Las sillas vacías
La peña
Jorge Vergara jvergara@rionegro.com.ar
Era sagrado, indiscutible. La cabecera era del abuelo, la otra cabecera para alguien que se considerara importante dentro de la familia. Así se distribuía la mesa en tiempos de festejos familiares grandes. Cuando estábamos todos, cada uno sabía dónde sentarse. La abuela de un lado, el abuelo en la cabecera y así íbamos armando el escenario. Los chicos a la mesa de los chicos, pero cuando se llegaba a adolescente se producía el cambio automáticamente, con lo cual la mesa principal tenía que crecer año tras año. No estábamos cómodos cuando con trece años nos hacían compartir la mesa con los niños de tres años en adelante. Es esa edad donde uno no encaja ni en una ni en otra mesa. Lo cierto es que pude ver a lo largo de los años cómo los lugares se quedaban vacíos. El abuelo fue el primero en partir y su lugar quedó sólo con su silla, Nadie quiso ocuparlo, cada Navidad o Año Nuevo esa silla estaba vacía. ¿Quién podría ocupar su lugar con lo que significó para nosotros?. Después una tía y así se fue dando sin pausa, porque la vida es eso, una constante sucesión de hechos y acontecimientos tan dinámicos que parecieran llevarnos por delante. Mis padres decidieron mudarse al final de los setenta y eso provocó un vacío enorme. Éramos parte de una familia grande y la mudanza implicó que también un tío se mudara. Entre una y otra familia partimos una decena de personas, las mismas que dejaron sus lugares vacíos en cada encuentro familiar. Me contaron que la primera Navidad con la mesa reducida fue muy triste, pero ese mismo año volvimos para el Año Nuevo y la mesa volvió a cobrar forma. Comidas compartidas, abrazos multiplicados, lágrimas y el brindis inevitable. Pero la silla del abuelo, cuya ausencia llevaba años, seguía sin que nadie la ocupara. Esa misma noche me dio la sensación de que aunque supieran que no era posible, todos esperaban que el abuelo alguna vez regresara. La gran familia, enorme, con muchos hijos y nietos y bisnietos se fue distanciando más por reales distancias geográficas que por diferencias de pensamientos. Y las mesas cobraron vida de nuevo, en otros horizontes, en una geografía nueva, donde los niños, como éramos pocos, no tenían que ir a la mesa de los niños. Pero la vida y sus caprichos nos fue dejando solos. Se fue mi madre, después mi padre y sus lugares no pudimos ocuparlos nosotros. Entendí que esas ausencias son tan enormes que resulta imposible ocupar sus lugares, aunque alguien se siente en esas mismas sillas. Los lugares se ocupan por peso propio, por desempeños, por roles que fueron desplegando a lo largo de sus vidas. Por eso mismo nadie podría ocupar lugares. E imaginariamente pensé en lo que sería la mesa navideña si todos los que pasaron por la familia desde mi infancia aún estuvieran. Lógicamente pondría al abuelo en la cabecera, a mi abuela a uno de los costados, mi madre, mi padre, tíos, tías, primos y primas. Pero el árbol creció tanto que se necesitaría una mesa para nietos otra para bisnietos y tal vez una para sobrinos. Claro, la casa hubiera quedado chica y esa gran mesa que se desplegaba en cada fiesta estaría desbordada. No faltaría el asado de mi padre, el vino y el fernet del abuelo, habría tarteletas de mi tía, empanadas de otra de ellas, el postre de vainillas que se parece al tiramisú actual y por supuesto turrones de todo tipo y dureza para compartir. El escenario es sólo un recordatorio, pero sirve para renovar afectos entre los que están, pero también para recordar y tener siempre presentes a los que por una u otra razón dejaron sus lugares. Salud y feliz Navidad, que simplemente eso sirva para el abrazo posible y para liberar las lágrimas contenidas. Será el momento oportuno.
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