La Triple A y el exilio de un científico
Hace pocos días se entregaron los "Premios Sadosky a la inteligencia argentina aplicada a la industria". Manuel Sadosky expresó el presidente de la Cámara de Software y Servicios Informáticos "simboliza los cimientos con los que debe construirse una nación fuerte".
Don Manuel anotaba todo con su caligrafía diminuta en libretas como de almacenero. Esas notas nos sirven ahora mezcladas con recuerdos personales para pautar una etapa de la vida del matemático que, como la de muchos científicos que en aquel tiempo debieron exiliarse, se relaciona con instancias de la vida nacional a las que retrotrae la nueva judicialidad de la «Triple A», aquella organización criminal que asoló al país.
Así leemos que en 1970 lo apasiona «Rayuela» de Julio Cortázar, se produce el secuestro de Aramburu, la caída de Onganía, la asunción de Levingston. En 1971 hacen presidente a Lanusse, él desayuna con Cortázar y se indigna con una declaración de Zardini, el decano derechista de Exactas. Para 1973 anota que llega la paz en Vietnam, asume Cámpora, muere el primer matemático de la UBA, Juan Blaquier, cena con Darcy Ribeiro, con Illia, con Bernardo Grispun. Regresa Perón, retoma el poder y muere dejando a su mujer como presidenta. Puiggros es designado rector de la UBA, asesinan a Mor Roig y aparece Ottalagano en la Universidad, mientras Puiggros pide asilo en la Embajada de México. La «Triple A» asesina a Silvio Frondizi y a su yerno, quienes son incluso arrastrados por la calle. Hay muchos más asesinatos, innumerables y espantosos. Cunde el miedo. Comenta algo así como que la gente tiene que detenerse, alelada e incrédula, ante el paso raudo de autos oficiales llenos de individuos eufóricos que sacan como estandartes armas largas por las ventanillas. ¡La patria de Sarmiento!, se horroriza…
Aquí dejamos por un momento las libretas y recurrimos a conversaciones personales de hace años. Contaba don Manuel que unos días antes de que asumiera Perón hacia fines del año 1973 hubo un operativo de allanamiento a las viviendas de cuatro profesores de su facultad, pero que la Policía sólo pudo detener a dos de ellos: al geólogo Amílcar Herrera y al físico Juan José Giambiaggi. A Carlos Varsavsky (primo de Oscar, el matemático) no lo encontraron y a su propio departamento de la calle Paraguay donde Sadosky vivió hasta su muerte no llegaron, porque el portero, alertado, los convenció de que no había nadie. A los cuatro se los acusaba de una conspiración internacional, de un supuesto complot para vender secretos atómicos argentinos a una potencia extranjera. A Herrera y a Giambiaggi los apremiaron con esa historia en largos interrogatorios. El presentó un recurso de amparo por sus colegas: la policía negó todo y el juez, desestimando el ruego, le impuso al peticionante una multa alevosa. Fue entonces cuando decidió irse «porque no se puede vivir en un país que no tiene jueces». Partió desde Ezeiza el 4 de octubre de 1974.
Ya en el exterior, la Unesco lo contrató para que analizara cuestiones educativas en Colombia. Todavía seguía pensando en regresar al país, ilusionado con la promesa de Varsavsky de conseguir garantías del gobierno por intermedio de Gelbard (que era ministro de Economía y a quien le había hablado sobre lo que ocurría con los científicos), cuando recibió una oferta de la Universidad Central de Venezuela un país donde vivían, hacía ya muchos años, universitarios destacados como Angel Rosenblat y Manuel Bemporad y finalmente la aceptó.
Volvemos a una de las libretas: desciframos que el presidente venezolano Pérez quería volcar los abundantes petrodólares de entonces en la educación y con ese fin constituía la Fundación Ayacucho. Sadosky es nombrado asesor y pasa cinco años trabajando en el Cendes, el Centro de Estudios del Desarrollo. Frecuentes reuniones con el profesor Rosenblat, ilustre director del Instituto Andrés Bello, y casi a diario la visita de Rodolfo Terragno, un hombre que anotaba todo. Del relato de estas charlas se evidencia el creciente interés de Manuel en la política de ciencia y técnica. Celebra también la presencia y la charla amenísima de Tomás Eloy Martínez, quien está escribiendo «La novela de Perón» en la cocina del fondo, porque allí está tranquilo. Sadosky recibe asilados y ex alumnos argentinos que buscan trabajo, realiza gestiones con los amigos, en los ministerios y la universidad. Hay muchos éxitos y algunos fracasos. Aquel país caribeño fue generoso con los argentinos.
Para cerrar, dejamos los minuciosos palimpsestos y retornamos a las palabras del maestro y amigo.
Una periodista que nos ha prometido el libro, Laura Rozenberg, le preguntó en cierta ocasión al doctor Sadosky cómo se vivían en el exilio las noticias terribles que llegaban por aquellos años de la Argentina: los crímenes de la derecha y la izquierda peronistas y los de los militares del Proceso, que no hicieron otra cosa (a despecho de la ilusión de la gente) que sustituir y multiplicar la ignominia de la «Triple A». Sus respuestas fueron las de un maestro, un sabio y un hombre bueno. «Con mucha angustia», contestó. «Todo era muy perturbador. No estábamos de acuerdo con los que hacían locuras y mucho menos con los represores. Esa sensación de no estar con nadie era desoladora. Lo más triste era sentir que no teníamos en quién apoyarnos, porque ningún partido tomaba con coraje la cuestión. En 1975 un economista compatriota me había dicho: 'La solución se llama Videla'. Y yo pensé que el mundo estaba loco».
HECTOR CIAPUSCIO (*)
Especial para «Río Negro»
(*) Doctor en Filosofía.