La salud de la presidenta

Redacción

Por Redacción

Por ser virtualmente unipersonal el gobierno que encabeza, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se siente obligada a tomar todas las decisiones importantes sin prestar atención alguna a los reparos que podrían formularle colaboradores más interesados en congraciarse con ella que en ayudarla o, huelga decirlo, los procedentes de dirigentes opositores. Puesto que, por temor a ser víctima de una intriga, a Cristina no le gusta delegar poder y, de todos modos, el vicepresidente Amado Boudou carece de la autoridad moral o política que necesitaría para reemplazarla, aunque sólo fuera por algunos días, mientras estuvo internada en el Sanatorio Otamendi nadie sabía muy bien quién estaba a cargo del gobierno: se especulaba en que sería su hijo Máximo Kirchner o el secretario legal y técnico Carlos Zannini, pero sólo se trataba de conjeturas. Por fortuna, no sucedió nada realmente grave que hubiera requerido su intervención y, después de una semana en el sanatorio, la presidenta fue dada de alta, aunque los médicos aseveraron que tendría que guardar reposo “y control evolutivo” durante diez días. Así y todo, el que la salud de Cristina sea tan precaria que en cualquier momento podría sufrir una recaída debería motivar mucha preocupación no sólo en las filas kirchneristas, sino también en las de las distintas agrupaciones opositoras. La Argentina no puede darse el lujo de depender por mucho tiempo de una suerte de piloto automático, si es lícito calificar así al gobierno sin la presencia de la presidenta. Está hundiéndose en una crisis económica, social y, de más está decirlo, política muy peligrosa, pero la única persona que está en condiciones de gobernar el país y que, para más señas, se ha acostumbrado a hacerlo de manera llamativamente autocrática, está enferma. Puede que se recupere por completo muy pronto del “cuadro de sigmoiditis” que la mantuvo postrada, pero a juzgar por su historia médica sería insensato apostar a que en los meses próximos no sufra ninguna dolencia que le impida cumplir las tareas onerosas que cree son de su incumbencia exclusiva. La salud de la presidenta no es un asunto privado. Mal que les pese a ella y a sus colaboradores, es una cuestión de Estado. Les corresponde, pues, a los demás políticos prepararse para cubrir la eventual ausencia, sea temporaria o permanente, de la mandataria, pero por motivos penosamente evidentes son reacios a asumir la responsabilidad así supuesta. Los oficialistas no se atreven a pensar en la posibilidad de que en adelante Cristina se limite a desempeñar funciones meramente protocolares, dejando que otros tomen las decisiones difíciles, por entender que hasta sugerirlo les aseguraría un lugar destacado en la lista negra de traidores al proyecto kirchnerista. Tampoco los dirigentes opositores quieren plantear la conveniencia de desconcentrar el poder, por miedo a verse acusados de golpismo y porque les asusta pensar en lo que sucedería si ellos mismos tuvieran que pagar los costos políticos del ajuste que, sin aclararlo, los kirchneristas ya han puesto en marcha. Parecería, pues, que el país no tendrá más alternativa que la de convivir en adelante con una dosis de incertidumbre aún mayor que la ya causada por la evolución nada alentadora de la economía nacional, el riesgo de que el verano que está por empezar sea aún más “caliente” que el anterior y la proliferación de denuncias de corrupción que afectan a la presidenta misma y a integrantes de su entorno, además del creciente aislamiento internacional. Muchos atribuyeron la gran crisis que culminó en los días finales del 2001 a la debilidad del presidente Fernando de la Rúa y, en los años que siguieron, felicitaron a Néstor Kirchner por haber restaurado la autoridad de la presidencia, como si a su entender lo único que realmente importara fuera el presunto prestigio del caudillo de turno. Fue su forma de reivindicar la voluntad de buena parte de la población de dejar todo en manos de una sola persona. Parecería que no se les ocurrió que un orden político del tipo que en efecto reclamaban, uno sin instituciones fuertes, no sólo permitiría que el futuro del país dependiera de los caprichos de una sola persona, sino que también sería tan vulnerable que hasta una minúscula bacteria intestinal podría resultar más que suficiente como para hacerlo tambalear.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 11 de noviembre de 2014


Por ser virtualmente unipersonal el gobierno que encabeza, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se siente obligada a tomar todas las decisiones importantes sin prestar atención alguna a los reparos que podrían formularle colaboradores más interesados en congraciarse con ella que en ayudarla o, huelga decirlo, los procedentes de dirigentes opositores. Puesto que, por temor a ser víctima de una intriga, a Cristina no le gusta delegar poder y, de todos modos, el vicepresidente Amado Boudou carece de la autoridad moral o política que necesitaría para reemplazarla, aunque sólo fuera por algunos días, mientras estuvo internada en el Sanatorio Otamendi nadie sabía muy bien quién estaba a cargo del gobierno: se especulaba en que sería su hijo Máximo Kirchner o el secretario legal y técnico Carlos Zannini, pero sólo se trataba de conjeturas. Por fortuna, no sucedió nada realmente grave que hubiera requerido su intervención y, después de una semana en el sanatorio, la presidenta fue dada de alta, aunque los médicos aseveraron que tendría que guardar reposo “y control evolutivo” durante diez días. Así y todo, el que la salud de Cristina sea tan precaria que en cualquier momento podría sufrir una recaída debería motivar mucha preocupación no sólo en las filas kirchneristas, sino también en las de las distintas agrupaciones opositoras. La Argentina no puede darse el lujo de depender por mucho tiempo de una suerte de piloto automático, si es lícito calificar así al gobierno sin la presencia de la presidenta. Está hundiéndose en una crisis económica, social y, de más está decirlo, política muy peligrosa, pero la única persona que está en condiciones de gobernar el país y que, para más señas, se ha acostumbrado a hacerlo de manera llamativamente autocrática, está enferma. Puede que se recupere por completo muy pronto del “cuadro de sigmoiditis” que la mantuvo postrada, pero a juzgar por su historia médica sería insensato apostar a que en los meses próximos no sufra ninguna dolencia que le impida cumplir las tareas onerosas que cree son de su incumbencia exclusiva. La salud de la presidenta no es un asunto privado. Mal que les pese a ella y a sus colaboradores, es una cuestión de Estado. Les corresponde, pues, a los demás políticos prepararse para cubrir la eventual ausencia, sea temporaria o permanente, de la mandataria, pero por motivos penosamente evidentes son reacios a asumir la responsabilidad así supuesta. Los oficialistas no se atreven a pensar en la posibilidad de que en adelante Cristina se limite a desempeñar funciones meramente protocolares, dejando que otros tomen las decisiones difíciles, por entender que hasta sugerirlo les aseguraría un lugar destacado en la lista negra de traidores al proyecto kirchnerista. Tampoco los dirigentes opositores quieren plantear la conveniencia de desconcentrar el poder, por miedo a verse acusados de golpismo y porque les asusta pensar en lo que sucedería si ellos mismos tuvieran que pagar los costos políticos del ajuste que, sin aclararlo, los kirchneristas ya han puesto en marcha. Parecería, pues, que el país no tendrá más alternativa que la de convivir en adelante con una dosis de incertidumbre aún mayor que la ya causada por la evolución nada alentadora de la economía nacional, el riesgo de que el verano que está por empezar sea aún más “caliente” que el anterior y la proliferación de denuncias de corrupción que afectan a la presidenta misma y a integrantes de su entorno, además del creciente aislamiento internacional. Muchos atribuyeron la gran crisis que culminó en los días finales del 2001 a la debilidad del presidente Fernando de la Rúa y, en los años que siguieron, felicitaron a Néstor Kirchner por haber restaurado la autoridad de la presidencia, como si a su entender lo único que realmente importara fuera el presunto prestigio del caudillo de turno. Fue su forma de reivindicar la voluntad de buena parte de la población de dejar todo en manos de una sola persona. Parecería que no se les ocurrió que un orden político del tipo que en efecto reclamaban, uno sin instituciones fuertes, no sólo permitiría que el futuro del país dependiera de los caprichos de una sola persona, sino que también sería tan vulnerable que hasta una minúscula bacteria intestinal podría resultar más que suficiente como para hacerlo tambalear.

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