Línea Sur: oro ¿progreso o calamidad?

Por Reinaldo Agosteguis (*)

Por Redacción

Cuenta la tradición oral que al desembarcar Hernán Cortés en el golfo de México, fue recibido por Moctezuma con todos los honores, en la creencia del mito del regreso del dios Quetzalcoatl, y así el emperador y su séquito vestidos con finos ropajes y adornados con ricas plumas y joyas agasajaron al visitante con oro, plata y piedras preciosas. Impresionado Cortés, preguntó a través de su intérprete «la Malinche» sobre el origen de esos metales que brillan como el sol y, ante la insistencia del mismo, Moctezuma preguntó el porqué de tanto interés, respondiéndole el presunto dios que los españoles sufren de una enfermedad que sólo el oro puede curar.

De este modo se desconstruyó y construyó nuestra historia y parecería que, a pesar de cambios en las formas y las estrategias, seguimos padeciendo las mismas calamidades cuando no asomamos al siglo XXI.

Hermosa y al mismo tiempo triste metáfora, también aplicable a nuestro tiempo histórico y al espacio que habitamos, la provincia de Río Negro, territorio de inconmensurables riquezas humanas, paisajísticas y materiales y por qué no señalar también territorio de acentuadas contradicciones y desencuentros.

En el núcleo de la leyenda mencionada se encuentra la codicia, y que entre otras acepciones es sinónimo de rapacidad, avaricia, avidez y antónimo de generosidad y desprendimiento. La podríamos definir como el deseo exagerado de poseer riquezas, dinero u otras cosas sin reparar en los medios. Todo ello nos va dando una idea de cuáles son sus consecuencias.

De todos modos debemos reconocer a la codicia como condición intrínseca de la naturaleza humana, pero que en algunas circunstancias es exaltada o se pondera en grados superlativos, lo cual nos conduce a preguntarnos si acaso algunos de los valores que sustenta Occidente, llamado «mundo capitalista», no están apoyados en este «valor» entre otros dirigidos a mantener la hegemonía económica – política y cultural de los países ricos, en detrimento de los países pobres, es decir nuestro país y consecuentemente no reparar o ser insensibles a las consecuencias que de ello se deriva, originando a su vez una situación de dependencia.

El paradigma del progreso surge con el proyecto de la modernidad en el siglo XIX, recorre todo el S. XX y se construye con discursos que generan la ideología del progreso, vigente en nuestros días, y constituye una herramienta muy eficaz para justificar políticas y acciones insensatas.

En nombre del progreso se viola a la naturaleza, los hombres y la cultura.

Saqueo, quizá sea el término y concepto al mismo tiempo para definir las actitudes del fundamentalismo de mercado que no repara en formas ni en métodos para lograr sus fines, tan propias de nuestro tiempo posmodermo, lo cual no debe sorprendernos, pero debemos recordar que las luchas más difíciles son las que libran los pueblos consigo mismo, sobre todo teniendo en cuenta que algunos afirman que todavía sigue vigente la «maldición de la Malinche».

La presente reflexión nos conduce inevitablemente a la siguiente pregunta: ¿qué queremos ser como hombres y comunidad? y de este modo hacer una elección sobre nuestro futuro como sociedad, sin olvidar que la heredarán nuestros hijos y que debe necesariamente estar integrada en forma armónica a un soporte físico-histórico-cultural que le otorgue identidad, único camino posible para desarrollarnos en todos los planos, evitando los falsos reflejos de ese metal que brilla como el sol, pero que no es el sol.