María José Melendo: el arte de narrar el duelo desde la memoria y las ruinas del pasado
La escritora, docente e investigadora roquense María José Melendo publica “El día que empezaba el verano”, un libro de memorias donde las fotografías, los objetos y los paisajes de la infancia se convierten en una reflexión sobre la orfandad, la maternidad y el paso del tiempo.
“Se es huérfano de muchas maneras”, escribe María José Melendo en “El día que empezaba el verano”, publicado por Enero editorial. Habla de ella, de sus hermanos, de su vida, pero no como autobiografía cerrada en su propia historia sino como una manera de repensar y universalizar lo que se pierde, lo que no está y lo que queda. Lo que hace es convertir fotografías, objetos, flores, recetas y pequeños gestos cotidianos en los materiales de una memoria que parece truncada. El libro parte de una pérdida decisiva -la muerte de sus padres en un accidente automovilístico cuando era niña-, pero no se instala en el lamento ni en la victimización. Explora cómo una vida -casi todas- se reconstruye a partir de restos: una imagen, un perfume, una casa demolida, un ramo de flores o una sartén heredada.
Nacida en General Roca, Melendo es docente, licenciada y doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires e investigadora especializada en memoria y pasados traumáticos. Durante la pandemia encontró un territorio inesperado: la escritura autobiográfica. El resultado es un libro íntimo y contenido que piensa la orfandad, la maternidad y el paso del tiempo, pero también la capacidad edificante de la memoria y de la literatura.

En esta conversación, la autora habla sobre el origen del libro, de las fotografías familiares, las ruinas, los objetos y el modo en que la escritura se convirtió en una forma de volver sobre el pasado y de pensar el presente.
–¿Por qué escribiste este libro?
-En realidad, la pregunta por qué remite también al cuándo. El libro nació durante el Covid. El encierro me permitió involucrarme con formas de escritura que me eran completamente desconocidas. Yo soy docente e investigadora y el formato de escritura académica es muy distinto. Empecé a hacer talleres virtuales de escritura y me gustó esa sensación de desprotección que produce entrar en un universo nuevo. Me costaba, pero también me gustaba asumir el desafío de escribir y, sobre todo, de reescribir, de darle espacio al texto para que cambiara a medida que lo seguía editando.
-Pensé que el libro había nacido del encuentro con las fotografías familiares.
-Fue al revés. Primero fue la escritura y fueron precisamente los ejercicios de escritura los que me llevaron a hurgar en el tiempo, en el pasado y en la memoria de mi propia infancia y adolescencia.
-¿Y qué fue lo que te hizo volver sobre la orfandad?
-Hubo una circunstancia concreta. En 2024 mi hija mayor terminaba el secundario y se iba a estudiar a otra provincia. Mi familia iba a experimentar un cambio inédito y eso me hizo pensar mucho en la maternidad y en la idea de balance. Mirarme siendo madre me enfrentó a mis propios vacíos en relación con la orfandad. Ahora, retrospectivamente, pienso que muchas decisiones que tomé antes, incluso las vinculadas con mis investigaciones sobre la memoria y los pasados traumáticos, también estaban relacionadas con esa experiencia, aunque en ese momento no estableciera la conexión.
-¿Qué relación encontrás entre ese trabajo académico y este libro tan íntimo?
-El foco es el mismo. Yo analizaba artistas que trabajaban con pequeñas memorias, con indicios, con documentos y archivos. Siempre lo que tenemos del pasado es una reconstrucción, una ruina. En una memoria biográfica puede ser una fotografía; en el caso de una vida, pueden ser los objetos. Los objetos tienen una enorme capacidad para crear memorias o disparar recuerdos. Y además son intransferibles. Una vasija de tu tía puede estar llena de sentido para vos, pero para otra persona no significa nada.
-En el libro las ruinas tienen una presencia muy fuerte.
-Sí, porque las ruinas muestran el devenir, lo que una vida es en su transcurrir. Me parece que uno resignifica permanentemente las cosas que le pasaron, incluso las más dolorosas. La referencia a la casa de un familiar mío donde yo transcurrí mucho tiempo, y que también era una fachada muy icónica de nuestra ciudad, mostró, con su destrucción, la capacidad edificante que tiene la ruina. En este caso, yo recibí una escultura con fragmentos de calcáreos de esa casa que solamente tienen sentido para mí. Me parece que hay otros momentos en el libro que hablan de la misma idea, hay cierta circularidad en la condición dialéctica de la vida. Hay dolor, pero también hay momentos de plenitud y de bienestar, como le ocurre a cualquier persona que está observando su vida vivida.
-Hay una sola foto en la que aparecen tus padres y los cuatro hermanos juntos. Esa imagen parece condensar todo el libro.
Independientemente de que vivimos en otra generación, y de que yo nací en una época analógica, donde las fotos tenían otras condiciones de producción, porque no teníamos fotos de lo ordinario – como ocurre con nuestros celulares, que sacamos fotos a todo- sino solo de momentos extraordinarios, lo que me pasó es que reparé que solamente hay una foto de mi mamá, mi papá y mis hermanos. Y esa única foto da cuenta de todo lo que perdí. Es como una imagen símbolo.
-Además de la memoria visual, en el libro aparece la memoria olfativa, la memoria sensorial
-Me parece que hay algo vinculado con la infancia que remite de una manera muy poderosa a los olores, a ciertas luces y a determinadas atmósferas. Y lo interesante es que no es algo privado. Cualquier persona tiene su propio catálogo sensorial asociado a la infancia, al verano, a lo que comían, a lo que cocinaban en su casa en determinados momentos. Con la intención de construir narrativas que me trasciendan, que no tengan que ver con el dato biográfico puro de lo que me pasó a mí, sino de transformarlo en literatura, traté de acentuar la acción de memoria en relación con la potencia de esas imágenes que no son son visuales. Hay algo relacionado con las flores, incluso hay dos libros que me inspiraron mucho en relación con extraer ciertas retóricas: el de Inés Ulanowsky, “La foto”, donde ella parte de un relato, una foto, y “Los Llanos”, de Federico Falco, que transita un duelo a través de los ciclos de la naturaleza. En la casa de esta familia que fue tan importante para mí, había una hortencia, que Malú, que era la dueña de esa casa, cuidaba muchísimo. Me pareció una metáfora de los ciclos de la naturaleza. En este caso nosotros, el nieto de Malú y yo, sacamos la planta de la casa antes de que la demolieran, y la hortensia sobrevivió en el patio de la mía. Me parece que es una metáfora de lo que es la vida en su devenir, son un sinfín de circunstancias que te hacen experimentar dolor, felicidad, plenitud, vida, muerte, todo en una misma vida.
-El libro trata un tema muy doloroso y, sin embargo, nunca cae en la victimización.
-Yo quería escribir un duelo. Y traté de seguir el camino de las narrativas que me gustaban sobre estos temas: el duelo, la fotografía, el paso del tiempo. Todo lo que escribí ocurrió, pero hay un punto de vista literario en el relato de esa memoria.
-¿La escritura ayudó a tramitar ese duelo?
-Creo que la escritura es un ensayo muy poderoso. Es un intento de poner en palabras y también en imágenes determinadas experiencias. En mi caso, la posibilidad de anteponer una imagen literaria a un recuerdo me permitió atravesar ese dolor. Además, vi la potencia que tiene la literatura para tratar de poner en palabras momentos extraordinarios y momentos dolorosos.
-El libro parece hablar del pasado, pero también del presente.
-Sí, es un libro sobre el pasado y sobre un momento decisivo y doloroso, pero también es un libro sobre el presente, sobre la maternidad y sobre todas las vidas que habitan una vida. Cuando recibí el primer informe de lectura, alguien habló de la condición edificante de la escritura y sentí que eso era precisamente lo que había intentado hacer porque la vida sigue ocurriendo. Hay dolor, pero también hay momentos de plenitud, de bienestar, de crecimiento. Todo eso convive en una misma vida.
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