Libros, el negocio y las trabas suspendidas
Millones de libros se importan desde el exterior.
Matías Subat
Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar
La historia del libro, como objeto de consumo, está atravesada por el dolor y la carencia. Dolor porque con sangre se defendió tradicionalmente la letra (las letras sagrada, las apócrifas, las blasfemas), y carencia, porque nunca hubo suficientes libros para todos. En el siglo XXI, y en un sentido en cierto modo poético, los libros continúan siendo objetos de lujo. Que los países impongan trabas a su libre circulación (como si se tratara de batidoras chinas) no es nuevo ni tampoco tan extraño. Si uno, por ejemplo, pretende entrar a Chile en sus vacaciones con una parva de libros (supongamos 20) para leer junto a la pileta del resort, “y” en el cruce de fronteras el encargado de aduanas lo detecta, lo más probable es que nos obligue a pagar una serie de impuestos que sumarán en total algo así como el 25% sobre el valor del libro indicado en la factura (en caso de llevarla justo en el bolsillo) o declarado, bajo juramento, por el propietario de los productos en cuestión. Una locura. Si. Y no. En el fondo, las curiosas trabas, ya suspendidas, al ingreso de material importado cultural constituyen una forma de presión a la industria editorial para que comprometa los procesos de impresión en el país en el cual los vende y, claro, escupa menos dólares al exterior. Según la Cámara Argentina de Publicaciones de los 134 millones de libros que se vendían en el país hasta septiembre de 2011 los impresos en el mercado local fueron 88 millones (66%) y los producidos en la Argentina, pero impresos en el exterior fueron 22 millones (16%). Durante esos meses los libros hechos en el extranjero fueron 24 millones (18%). Desde hace años que los lectores en la Argentina vienen sufriendo las inclemencias del euro contra la devaluación del peso nacional. Hubo un tiempo en que las colecciones de Anagrama y Tusquets se transformaron en aventuras imposibles. Irracionales. “¿Es que vienen en euros?”, nos decían con el rostro compungido los libreros cuando nos indicaban precios de miedo. Ha sido el valor de la moneda extranjera versus la nuestra el verdadero filtro para el ingreso de libros al país. La respuesta a esta coyuntura fue la radicación de algunas empresas editoriales españolas en el país. Básicamente pusieron una oficina de representación y comenzaron a imprimir acá. El valor en mesa de sus libros, desde entonces se ha vuelto más razonable. Lo irónico es que no pocas veces editoriales con tradición nacional como Sudamericana (hoy del sello Random House Mondadori) suelen exhibir precios más onerosos que el de sus competidoras foráneas. Otra historia. Ahora bien, de haberse implementado, cosa que finalmente no ocurrió, algún tipo de traba arbitraria a las pequeñas tiradas (aquellas que nos permiten acceder a cualquier libro y en cualquier momento), habría sido un hecho injusto y poco redituable. Los estudiosos y fanáticos de las revistas especializadas debían estar comiéndose las uñas y con fundamento. Una parte de la seducción de las publicaciones extranjeras (“Nature”, “Vanity Fair”, “Wallpaper”), tiene relación su atractivo físico. Sin embargo, la información en la era de internet circula bastante libremente. Siempre podrá escaparle el conocimiento a las barreras impositivas por descabelladas que estas resulten.