Los años felices de Osvaldo Soriano en Cipolletti

Anécdotas y fotos de uno de sus amigos.





El escritor argentino Osvaldo Soriano vivió en la ciudad de Cipolletti entre 1956 y 1959, en la calle Mengelle y 9 de Julio, donde actualmente está la empresa Aguas Rionegrinas. Su padre era inspector de Obras Sanitarias de la Nación y en función de su cargo periódicamente era trasladado por diferentes zonas del país. Así es como la familia también pasó parte de su vida en ciudades como San Luis, Río Cuarto o Tandil. Osvaldo era oriundo de Mar del Plata, lugar donde había nacido el 6 de enero de 1943; a los 54 años murió en Buenos Aires un 29 de enero de 1997. Vivió poco más de tres años en nuestra ciudad y cursó estudios en la Escuela Industrial de la Nación ubicada en la calle Láinez, en Neuquén; cuando iba a ingresar a 4º año su padre fue transferido por segunda vez a Tandil. Trabajó como periodista en las revistas “Primera Plana”, “Panorama” y “Confirmado” y en los diarios “El Eco de Tandil”, “Noticias”, “El Cronista”, “Página/12” y “La Opinión”. También fue corresponsal de “Il Manifesto” de Roma, colaboró en “El País” de Madrid y en “Le Monde” de París. “Triste, solitario y final” fue su primera novela que se editó en 1973, luego vendrían “No habrá más penas ni olvido” (1978), “Cuarteles de invierno” (1980), “A sus plantas rendido un león” (1986), “Una sombra ya pronto serás” (1990), “El ojo de la patria” (1992) y “La hora sin sombra” (1995). Escribió un libro para niños, “El negro de París” (1989), y cuatro recopilaciones de artículos y relatos tales como “Artistas, locos y criminales” (1984), “Rebeldes, soñadores y fugitivos” (1988), “Cuentos de los años felices” (1993), “Piratas, fantasmas y dinosaurios” (1996) y “Arqueros, ilusionistas y goleadores” (1998). Entre las películas filmadas con argumentos suyos se encuentran “Una mujer” (1975), “No habrá más penas ni olvido” (1983), “Cuarteles de invierno” o “Das autogramm” (1984), “Una sombra ya pronto serás” (1994), “El penal más largo del mundo” (2005), “El mundial olvidado” (2011). Hay también un documental titulado “Soriano” (2001). La pasión por el fútbol, y particularmente por el club San Lorenzo de Almagro, constituye uno de los rasgos que más destacan sus amigos. Cada vez que tenía a mano algo parecido a un micrófono se ponía a relatar un partido donde la estrella era ineludiblemente José Sanfilippo, (a) El Nene, máximo goleador de su equipo. El fútbol era practicado en su escuela y Soriano jugaba como centro delantero, de acuerdo con las características del armado deportivo de la época. Su fervor llegaba a tal punto que en una oportunidad le pidió a su madre que le tejiera una bufanda con los colores azulgrana. Bufanda que usaría durante todo el otoño e invierno patagónico no sólo para protegerse del frío sino y especialmente como emblema de su club. Cuando le preguntaban qué profesión quería para su futuro, siempre respondía: relator de fútbol. Años más tarde esa pasión se manifestaría también en su narrativa, de modo particular en la tercera parte de sus “Cuentos de los años felices” (1993) en los que dedica seis relatos a este deporte. En “El hijo de Butch Cassidy” narra una historia sobre el Mundial de Fútbol realizado en Barda del Medio en el año 1942, mientras se construía la represa sobre el río Neuquén. La misma fue llevada al cine en “El Mundial olvidado” y tuvo una gran repercusión en la Muestra de Venecia. La película narra con estilo documentalista la historia de ese supuesto campeonato de fútbol jugado en la Patagonia durante la Segunda Guerra Mundial y en el cual intervienen italianos, guaraníes, chilenos, argentinos, alemanes, mapuches, polacos, ingleses, españoles y franceses. Otro de sus cuentos futboleros es “El penal más largo del mundo” pateado en un partido teóricamente jugado entre dos equipos, uno de ellos era Estrella Polar de la ciudad de Allen; un club que ya no existe. Soriano era muchacho de jopo y gomina. Como Elvis Presley llevaba un peinado que le aseguraba mantener el pelo en su sitio pese a los rudos vientos sureños. Pero no era muchacho de rock, sino de bailes más lentos. Con César Iachetti se juntaban en el club Cipolletti para escuchar la orquesta de Los Ángeles de Perego que animaba los bailes de todo el Alto Valle. En algunas de sus vacaciones de verano trabajó como empleado en un galpón de empaque de frutas como romaneador. Otra de las aficiones de Osvaldo eran las películas de Oliver Hardy y Stan Laurel conocidos como el Gordo y el Flaco y que plasmaría en su primera novela. Entre los pasatiempos de Soriano estaba el de memorizar todas las marcas de los reloj pulsera de alta calidad. En 1958 su padre le compró una moto de marca Motom de 49 centímetros cúbicos, de color rojo. Con ella lo pasaba a buscar a su amigo Iachetti para recorrer el pueblo y visitar juntos a otros compañeros. En la escuela industrial formaba parte de una barra de amigos entre los que se encontraban Luis Soldera de Cinco Saltos, Ángel Romano de Vista Alegre y César Iachetti de Cipolletti. Las vacaciones de invierno comenzaban el 9 de julio de 1958. Los alumnos de “la industrial” realizaban trabajos que quedaban en la escuela y, a veces, sus autoridades los vendían para comprar equipamiento técnico. Se corrió el rumor de que en la homóloga de Plaza Huincul esos trabajos eran vendidos y el dinero repartido entre los alumnos que los realizaban. Por ejemplo cuando armaban un motor el dinero recaudado pasaba a los estudiantes. Esto entusiasmó al grupo y aprovechando el receso los cuatro decidieron viajar en ómnibus a esa localidad para entrevistarse con el director y obtener mayor información con el fin de aplicarlo en Neuquén. Fue así que el 10 de julio se subieron al primer ómnibus de la compañía El Valle que partía hacia Zapala y descendieron de Huincul. Grande sería su sorpresa al comprobar que la escuela estaba tan cerrada como la de Neuquén como consecuencia de las vacaciones que se otorgaban de manera uniforme en todo el país y en el mismo período. Y por más que buscaron al director o a otros profesores no encontraron a nadie. Ya resignados decidieron aprovechar el día de alguna manera, pues el ómnibus regresaba recién en horas de la noche. Y lo único que había para ver era la planta petrolera que YPF tenía en el lugar. Aquí recibieron una segunda sorpresa, ya que al presentarse en la entrada y manifestar el propósito de la visita fueron recibidos por el máximo responsable, quien les puso a su disposición el auto oficial, un Kaiser Manhattan modelo 54 que con chofer-guía incluido los llevó a recorrer el lugar. Se fotografiaron junto al primer pozo perforado en Neuquén y en otros lugares como piletas o en la barda. El regreso tuvo una tercera sorpresa ya que el ómnibus que los trasladaba tenía a Neuquén como destino y no General Roca como era habitual. Cinco kilómetros a pie debieron recorrer para llegar a las cuatro de la mañana a Cipolletti. Como dos de los compañeros eran de otros pueblos durmieron en las casas de Iachetti y Soriano y al día siguiente cada uno regresó a su localidad. Nunca pudieron averiguar si el rumor que había motivado el viaje era cierto o producto del deseo de los estudiantes. De su narrativa a los patagónicos nos interesa, de manera especial, la obra “Cuentos de los años felices” en la medida en que la mayoría de esos textos están ambientados en nuestra región. Pero hay un relato que por la nostalgia que transmite es particularmente emotivo para los cipoleños, Rosebud. He aquí unos fragmentos: ****** “La memoria lo agiganta todo. A mí me parecía que mi casa de Cipolletti era tan enorme que ocupaba una manzana pero al regresar, treinta y tres años después, encontré que no lo era tanto. Todo a su alrededor había cambiado, pero mi Rosebud seguía ahí. Es un peral añoso, de tronco bajo, al que me subía las tardes en que me sentía triste. Mi madre me buscaba por toda la casa, salía a llamarme al patio y aunque yo pudiera sentir su aliento ella no podía verme”. ****** “He vivido en tantos lugares y tan distintos que me cuesta elegir uno en el momento de responder de dónde soy. Creo que uno es del lugar donde lo quieren”. ****** “Todos tenemos nuestro Rosebud personal y nos llevamos el secreto a la tumba. El trineo de Charles Foster Kane, en El ciudadano, no es la verdad de su vida, pero sí aquello que para él había sido el origen de la verdad. Lo que siempre pasará inadvertido para cualquier otro. Al elegir un árbol para evocar mi infancia estoy mintiéndoles a los demás, pero detrás de esa mentira hay un hilo secreto que me conduce hacia mi propio Aleph. Podemos borrar o confundir las huellas de una vida, pero las llevamos a cuestas. En eso pensaba más de treinta años después en Cipolletti, al caminar sobre mis propios rastros en el jardín”. ****** “Un día, al volver sobre nuestros pasos, encontramos el árbol que la memoria había agigantado. Por un instante sentimos el sobresalto de una revelación. Hasta que descubrimos que lo que cuenta no es el árbol, sino lo que hemos hecho de él. Ése es nuestro Rodebud”. Rosebud aún está. Es nuestro árbol histórico. Como el protagonista de El ciudadano, que muere pronunciando esa palabra, Soriano debe haber pensado que ésa fue la época más feliz de su vida. La que transcurrió en su adolescencia y en Cipolletti. (*) Miembro correspondiente por la provincia de Río Negro de la Academia Argentina de Letras Las anécdotas incluidas en el artículo fueron contadas por César Iachetti, quien también proporcionó el material fotográfico

Junto a sus compañeros del industrial fue hasta Huincul en 1958, en micro.

César Aníbal Fernández (*)


Comentarios


Seguí Leyendo

Los años felices de Osvaldo Soriano en Cipolletti