Lo que Diego nos dejó
Neuquén
Muere Diego, nace una leyenda. Como cualquiera en este planeta, me sentí conmovida. Me dio una profunda tristeza la muerte de un ser humano tan especial y volví a encontrarme con la aterradora idea de que no importa lo poderoso, lo hábil, lo mediático, lo querido… la muerte inexorablemente nos sorprende por igual. Al igual que el Covid, la muerte no discrimina.
Entonces, ¿cómo entendemos que después de ocho meses de cuarentena estricta hasta lo absurdo, se permita un homenaje (sin dudas merecido) que implicó la circulación de miles de personas y la ruptura de todos los protocolos que hasta hoy eran estrictamente obligatorios?
¿Cómo se le explica al padre que tuvo que cargar en sus brazos una nena con una enfermedad oncológica, a la que no se la dejó pasar por no tener los papeles en orden, que a los hinchas no hacía falta exigirles ni papeles, ni hisopados, ni nada para entrar a la Casa Rosada?
¿Cómo se le explica al hijo, a la hermana, a la madre, al entrañable amigo que no pudo dar el último adiós a quien se despedía para siempre, que en el velorio y en el entierro de Maradona, en un súbito ataque de comprensión, sí se entendiera que miles de personas tenían derecho a vivir ese significativo momento sin tener en cuenta el riesgo del contagio?
¿Cómo se le explica a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, a los que les dijimos que hay que respetar las reglas porque se ponen para cuidarnos entre todos, que ante este acontecimiento ninguna de estas reglas merece ser respetada? ¿Cómo se promueve en los ciudadanos el respeto a la ley y a la autoridad si la incoherencia y la falta de sentido común de quienes la detentan nos hace perderles el respeto?
Si algo dejó al descubierto la muerte de este ídolo es que, mientras existe gente para las que todo vale, todo está permitido, a otros se les negó el abrazo, el último adiós, se les impidió la circulación y se les suspendió el derecho a trabajar, a educarse y a manifestarse.
Hay un antes y un después de la muerte de Diego, es un momento bisagra y es necesario ponernos a pensar. ¿Es posible después del desmadre que se produjo seguir prohibiendo una reunión familiar, prohibir la práctica de un deporte, impedir que la gente salga a trabajar? ¿Se pueden seguir imponiendo restricciones a una sociedad que soportó la cuarentena más larga del mundo bajo las más graves amenazas, después de permitir semejante descontrol?
Ojalá podamos recuperar la cordura, poner en orden nuestras prioridades y volver a cuidarnos desde el sentido común. Ojalá utilicemos nuestra inteligencia y podamos aprovechar esta crisis (que no terminó) como una oportunidad para aprender y crecer como sociedad.
Carina Fernández de Bácsay
Neuquén
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