La parte más fácil

Redacción

Por Redacción

Los dos ministros más destacados del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner parecen resueltos a hacer pensar que la sangría de divisas que tanta preocupación está ocasionando se debe a que un puñado de ricos está despilfarrando el dinero del pueblo comprando autos “de alta gama”, barcos, aviones y otros bienes considerados suntuarios, además de insistir en viajar a lugares de fama dudosa como Miami que, dicho sea de paso, está disfrutando de un boom inmobiliario merced a las inversiones argentinas. Si sólo fuera así, frenar la huida de capitales que está vaciando las arcas del Banco Central no plantearía demasiados problemas, pero, por desgracia, está en juego mucho más que los gustos costosos de una pequeña minoría de personajes acomodados. Aun cuando el gobierno prohibiera por completo la importación de vehículos lujosos y los insumos necesarios para producirlos en el país, el dinero ahorrado apenas alcanzaría para cubrir dos o tres días de pérdidas de reservas. Se estima que las medidas previstas podrían hacer una diferencia de 500 millones de dólares por año, pero en la semana que vio el regreso triunfal a sus tareas de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y una serie de cambios destinados a rejuvenecer el gabinete, salieron casi 750 millones de dólares. De mantenerse el ritmo así supuesto, lo que, por fortuna, parece poco probable, a mediados del año que viene no quedaría nada. Asimismo, aunque es innegable que el gobierno tendrá que procurar revertir un déficit turístico que ya ha alcanzado proporciones monstruosas, no le gusta la idea de devaluar el peso por temor a las consecuencias inflacionarias. Tampoco le parece conveniente tratar de forzar a los deseosos de viajar al exterior a permanecer en el país mientras dure la crisis privándolos del acceso a divisas extranjeras, eventualidad que desataría una reacción pública muy negativa. La prioridad del gobierno consiste en llegar a diciembre del 2015 con “el modelo” más o menos intacto, sin verse constreñido a tomar medidas que le significarían costos políticos insoportables. A juicio de muchos economistas, se trata de objetivos contradictorios. Para que el país no experimente una de sus esporádicas crisis terminales en los más de dos años que le quedan, el gobierno tendrá que corregir muchas distorsiones insostenibles, o sea “ajustar”, pero si se niega a hacerlo, conformándose con paños tibios que a lo sumo sirvan para brindar una impresión de firmeza, aumentará el riesgo de que todo se venga abajo muy pronto. Mucho dependerá de la capacidad de aguante de los sectores más pobres de la sociedad, en especial los del conurbano bonaerense. Según las consultoras privadas, la tasa de inflación ya se acerca al 30% anual y propende a acelerarse, de suerte que millones de familias han tenido que consumir menos. Fue llamativo que ni el nuevo jefe de Gabinete Jorge Capitanich ni el ministro de Economía Axel Kicillof se hayan animado todavía a pronunciar la palabra inflación, ya que optaron por eufemismos como “variación de precios”, aunque con toda seguridad ambos entienden que, si no logran hacerle frente al fenómeno, continuará provocando estragos. Es de prever que, para reconciliar lo que les será forzoso hacer con un “relato” basado en la noción de que la economía debiera seguir expandiéndose para que todos vean mejorar su estándar de vida, los encargados de manejarla se esforzarán por ajustar sin que nadie, salvo los interesados en comprar autos de lujo, embarcaciones y aviones por su uso personal, se den cuenta. Por desgracia, no existen motivos para suponer que sea posible administrar la economía de modo responsable sin enojar sobremanera a la presidenta y sus militantes. A menos que Capitanich y Kicillof se resignen al papel que les ha previsto el sindicalista Hugo Moyano, que felicitó al gobernador de Chaco por haberse conseguido “el mejor camarote del Titanic”, tendrán que olvidarse del “relato” cada vez más fantasioso de Cristina para concentrarse en gobernar el país real. Caso contrario, no tardarán en verse en medio de una tormenta parecida a aquellas en que, una y otra vez, se han ido a pique “modelos” capitaneados por mandatarios que habían jurado que absolutamente nada los obligaría a cambiar de rumbo.


Los dos ministros más destacados del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner parecen resueltos a hacer pensar que la sangría de divisas que tanta preocupación está ocasionando se debe a que un puñado de ricos está despilfarrando el dinero del pueblo comprando autos “de alta gama”, barcos, aviones y otros bienes considerados suntuarios, además de insistir en viajar a lugares de fama dudosa como Miami que, dicho sea de paso, está disfrutando de un boom inmobiliario merced a las inversiones argentinas. Si sólo fuera así, frenar la huida de capitales que está vaciando las arcas del Banco Central no plantearía demasiados problemas, pero, por desgracia, está en juego mucho más que los gustos costosos de una pequeña minoría de personajes acomodados. Aun cuando el gobierno prohibiera por completo la importación de vehículos lujosos y los insumos necesarios para producirlos en el país, el dinero ahorrado apenas alcanzaría para cubrir dos o tres días de pérdidas de reservas. Se estima que las medidas previstas podrían hacer una diferencia de 500 millones de dólares por año, pero en la semana que vio el regreso triunfal a sus tareas de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y una serie de cambios destinados a rejuvenecer el gabinete, salieron casi 750 millones de dólares. De mantenerse el ritmo así supuesto, lo que, por fortuna, parece poco probable, a mediados del año que viene no quedaría nada. Asimismo, aunque es innegable que el gobierno tendrá que procurar revertir un déficit turístico que ya ha alcanzado proporciones monstruosas, no le gusta la idea de devaluar el peso por temor a las consecuencias inflacionarias. Tampoco le parece conveniente tratar de forzar a los deseosos de viajar al exterior a permanecer en el país mientras dure la crisis privándolos del acceso a divisas extranjeras, eventualidad que desataría una reacción pública muy negativa. La prioridad del gobierno consiste en llegar a diciembre del 2015 con “el modelo” más o menos intacto, sin verse constreñido a tomar medidas que le significarían costos políticos insoportables. A juicio de muchos economistas, se trata de objetivos contradictorios. Para que el país no experimente una de sus esporádicas crisis terminales en los más de dos años que le quedan, el gobierno tendrá que corregir muchas distorsiones insostenibles, o sea “ajustar”, pero si se niega a hacerlo, conformándose con paños tibios que a lo sumo sirvan para brindar una impresión de firmeza, aumentará el riesgo de que todo se venga abajo muy pronto. Mucho dependerá de la capacidad de aguante de los sectores más pobres de la sociedad, en especial los del conurbano bonaerense. Según las consultoras privadas, la tasa de inflación ya se acerca al 30% anual y propende a acelerarse, de suerte que millones de familias han tenido que consumir menos. Fue llamativo que ni el nuevo jefe de Gabinete Jorge Capitanich ni el ministro de Economía Axel Kicillof se hayan animado todavía a pronunciar la palabra inflación, ya que optaron por eufemismos como “variación de precios”, aunque con toda seguridad ambos entienden que, si no logran hacerle frente al fenómeno, continuará provocando estragos. Es de prever que, para reconciliar lo que les será forzoso hacer con un “relato” basado en la noción de que la economía debiera seguir expandiéndose para que todos vean mejorar su estándar de vida, los encargados de manejarla se esforzarán por ajustar sin que nadie, salvo los interesados en comprar autos de lujo, embarcaciones y aviones por su uso personal, se den cuenta. Por desgracia, no existen motivos para suponer que sea posible administrar la economía de modo responsable sin enojar sobremanera a la presidenta y sus militantes. A menos que Capitanich y Kicillof se resignen al papel que les ha previsto el sindicalista Hugo Moyano, que felicitó al gobernador de Chaco por haberse conseguido “el mejor camarote del Titanic”, tendrán que olvidarse del “relato” cada vez más fantasioso de Cristina para concentrarse en gobernar el país real. Caso contrario, no tardarán en verse en medio de una tormenta parecida a aquellas en que, una y otra vez, se han ido a pique “modelos” capitaneados por mandatarios que habían jurado que absolutamente nada los obligaría a cambiar de rumbo.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora