La victoria de los periodistas tunecinos
Túnez, recordemos, es el país donde primero se manifestó y triunfó la llamada primavera árabe, haciendo caer al autoritario –y corrupto– régimen del expresidente Zine Ben Ali con la presión insostenible de una enorme manifestación callejera que, espontáneamente, expresó su disconformidad con el autoritarismo, forzando el alejamiento del mencionado Ben Ali. Los militares se negaron a reprimirla y Ben Ali “fue”. Todavía en una etapa de transición, el país mediterráneo es ahora gobernado por una coalición de partidos encabezada por un partido islámico moderado denominado Ennahda, con alguna cercanía ideológica con la Hermandad Musulmana. Con la picardía y los disfraces propios de todos aquellos que pretenden restringir arteramente la libertad de prensa para instalar su propio discurso y silenciar a los demás, Ennahda decidió de pronto suspender la vigencia de dos decretos recientes, de noviembre del 2011, que habían sido dictados por el presidente interino Fouad Mebazza. Se trataba de los decretos 115, que protegía las fuentes de información de los periodistas y prohibía las restricciones a la circulación de la información en el país, y 116, que regulaba la libertad de expresión en los medios audiovisuales. Para las autoridades ellos eran “insuficientes” y “mejorables”, por ello el recurso a su suspensión, para –pretendidamente– poder “mejorarlos”, dejándolos sin vigencia, supuestamente, por un breve lapso de tiempo. Una artimaña clásica. Esto provocó una huelga de todo el periodismo tunecino. Unido, esto es tanto de quienes trabajan en los medios públicos o de propiedad del Estado como de los que se desempeñan en los medios privados, es decir, los independientes. Todos pararon unidos en defensa de la libertad de expresión e información, enfatizando que ella no es una garantía sólo para el periodismo sino –en todo caso– para todo el pueblo tunecino, atento a que una vez que es dejada de lado todas las demás libertades esenciales quedan inmediatamente en riesgo absoluto. El gobierno cedió ante la fuerza de la huelga y puso nuevamente en vigor los decretos suspendidos. La victoria de los periodistas fue recibida con aplausos y algún alivio por la gente. Como debe ser. Sólo no se logró obtener respuesta favorable al reclamo adicional de que se removieran los recién nombrados directivos de los medios públicos, vergonzosamente sumisos al gobierno, para ser reemplazados por personas realmente independientes. Allí Ennahda no cedió. Típico. Pero, asegurada que fuera la subsistencia de los medios privados libres e independientes, el reclamo no era tan urgente como el referido a los decretos que habían sido “suspendidos” en su vigencia. Triunfó claramente la libertad, lo que debe celebrarse. Particularmente en un país como el nuestro, en el que ella está lamentable y gravemente amenazada cada vez más, problema que nos afecta directamente a todos. Mientras, lo único que crece –descaradamente– es el monopolio real: el gigantesco “multimedio” oficial, que funciona con el dinero de todos estafando la buena fe de nuestro pueblo como si fuera incapaz de advertir la gravedad de lo que enfrenta. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
EMILIO J. CÁRDENAS (*)