LA PEÑA: Luchadores silenciosos
Los hombres de los oficios forman parte del escenario más cercano de cada uno de nosotros y en el barrio hasta pierden la identidad para convertirse en el chapista, el sodero, el verdulero, el panadero, el tapicero.
Y los vínculos, siempre hablando del barrio, de un círculo acotado, de un pueblo con muchos matices, pero más o menos similar para todos, se van tejiendo hasta saber quién es quién a la hora de la dignidad, del trabajo, de las pocas estridencias, pero también del esfuerzo.
Un verdadero placer era charlar con él, charlas interminables llenas de altibajos, de críticas a un país que no reconocía a los viejos, de un país donde las cosas estaban cada vez más caras y dónde el simple hecho de vivir era todo un desafío. Charlas con intercambios de elogios, con reconocimientos, charlas con mates lavados de las que nadie se enteraba. Charlas de las que imaginariamente participaban sus hijos, a los que nunca conocí, porque eran parte de sus tantos orgullos, porque se rompió el lomo trabajando para que estudiaran y así fue. Los dos se recibieron. Y él, don Botazzi, el viejito macanudo, se recibió mucho antes que ellos, pero sin título habilitante, se recibió de militante de la vida, de hombre dispuesto a mirarlo a los ojos y decirle «usted me cae bien, si quiere le fío».
En ese escenario hace poco tiempo se murió Botazzi, el viejito Botazzi, brillante tapicero capaz de convertir el oficio en una artesanía, herido porque muchos nunca le pagaron, pero desafiando hasta la salud con tal de cumplir con el tiempo pactado. Herido porque las obras sociales no eran lo que muchos necesitaban, porque las jubilaciones eran de miseria, porque el hospital público era muchas veces una afrenta para los ciudadanos de bolsillos flacos.
Botazzi era analista de su propio escenario, hombre de escuchar radio y sorprenderse, de hacerle un guiño a la quiniela y soñar que era posible ganar una vez. Sólo eso quería, pero siempre, al final de la charla era capaz de reconocer que estaba bien.
Y un día, unos dos meses antes de morir, lo tuve que esperar porque venía del médico. Y cómo le fue le pregunté. «Para la mona, pero mire qué lindo, la doctora me dijo que tengo de todo, que no puedo seguir trabajando, que el pegamento me está haciendo mucho daño a la salud. Pero que ni sueñe la doctora que voy a dejar de trabajar. Sin trabajar no seria yo, me comen los piojos».
¿Y qué va a hacer entonces?.
Seguir trabajando y no volver al médico, para qué, cuando me llegue la hora, listo, asunto terminado».
Y a Botazzi le pasó lo que él mismo se veía venir, se murió.
Y claro, para el universo de lectores, tal vez el grueso de la gente no sepa quién era Botazzi, pero seguro tendrán algún ejemplo como él a la vuelta de la esquina, porque este país tiene cientos de miles de luchadores silenciosos, de esos que todos días le dan sentido a la vida, de los que le ponen el lomo al país, de los que se hicieron cargo de su parte sin pedir nada a cambio.
Esos hombres de oficios, los que no pudieron llegar por el estudio, llegaron igual de lejos por el trabajo, por la dignidad, por las ganas de ser y de formar.
Ojalá en este país hubiera muchos «Botazzis», capaz de empezar el día frente a una máquina desafiando miles de obstáculos con tal de ser digno.
Y el ejemplo vale, me dolió la muerte del viejito macanudo, me dolió porque lo había sumado a los pequeños hombres que con palabras simples fueron capaces de conmovernos. Por qué no creer que este país lleno de tradiciones, de idolatrías a veces inexplicables, se olvidó de estos hombres que hicieron de la vida un desafío permanente para llegar a donde llegaron, por qué no creer que es esta misma gente la dueña de las tradiciones no reconocidas.
JORGE VERGARA
jvergara@rionegro.com.ar