La política de las cigüeñas

Por Maximiliano Gregorio-Cernadas (*)

Con cada inicio de la primavera, los tejados y las chimeneas de Europa se cubren con los nidos que construyen las cigüeñas a su regreso del norte de África, en busca de un clima más benigno. Este constante vuelo de ida y vuelta, que se repite cada año con puntual porfía, fue cantado con singular belleza por el poeta húngaro Mihály Tompa (1817-1868) quien, dirigiéndose a esa ave, le escribió, “agradece a tu hado que dos patrias te dio”, lamentándose luego que, por el contrario, él tenía una sola, la húngara, que atravesaba entonces una etapa dramática de su historia.
La metáfora no podría ser más apropiada para lo que anhelamos ser los argentinos y, al cabo de nuestra historia, lo que somos: gente a la que le place volar constantemente hacia diversos horizontes y regresar, no solo físicamente, sino también a través de la forma en que se alimenta, de la música que escucha, de la literatura que lee, de los idiomas que desea hablar o de los sueños que sueña. Los argentinos podemos con justeza definirnos por esa pulsión innata que nos impele a construir varios nidos espirituales y volar entre ellos sin cesar. Más aún la fortuna nos ha otorgado no solo la posibilidad de disfrutar de varias patrias, sino que también nos ha provisto de algo que es más sutil y crucial: nos ha destinado a gozar de la compleja sensación de que en ello radica nuestra manera de realizarnos.
A propósito del poeta húngaro y como muestra de lo que digo, me consta cómo puede uno toparse a cada paso con apasionados amantes argentinos del goulash, la literatura de Márai, el cine de Szabó o la música de Bartok, como si fueran húngaros consumados. Lo mismo ocurre entre nosotros con otras tantas culturas, como las nativas originarias, las europeas tradicionales, las latinoamericanas y hasta las africanas tropicales como estamos observando actualmente, cuya generosa recepción no solo tiene amplia aceptación popular, sino, incluso, un puntilloso y liberal status constitucional, como casi no tiene parangón en el mundo.
Acaso la personificación más acabada de esta preciada virtud de las “identidades múltiples” sea el genial director de orquesta y pianista Daniel Barenboim, quien se identifica por igual sin conflicto y hasta con orgullo y provecho con sus numerosas nacionalidades, exaltando de tal modo alrededor del globo la quintaesencia de la argentinidad. En el otro extremo, nos compadecemos de la pobreza que implica reivindicar “purezas” identitarias que desprecian o ignoran lo ajeno.
Cierto es que cargar con tal diversidad de identidades tiene un costo a menudo arduo de resolver, pero tan saludable como las incertidumbres metódicas que definen a la reflexión filosófica. Recuerdo una mañana radiante con el admirado pensador y querido amigo Tomás Abraham, al que había llevado a una universidad de Budapest; escucharlo en una conferencia tan catártica como conmovedora, en la que reivindicó, no sin dificultades, ser rumano por nacimiento, húngaro por lengua materna, judío por raza, argentino por opción y francés por educación, a lo que la audiencia de jóvenes estudiantes húngaros premió con una emocionada ovación.
Es que, como afirmó el poeta húngaro, el destino nos ha signado con un don que no deberíamos eludir, despreciar ni dar por descontado, sino tomar conciencia de su singularidad, de su preciado valor y gozar de los beneficios de desplegar esas alas que permiten alcanzar mayores alturas desde dónde mirar la vida y el mundo.
Nuestra política cultural debería tomar nota de este punto cardinal de nuestra brújula espiritual, y apuntar su norte a preservar y promover esta habilidad para remontar vuelo, esta disposición a continuar construyendo nidos diversos, porque está en nuestra naturaleza hacerlo, porque nos ayuda a valorar y a mejorar los que somos, a abrirnos nuevos horizontes mentales, enriquecer nuestras perspectivas, integrarnos a otros mundos, expandir nuestros criterios y aspiraciones y, al fin, ampliar nuestros logros.

(*) Diplomático de carrera, exembajador ante Hungría y miembro del Club Político Argentino y de la Fundación Alem


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