La productividad ha de ser prioritaria





En última instancia, los ingresos de los trabajadores dependen de la productividad. Lo demás es verso. Sin embargo, por motivos evidentes, sindicalistas, políticos y otros suelen atribuir el nivel alcanzado por los salarios a su propia militancia y su presunto compromiso con la justicia social. De estar en lo cierto quienes hablan así, los dirigentes suizos, individuos que según las pautas vigentes aquí suelen considerarse reaccionarios derechistas, son muchísimo más solidarios que sus homólogos argentinos, ya que en Suiza los salarios son muy altos, mientras que en nuestro país son decididamente magros. Huelga decir que escasean los dispuestos a elogiar a los políticos de los países más ricos por sus sentimientos humanitarios. Antes bien, es más frecuente oír críticas del conservadurismo que, en opinión de los progresistas locales, caracteriza a los más exitosos. Con todo, si bien no hay motivos para suponer que el nivel de vida de la mayoría se vea determinado por la voluntad, buena o mala, de los líderes políticos y sindicales o de los referentes intelectuales más influyentes de las distintas sociedades, no cabe duda de que la convicción difundida de que es así ha hecho una contribución decisiva a la decadencia nacional. Desde comienzos del siglo pasado, movimientos populistas que reclamaban justicia han llevado al poder gobiernos resueltos a repartir la riqueza ya existente sin manifestar demasiado interés en aumentarla. Para lograr sus objetivos, muchos han tratado al sector privado con desprecio, acusándolo en efecto de haberse apropiado de una proporción excesiva del patrimonio común. En cuanto al campo, que es la parte más competitiva de la economía nacional, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y quienes comparten sus puntos de vista parecen creer que es un sector parasitario que debería ser eliminado. Como no pudo ser de otra manera, el desdén que sienten los populistas por todo lo vinculado con la producción ha tenido consecuencias trágicas para decenas de millones de personas que, en país mejor manejado, hubieran disfrutado de ingresos mucho más dignos. Algunos, impresionados por el fracaso espectacular del “modelo” populista más reciente, creen que, en cuanto tenga la oportunidad, la mayoría por fin dará la espalda al peronismo para brindar una oportunidad ya a la “centroderecha” del PRO, ya a una coalición de “centroizquierda” que, espera, resulte ser más realista que el gobierno actual cuando de la producción se trata. Es posible que ello ocurra, aunque sería un error subestimar la capacidad del peronismo para adaptarse a las circunstancias afirmándose a favor de la corriente coyunturalmente más atractiva, como hizo Carlos Menem en su momento y como, según parece, tratará de hacer el aspirante presidencial Sergio Massa. Sea como fuere, antes de que el país abandone la ilusión populista que tanto le ha costado, tendría que superar una serie imponente de problemas sociales y económicos provocados por el gobierno kirchnerista. Como ya es rutinario, los sindicalistas más poderosos se han propuesto combatir la inflación pidiendo aumentos salariales “de emergencia” de por lo menos el 30%. Si sólo fuera una cuestión de justicia, nadie se les opondría, pero, claro está, de obtener lo que están reclamando echarían más nafta a la conflagración inflacionaria que no tardaría en devorar los beneficios conseguidos. Sin embargo, aunque es de suponer que Hugo Moyano y los demás entienden que, a menos que los aumentos salariales se vean acompañados por aumentos de productividad, no servirán para que suba el poder adquisitivo de los afiliados, se sienten obligados a pedirlos. Como tantos otros, están atrapados por una espiral inflacionaria que propende a acelerarse, lo que hace temer que, una vez más, sea virtualmente imposible que la clase dirigente nacional haga un esfuerzo serio por adoptar una estrategia económica racional, lo que supondría reconocer que el motor principal del crecimiento aquí –como en todos los países que han dejado atrás el subdesarrollo– tiene forzosamente que ser el sector privado y que por lo tanto habría que tomar medidas encaminadas a impulsar las inversiones, puesto que, caso contrario, todo seguiría más o menos como en el pasado, con esporádicas etapas de auge atribuibles a cambios en los mercados internacionales que culminen siempre en un nuevo desbarajuste.


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