia que brinda una presidenta que se ha acostumbrado a maltratar no sólo a sus adversarios sino también a aquellos candidatos oficialistas que experimentan derrotas, y de sus colaboradores más vehementes, funcionarios como el ministro del Interior, Florencio Randazzo, que culpó a los medios por el fracaso de Filmus, ya que en su opinión es a través de ellos que se da “la interlocución entre los dirigentes políticos y los dirigentes”, el gobierno se hubiera ahorrado la racha de palizas electorales que ha sufrido en las semanas últimas. Parecería que Cristina se ha dado cuenta de que su actitud despectiva la perjudica, razón por la que felicitó a Macri y a su equipo por el resultado del balotaje. En otras democracias, una llamada telefónica en tal sentido sería considerada normal; el que en la Argentina actual haya motivado sorpresa nos dice mucho sobre el clima “de crispación” que se ha difundido por el país. Los indignados por el triunfo contundente de Macri en la Capital Federal y, más aún, por el desempeño asombroso de su apadrinado, el humorista Miguel del Sel en Santa Fe, los acusan de “vaciar” la política para reemplazarla por una especie de show publicitario. Es su forma de quejarse por la incapacidad patente del gobierno de Cristina para cerrar la brecha que separa su retórica supuestamente progresista del oficialismo de los resultados concretos de su gestión. Una proporción sustancial no sólo de los porteños sino también de los demás ciudadanos ha llegado a la conclusión de que detrás de la pantalla propagandística del kirchnerismo se esconden ambiciones personales, codicia material, el desprecio por quienes se niegan a ponerse al servicio del “proyecto” y, desde luego, un grado excepcional de corrupción. Así las cosas, no extraña que tantos hayan decidido que prefieren lo que Macri califica como “una forma de hacer política” –una forma más amable, más tolerante y menos pretenciosa– a la elegida por quienes brindan la impresión de creerse los dueños exclusivos de los buenos sentimientos. De resultas de su triunfo arrollador en la Capital Federal, y de la muy buena elección de Del Sel en Santa Fe, Macri se ha convertido en el líder opositor más cotizado. Si bien la alternativa que representa el porteño es un tanto borrosa, parecería que la encuentran atractiva los muchos que están hartos del populismo vengativo que es característico del oficialismo kirchnerista y sus simpatizantes más locuaces. Otro exponente del mismo estilo despreocupado y nada agresivo es el gobernador bonaerense Daniel Scioli que, según algunas encuestas, aventaja a Cristina en las preferencias de quienes viven en la provincia más importante electoralmente del país. De cobrar más fuerza el fenómeno así supuesto en las semanas próximas, los siempre pragmáticos peronistas bonaerenses, los que ya han tomado nota de lo que sucedió en Santa Fe, donde muchos compañeros votaron por Del Sel a fin de manifestar su desaprobación del gobierno nacional, no le darán a Cristina el apoyo que, hasta hace muy poco, confiaba en obtener. Puesto que la presidenta necesita los votos peronistas del conurbano para alcanzar el 40% en la primera vuelta de las elecciones del 23 de octubre, su destino político está en manos de un movimiento cuyos dirigentes tienen motivos de sobra para romper con el gobierno nacional, pero que hasta ahora han sido reacios a hacerlo por entender que, a pesar de todo lo ocurrido en otras partes del país, el poder de convocatoria de Cristina se ha mantenido intacto en el conurbano bonaerense.


El triunfo, por un margen que resultó ser aún mayor que el registrado en el 2007, cuando consiguió el 60,9% del total de votos, del jefe de Gobierno porteño Mauricio Macri sobre su contrincante ya tradicional, el kirchnerista Daniel Filmus, no puede atribuirse a los eventuales méritos de una gestión que, de acuerdo común, no ha sido muy buena. Los casi 29 puntos de diferencia entre el 64,25% de Macri y el 35,75 de Filmus se debieron a la voluntad de la mayoría de los habitantes del distrito más próspero y más moderno del país de decirle a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que no le gusta para nada el talante sectario, autoritario y cada vez más personalista del gobierno que encabeza. Si no fuera por el malestar que está provocando la impresión de arrogancia que brinda una presidenta que se ha acostumbrado a maltratar no sólo a sus adversarios sino también a aquellos candidatos oficialistas que experimentan derrotas, y de sus colaboradores más vehementes, funcionarios como el ministro del Interior, Florencio Randazzo, que culpó a los medios por el fracaso de Filmus, ya que en su opinión es a través de ellos que se da “la interlocución entre los dirigentes políticos y los dirigentes”, el gobierno se hubiera ahorrado la racha de palizas electorales que ha sufrido en las semanas últimas. Parecería que Cristina se ha dado cuenta de que su actitud despectiva la perjudica, razón por la que felicitó a Macri y a su equipo por el resultado del balotaje. En otras democracias, una llamada telefónica en tal sentido sería considerada normal; el que en la Argentina actual haya motivado sorpresa nos dice mucho sobre el clima “de crispación” que se ha difundido por el país. Los indignados por el triunfo contundente de Macri en la Capital Federal y, más aún, por el desempeño asombroso de su apadrinado, el humorista Miguel del Sel en Santa Fe, los acusan de “vaciar” la política para reemplazarla por una especie de show publicitario. Es su forma de quejarse por la incapacidad patente del gobierno de Cristina para cerrar la brecha que separa su retórica supuestamente progresista del oficialismo de los resultados concretos de su gestión. Una proporción sustancial no sólo de los porteños sino también de los demás ciudadanos ha llegado a la conclusión de que detrás de la pantalla propagandística del kirchnerismo se esconden ambiciones personales, codicia material, el desprecio por quienes se niegan a ponerse al servicio del “proyecto” y, desde luego, un grado excepcional de corrupción. Así las cosas, no extraña que tantos hayan decidido que prefieren lo que Macri califica como “una forma de hacer política” –una forma más amable, más tolerante y menos pretenciosa– a la elegida por quienes brindan la impresión de creerse los dueños exclusivos de los buenos sentimientos. De resultas de su triunfo arrollador en la Capital Federal, y de la muy buena elección de Del Sel en Santa Fe, Macri se ha convertido en el líder opositor más cotizado. Si bien la alternativa que representa el porteño es un tanto borrosa, parecería que la encuentran atractiva los muchos que están hartos del populismo vengativo que es característico del oficialismo kirchnerista y sus simpatizantes más locuaces. Otro exponente del mismo estilo despreocupado y nada agresivo es el gobernador bonaerense Daniel Scioli que, según algunas encuestas, aventaja a Cristina en las preferencias de quienes viven en la provincia más importante electoralmente del país. De cobrar más fuerza el fenómeno así supuesto en las semanas próximas, los siempre pragmáticos peronistas bonaerenses, los que ya han tomado nota de lo que sucedió en Santa Fe, donde muchos compañeros votaron por Del Sel a fin de manifestar su desaprobación del gobierno nacional, no le darán a Cristina el apoyo que, hasta hace muy poco, confiaba en obtener. Puesto que la presidenta necesita los votos peronistas del conurbano para alcanzar el 40% en la primera vuelta de las elecciones del 23 de octubre, su destino político está en manos de un movimiento cuyos dirigentes tienen motivos de sobra para romper con el gobierno nacional, pero que hasta ahora han sido reacios a hacerlo por entender que, a pesar de todo lo ocurrido en otras partes del país, el poder de convocatoria de Cristina se ha mantenido intacto en el conurbano bonaerense.

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