La tentación facilista

Redacción

Por Redacción

El jueves pasado, los docentes bonaerenses realizaron un paro de 24 horas para protestar contra la agresión sufrida por el director de un colegio de Pergamino. Según se informa, contó con la adhesión del 90% de los maestros de las escuelas públicas. Si bien es poco probable que los padres de alumnos díscolos se hayan sentido tan impresionados por la huelga que en adelante modifiquen su conducta, la medida sirvió para llamar la atención a un fenómeno que debería preocuparnos a todos porque está estrechamente vinculado con el retroceso que está experimentando el país desde hace muchas décadas. Casi todos los ataques contra docentes tanto en la provincia de Buenos Aires como en otros distritos se ven motivados por la convicción no sólo de alumnos amonestados sino también de sus padres de que los colegios son demasiado exigentes y que es injusto dar una mala nota a un chico aun cuando se haya negado a estudiar. Tal reacción dista de ser nueva. A través de los años se han celebrado manifestaciones multitudinarias en distintos puntos del país en que padres indignados por el fracaso escolar de sus hijos reivindicaban su supuesto derecho a recibir diplomas. Por lo demás, se trata de una actitud que está compartida por los movimientos estudiantiles que esporádicamente se forman para reclamar el ingreso irrestricto a las universidades nacionales. La “democratización” de la educación así entendida no se limita a nuestro país. En Estados Unidos y Europa, una prolongada rebelión contra el elitismo que a juicio de muchos caracterizaba a las universidades y escuelas tradicionales ha tenido consecuencias muy negativas. Entre otras cosas, ha contribuido al aumento peligroso del desempleo juvenil que en países como España perjudica a más del 40% de los productos de un sistema educativo que, en nombre de la igualdad, es reacio a discriminar entre los realmente capaces y aplicados y quienes no lo son. Por supuesto, el que otros Estados occidentales se hayan visto afectados por las mismas tendencias no puede considerarse un consuelo y, de todos modos, no cabe duda de que en la Argentina el deterioro generalizado ha sido aún más llamativo que en otras partes. Luego de ser durante muchas décadas el país líder de América Latina en materia de rendimiento escolar, en la actualidad va a la zaga de Chile, Uruguay, México, Colombia e incluso del Brasil. El nivel educativo de una sociedad depende en buena medida de la actitud de los mayores. Mientras que aquí una proporción demasiado grande de los padres quiere que los maestros pasen por alto las deficiencias de sus hijos, de ahí los ataques –que según parece se han hecho rutinarios– contra aquellos docentes que han procurado disciplinarlos para que aprendan algo, en los países de Asia oriental como China, el Japón y Corea del Sur la situación es radicalmente distinta. En lugar de presionar a los educadores para que sean menos exigentes, los padres asiáticos se han hecho notorios por su voluntad de obligar a los jóvenes a esforzarse cada vez más. Huelga decir que no están dispuestos a permitir que los docentes los ayuden a fracasar. Puede que conforme a las pautas predominantes en nuestra sociedad el compromiso con la educación de los padres de familia de Asia oriental sea cruel, para no decir inhumano, y sus exigencias sean a todas luces excesivas, pero los resultados ya están a la vista. Mientras que, después de siglos de pobreza extrema, China ha logrado mejorar sustancialmente, en un lapso muy breve, el estándar de vida de centenares de millones de personas y está en vías de erigirse en una gran potencia mundial, la Argentina ha perdido tanto terreno que hasta los nacionalistas se han resignado a que sea el socio menor del Brasil a pesar de contar con recursos materiales y humanos que, en buena lógica, deberían permitirle aspirar a un lugar internacional equiparable con los ocupados por Canadá o Australia. Aunque, merced a la productividad del campo –y las necesidades crecientes de China–, hemos disfrutado de algunos años de expansión macroeconómica excepcional, las etapas próximas dependerán del uso que hagamos de nuestro recurso más valioso, la capacidad intelectual de los habitantes del país, pero puesto que tantos son contrarios a cualquier esfuerzo en tal sentido, por ahora lo más probable es que optemos colectivamente por desaprovecharla.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 945.035 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 2 de octubre de 2011


El jueves pasado, los docentes bonaerenses realizaron un paro de 24 horas para protestar contra la agresión sufrida por el director de un colegio de Pergamino. Según se informa, contó con la adhesión del 90% de los maestros de las escuelas públicas. Si bien es poco probable que los padres de alumnos díscolos se hayan sentido tan impresionados por la huelga que en adelante modifiquen su conducta, la medida sirvió para llamar la atención a un fenómeno que debería preocuparnos a todos porque está estrechamente vinculado con el retroceso que está experimentando el país desde hace muchas décadas. Casi todos los ataques contra docentes tanto en la provincia de Buenos Aires como en otros distritos se ven motivados por la convicción no sólo de alumnos amonestados sino también de sus padres de que los colegios son demasiado exigentes y que es injusto dar una mala nota a un chico aun cuando se haya negado a estudiar. Tal reacción dista de ser nueva. A través de los años se han celebrado manifestaciones multitudinarias en distintos puntos del país en que padres indignados por el fracaso escolar de sus hijos reivindicaban su supuesto derecho a recibir diplomas. Por lo demás, se trata de una actitud que está compartida por los movimientos estudiantiles que esporádicamente se forman para reclamar el ingreso irrestricto a las universidades nacionales. La “democratización” de la educación así entendida no se limita a nuestro país. En Estados Unidos y Europa, una prolongada rebelión contra el elitismo que a juicio de muchos caracterizaba a las universidades y escuelas tradicionales ha tenido consecuencias muy negativas. Entre otras cosas, ha contribuido al aumento peligroso del desempleo juvenil que en países como España perjudica a más del 40% de los productos de un sistema educativo que, en nombre de la igualdad, es reacio a discriminar entre los realmente capaces y aplicados y quienes no lo son. Por supuesto, el que otros Estados occidentales se hayan visto afectados por las mismas tendencias no puede considerarse un consuelo y, de todos modos, no cabe duda de que en la Argentina el deterioro generalizado ha sido aún más llamativo que en otras partes. Luego de ser durante muchas décadas el país líder de América Latina en materia de rendimiento escolar, en la actualidad va a la zaga de Chile, Uruguay, México, Colombia e incluso del Brasil. El nivel educativo de una sociedad depende en buena medida de la actitud de los mayores. Mientras que aquí una proporción demasiado grande de los padres quiere que los maestros pasen por alto las deficiencias de sus hijos, de ahí los ataques –que según parece se han hecho rutinarios– contra aquellos docentes que han procurado disciplinarlos para que aprendan algo, en los países de Asia oriental como China, el Japón y Corea del Sur la situación es radicalmente distinta. En lugar de presionar a los educadores para que sean menos exigentes, los padres asiáticos se han hecho notorios por su voluntad de obligar a los jóvenes a esforzarse cada vez más. Huelga decir que no están dispuestos a permitir que los docentes los ayuden a fracasar. Puede que conforme a las pautas predominantes en nuestra sociedad el compromiso con la educación de los padres de familia de Asia oriental sea cruel, para no decir inhumano, y sus exigencias sean a todas luces excesivas, pero los resultados ya están a la vista. Mientras que, después de siglos de pobreza extrema, China ha logrado mejorar sustancialmente, en un lapso muy breve, el estándar de vida de centenares de millones de personas y está en vías de erigirse en una gran potencia mundial, la Argentina ha perdido tanto terreno que hasta los nacionalistas se han resignado a que sea el socio menor del Brasil a pesar de contar con recursos materiales y humanos que, en buena lógica, deberían permitirle aspirar a un lugar internacional equiparable con los ocupados por Canadá o Australia. Aunque, merced a la productividad del campo –y las necesidades crecientes de China–, hemos disfrutado de algunos años de expansión macroeconómica excepcional, las etapas próximas dependerán del uso que hagamos de nuestro recurso más valioso, la capacidad intelectual de los habitantes del país, pero puesto que tantos son contrarios a cualquier esfuerzo en tal sentido, por ahora lo más probable es que optemos colectivamente por desaprovecharla.

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