Una década con Lucia Berlin: la perfecta desconocida que se transformó en un boom

Se cumplen diez años de la publicación de "Manual para mujeres de limpieza", un hecho que confirma el lugar de una autora imprescindible y de un libro feroz que se volvió un fenómeno de lectura.

Ocurrió hace exactamente diez años: marzo de 2016. Fue como un fenómeno de la naturaleza, uno de esos que no se preveen y de repente arrasan con todo. Hasta esa fecha, nadie había leído nada de Lucia Berlin, una mujer que además, había muerto en 2004. Pero entonces, se editó por primera vez en castellano “Manual para mujeres de limpieza” y la perfecta desconocida se transformó en un boom: 43 cuentos políticamente incorrectos, que rezuman deseo, aventuras, alcohol y desgracias, sin perder el ingenio ni el filo.


Publicado por Alfaguara, el libro sigue siendo un punto de inflexión: no solo por el descubrimiento tan merecido como tardío de una autora formidable, sino por esos relatos en los que la prosa eléctrica y punzante de Berlin “se abre camino a zarpazos en el papel”, como dice Lydia Davis en el prólogo; un estilo que hizo que el mundo entero se enamorase de la mujer que recordaba a Ernest Hemingway, a Raymond Carver, pero que era sobre todo, ella misma.

Lucia Berlin trabajó siempre historias verdaderas; no necesariamente autobiográficas, pero por poco. Ese “por poco”, entre la memoria y su reescritura, algo que hoy llamaríamos autoficción, era algo natural para ella. Lo hacía sin etiquetas, sin saber que existiría una.

El redescubrimiento de Berlin le debe mucho a la propia Davis, escritora de la impecable “El final de la historia” y una de esas lectoras que siempre están a la caza de nuevas o viejas voces. Cuando le preguntaron si conocía a alguna cuentista cuya obra no hubiera recibido el trato que merecía, respondió sin vacilar: “Por supuesto, Lucia Berlin”. Ese reconocimiento abrió una puerta largamente postergada.

En 2015, “Manual para mujeres de la limpieza” se publicó en Estados Unidos; un año después, llegó a la Argentina y se convirtió en un éxito inesperado: cientos de miles de ejemplares vendidos para un libro, sostenido por la fuerza de una voz inteligente que parecía recién estrenada.

La materia de esos cuentos es una vida intensa, marcada por mudanzas constantes, trabajos precarios y geografías que se superponen. Alaska (donde nació), los campamentos mineros, El Paso, Santiago de Chile, México, Arizona, Nueva York: cada desplazamiento deja una huella. Sus hijos -tuvo cuatro- recuerdan que se mudaban “cada nueve meses”. Pero esa inestabilidad ilumina lo íntimo y lo social al mismo tiempo. En esos relatos aparece una mujer con cuatro hijos que trabaja como puede -empleada doméstica, enfermera en Urgencias, recepcionista, telefonista, profesora-, pero nunca como figura ejemplar ni víctima. Ella le pone lucidez a lo cotidiano.

Ahí está por ejemplo “Mi jockey”, donde la narradora observa el derrumbe físico y moral de un jinete adicto, con una mezcla de compasión y distancia. O “Punto de vista”, donde una niña, en Santiago, registra, con una precisión fotográfica, la vida en un colegio católico y la tensión política que se filtra por las rendijas de la infancia. Berlin deja que la escena hable, que el detalle -un uniforme, un olor- revele lo que la memoria retiene y lo que la ficción reorganiza.


También están los cuentos donde la maternidad y el trabajo se cruzan sin idealización, como el cuento que da título al libro y en el que la narradora limpia casas ajenas mientras intenta sostener la suya. En todos ellos aparece ese pulso tan suyo: contar sin embellecer, pero con una ternura feroz hacia quienes sobreviven como pueden.

Muchos antes de esa explosión, Lucia Berlin (1936-2004), tuvo una vida inquierta: Brown de soltera, vivió en Alaska, Idaho, Montana, Arizona, Texas, Santiago de Chile (donde aprendió el español), Nuevo México, Nueva York, México, California y Colorado. Publicó seis libros de cuentos que se nutrieron de sus experiencias personales (del primer cigarrillo de su vida que le encendió el príncipe Ali Khan en una fiesta en Santiago a las clínicas de rehabilitación en las que intentó dejar de beber hasta lograrlo a fines de los 80), pero hasta el boom de «Manual para mujeres de la limpieza», el mundo la desconocía.

Lo de 2016 consolidó un reconocimiento que le había sido esquivo. Pedro Almodóvar llegó a comprar los derechos para transformar los relatos en una película. ¿Fue redescubierta tarde? Puede ser. Pero ahí está esa voz implacable y tierna a la vez, inteligente, salvaje y aguda, haciendo de lo doméstico pura literatura, inolvidable.


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