Las fronteras de la heterofobia
MARTÍN LOZADA (*)
La organización llamada “Madres en busca de sus hijos” estima que unos 70.000 migrantes centroamericanos han desaparecido en México durante los últimos seis años, luego de partir desde sus hogares en Honduras, El Salvador, Nicaragua y Guatemala con destino a Estados Unidos de América. De todos ellos hay tan sólo 1.200 que se encuentran identificados mediante actas de nacimiento, fotografías y otros datos. De las restantes 68.000 personas no existen registros que permitan dar con sus paraderos. La organización ha iniciado una caravana con el objeto de lograr que México modifique la política migratoria que obliga a los migrantes a tomar rutas peligrosas para llegar hasta el norte. Otro objetivo es ayudar a las madres a hallar a sus hijos que quedaron en el camino, afectados por las leyes mexicanas, la violencia organizada y la guerra contra el narcotráfico. Su tránsito desesperado a través de las fronteras centroamericanas interpela, respecto de los procesos de reducción de daños, a implementar no sólo para sortear las migraciones masivas, sino también para evitar que las organizaciones criminales de la región se beneficien con políticas que hacen de miles de seres humanos un lucrativo coto de caza. A la cuestión migratoria le subyace un fenómeno de compleja dimensión psicológica. En la medida en que la ajenidad y el extrañamiento de los grupos móviles de la sociedad son identificados como un problema que no es vivenciado como propio, sino como de terceros, pues entonces la deriva de la indiferencia y de la falta de respuestas sociales comienza a profundizar los perjuicios del distanciamiento. Basta tan sólo recordar que, como sostuvo el filósofo Fernando Savater en un artículo de 1993, todos los grupos humanos provenimos de innumerables hibridaciones a partir de un remoto monogenismo primordial dispersado por causas medioambientales. Hibridaciones múltiples que convierten cualquier proclamación de pureza en un vasto mar de vaguedades. De modo que la heterofobia, es decir la desconfianza, el miedo y hasta el odio contra los que no pertenecen a nuestro grupo, hunde sus raíces en mecanismos atávicos de socialización, cuando la pertenencia al grupo implicaba ante todo hostilidad frente a quienes no eran de la tribu o no eran como los de la tribu debían ser. Zygmunt Bauman identifica a la heterofobia con la angustia que provoca la sensación de no controlar una situación y no poder, por lo tanto, condicionarla ni tampoco prever las consecuencias de las propias acciones. Puede surgir como una objetivación ya sea real o irreal de esa angustia, la que siempre acaba encontrando un objeto al cual aferrarse. Se trataría de un fenómeno presente en todas las épocas y, más aún en la modernidad, donde abundan las experiencias “sin control” y donde resulta más plausible atribuirlas a la inoportuna interferencia de extraños. En este caso, a las poblaciones migrantes y a las víctimas de la ausencia de políticas sociales adecuadas en materia de contención territorial localizada. En contraposición, es necesario destacar que una de las notas más interesante de algunas de las sociedades actuales es el reconocimiento de la pluralidad de grupos y la autonomía de los individuos. Acaso aquellas que sean capaces de integrar el mayor número de diferencias dentro de los derechos reconocidos, de encontrar un marco homogéneo que permita la mayor heterogeneidad y de reconocer al máximo la autonomía de los individuos, resulten las más encomiables cuando de la promoción de los derechos humanos se trata. Tal como sostiene Savater, algunas de las sociedades democráticas de nuestros días representan un ejercicio político a contramano de lo que ha sido la constante milenaria en tribus, naciones y Estados. Ejercicio político que establece la comunidad en el desarraigo de los derechos que provenían de dioses, linaje o pertenencia territorial, y en su refundación como convención igualitaria respetuosa de la autonomía individual. Esa construcción antiheterófoba, aún muy lejos de su realización plena, puede presentarse como índice de progreso en la cruel historia de las colectividades humanas. Entenderlo como tal, sobre la base de políticas públicas que conciban al migrante como un producto de estructuras sociales devastadas, puede ser parte de un proceso de reducción de daños destinado a paliar el drama de miles de seres humanos en la región. (*) Juez Penal. Catedrático Unesco