La realidad no existe

Redacción

Por Redacción

Dice la subsecretaria de Defensa del Consumidor, María Lucila Colombo, que la inflación no es un problema genuino en la Argentina sino una sensación que se ha visto instalada por los medios de difusión porque, da a entender, los ayuda a ganar plata. Coincide con su subalterna el ministro de Economía de facto, Guillermo Moreno: atribuye las alusiones al fenómeno al deseo de ciertos sujetos de provocar un golpe de mercado. “¿De qué inflación hablan –se pregunta– si la carne, el pollo y el pescado valen lo mismo?”, como si la economía nacional fuera tan primitiva como era hace dos o tres siglos. Así, pues, para quienes están a cargo de la economía, buena parte de la ciudadanía, además de los técnicos de docenas de organismos internacionales, son víctimas de una extraña psicosis colectiva. Parecería que los únicos habitantes del país que han logrado mantenerse cuerdos son “Pimpi” Colombo, Moreno y otros funcionarios, incluyendo a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Por tratarse de personas que, es de suponer, toman muy en serio la teoría presidencial del “relato” según la cual lo que cree la gente importa mucho más que la realidad, la actitud desafiante que han asumido es contradictoria. Si la mayoría abrumadora está convencida de que el costo de vida aumenta a un ritmo cercano al 30% anual y actúa en consecuencia, la inflación sí existe aun cuando el precio controlado de un puñado de productos se haya resistido a acompañar la tendencia general. El entonces presidente Néstor Kirchner ordenó la intervención del Indec por suponer que si consiguiera manejar las expectativas el brote inflacionario no tardaría en desaparecer. De haberse animado a respaldar la manipulación de las estadísticas con medidas concretas, la maniobra pudiera haber brindado los resultados previstos pero, claro está, no quería pagar los costos políticos de lo que hubiera sido un ajuste menor. De todos modos, era por lo menos comprensible que, antes de celebrarse las elecciones legislativas, kirchneristas como Moreno y Colombo insistieran en que el país no sufría una tasa de inflación muy alta, ya que a su juicio negarlo les permitiría conservar algunos votos, pero no tiene sentido que se hayan mantenido en sus trece una vez concluida la campaña electoral. Por el contrario, al brindar la impresión de que están resueltos a continuar echando más nafta a la conflagración inflacionaria, limitándose a asegurarnos que, no obstante las apariencias, los precios se han estabilizado, Moreno y otros funcionarios hacen pensar que lo que se han propuesto es provocar un estallido con la esperanza de aprovechar el caos resultante. En el contexto del “relato”, una estrategia de tal tipo tendría cierta lógica. Acostumbrados como están los kirchneristas a creerse rodeados de conspiradores perversos –corporaciones mediáticas, imperialistas extranjeros, golpistas que sienten nostalgia por la dictadura militar y así por el estilo–, les parece natural imputar todos los reveses a la malignidad ajena. Por lo tanto, el fracaso del “modelo” que han improvisado no se debería a su falta de viabilidad o a su propia ineptitud sino a un “golpe de mercado” organizado por los enemigos del pueblo. No serían los primeros en tratar de minimizar los costos políticos de una debacle socioeconómica atribuyéndola a la capacidad de los calificados por Cristina como “los dueños de la pelota” para movilizar los “mercados”; es lo que hicieron muchos radicales luego de hundirse el gobierno del presidente Raúl Alfonsín en medio de una feroz tormenta hiperinflacionaria. En aquella oportunidad, pocos se dejaron engañar por el intento de victimizarse de los radicales que, para regresar al poder, tuvieron que pactar con el Frepaso de origen mayormente peronista, y no es demasiado probable que los esfuerzos en tal sentido de los kirchneristas resulten ser más convincentes. Con todo, en el transcurso de las dos décadas últimas la cultura política del país se ha hecho aún más populista, de ahí el predominio prolongado del kirchnerismo, de suerte que es de prever que, pase lo que pasare, muchos seguirán insistiendo en que las sucesivas crisis económicas no se deben a la inoperancia de gobiernos comprometidos con esquemas voluntaristas sino a conspiraciones urdidas por corporaciones reaccionarias y sus aliados mediáticos.


Dice la subsecretaria de Defensa del Consumidor, María Lucila Colombo, que la inflación no es un problema genuino en la Argentina sino una sensación que se ha visto instalada por los medios de difusión porque, da a entender, los ayuda a ganar plata. Coincide con su subalterna el ministro de Economía de facto, Guillermo Moreno: atribuye las alusiones al fenómeno al deseo de ciertos sujetos de provocar un golpe de mercado. “¿De qué inflación hablan –se pregunta– si la carne, el pollo y el pescado valen lo mismo?”, como si la economía nacional fuera tan primitiva como era hace dos o tres siglos. Así, pues, para quienes están a cargo de la economía, buena parte de la ciudadanía, además de los técnicos de docenas de organismos internacionales, son víctimas de una extraña psicosis colectiva. Parecería que los únicos habitantes del país que han logrado mantenerse cuerdos son “Pimpi” Colombo, Moreno y otros funcionarios, incluyendo a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Por tratarse de personas que, es de suponer, toman muy en serio la teoría presidencial del “relato” según la cual lo que cree la gente importa mucho más que la realidad, la actitud desafiante que han asumido es contradictoria. Si la mayoría abrumadora está convencida de que el costo de vida aumenta a un ritmo cercano al 30% anual y actúa en consecuencia, la inflación sí existe aun cuando el precio controlado de un puñado de productos se haya resistido a acompañar la tendencia general. El entonces presidente Néstor Kirchner ordenó la intervención del Indec por suponer que si consiguiera manejar las expectativas el brote inflacionario no tardaría en desaparecer. De haberse animado a respaldar la manipulación de las estadísticas con medidas concretas, la maniobra pudiera haber brindado los resultados previstos pero, claro está, no quería pagar los costos políticos de lo que hubiera sido un ajuste menor. De todos modos, era por lo menos comprensible que, antes de celebrarse las elecciones legislativas, kirchneristas como Moreno y Colombo insistieran en que el país no sufría una tasa de inflación muy alta, ya que a su juicio negarlo les permitiría conservar algunos votos, pero no tiene sentido que se hayan mantenido en sus trece una vez concluida la campaña electoral. Por el contrario, al brindar la impresión de que están resueltos a continuar echando más nafta a la conflagración inflacionaria, limitándose a asegurarnos que, no obstante las apariencias, los precios se han estabilizado, Moreno y otros funcionarios hacen pensar que lo que se han propuesto es provocar un estallido con la esperanza de aprovechar el caos resultante. En el contexto del “relato”, una estrategia de tal tipo tendría cierta lógica. Acostumbrados como están los kirchneristas a creerse rodeados de conspiradores perversos –corporaciones mediáticas, imperialistas extranjeros, golpistas que sienten nostalgia por la dictadura militar y así por el estilo–, les parece natural imputar todos los reveses a la malignidad ajena. Por lo tanto, el fracaso del “modelo” que han improvisado no se debería a su falta de viabilidad o a su propia ineptitud sino a un “golpe de mercado” organizado por los enemigos del pueblo. No serían los primeros en tratar de minimizar los costos políticos de una debacle socioeconómica atribuyéndola a la capacidad de los calificados por Cristina como “los dueños de la pelota” para movilizar los “mercados”; es lo que hicieron muchos radicales luego de hundirse el gobierno del presidente Raúl Alfonsín en medio de una feroz tormenta hiperinflacionaria. En aquella oportunidad, pocos se dejaron engañar por el intento de victimizarse de los radicales que, para regresar al poder, tuvieron que pactar con el Frepaso de origen mayormente peronista, y no es demasiado probable que los esfuerzos en tal sentido de los kirchneristas resulten ser más convincentes. Con todo, en el transcurso de las dos décadas últimas la cultura política del país se ha hecho aún más populista, de ahí el predominio prolongado del kirchnerismo, de suerte que es de prever que, pase lo que pasare, muchos seguirán insistiendo en que las sucesivas crisis económicas no se deben a la inoperancia de gobiernos comprometidos con esquemas voluntaristas sino a conspiraciones urdidas por corporaciones reaccionarias y sus aliados mediáticos.

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