Los ilegales no miden riesgos



COLUMNISTAS

El siglo XX presenció infatigablemente el éxodo de poblaciones y la ansiedad de los refugiados por encontrar un lugar en el mundo donde no fueran hostigados o castigados por la mala vida... Tras la Primera Guerra Mundial, cuando renació Polonia como nación independiente, después de siglos de sojuzgamiento y Checoslovaquia como modelo de estructura política democrática, cuando el Imperio Austro-Húngaro se desintegró y el mapa se modificó totalmente, millones de seres humanos deambularon por las rutas del Viejo Continente casi sin rumbo.

Se habían quedado sin país, sin referencias geográficas y afectivas. Escaparon también los armenios, que pudieron encontrar una puerta de salida en medio del genocidio practicado por los turcos durante la Primera Guerra.

Lo mismo -o peor, quizás- ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial. El desgastante conflicto, de algún modo, pero sin tiros ni bombardeos, continuó. A millones de seres humanos se les borró su destino. Campesinos alemanes que habían ocupado por la fuerza tierras polacas, rusas, ucranianas y checoslovacas fueron arrinconados por los verdaderos dueños y se los echó de las posesiones que ocupaban. Los judíos que reclamaban sus posesiones en Polonia eran asesinados. Incluso hubo pogroms en algunos poblados en 1945 y 1947.

Los refugiados que habían sido protegidos por las tropas germanas retornaron ganando los caminos rumbo al oeste, o se subieron a trenes destartalados o a medios de locomoción precarios rumbo a una Alemania que había dejado de existir como país. Las enfermedades eran masivas. Las pestes devoraban víctimas sin discriminar edades. Sus ciudades habían sido destruidas por los bombardeos, murieron seis millones de alemanes entre militares y civiles, se entregaron dos millones y medio de soldados a las tropas aliadas y rusas en el momento de la capitulación (8 de mayo de 1945, hace 70 años).

Alemania dejó de existir geográfica, administrativa y políticamente hasta su reorganización, tres años después.

Europa era, a partir de 1945 y hasta 1950, un amplio territorio donde millones de refugiados buscaban afincarse definitivamente. Estaban hambrientos, desesperados, sin trabajo ni futuro.

Lo mismo había pasado con los judíos y los perseguidos políticos en la década del treinta, a medida que avanzaba el poder nazi en el continente. Se calculó en su momento que 500.000 judíos, echados y saqueadas sus pertenencias, intentaban llegar a un puerto donde no se los detuviera para poder partir hacia cualquier destino con tal de sobrevivir. Lisboa fue una interesante vía de escape, pese a que el dictador Salazar, de Portugal, simpatizaba con las fuerzas militares del Eje. Pero llegar a Lisboa era una odisea. Antes de la invasión germana a Francia los refugiados atravesaban, con papeles difíciles de conseguir, el país galo, llegaban a España donde hacían cola para conseguir permisos en largos trámites burocráticos y después de transitar por sus ciudades podían arribar a Lisboa. En la capital de Portugal tenían que tener suficiente suerte como para conseguir visados y barcos para cruzar el Atlántico. Y una vez que se subían rogaban que ningún submarino alemán los torpedeara en alta mar.

Los crueles conflictos locales en plena Guerra Fría aportaron millones de refugiados. Huyeron los coreanos en medio de los enfrentamientos de las tropas de las Naciones Unidas y las comunistas del Norte; los africanos, cuando pudieron romper las colonizaciones imperiales pero ingresaron en luchas tribales sanguinarias; los vietnamitas, de las bombas de napalm y las carnicerías que signaron las batallas entre norteamericanos y locales y los ataques de aviación indiscriminados; los húngaros, cuando la rebelión contra los comunistas fue sofocada en 1956; los checoslovacos con la invasión de la Unión Soviética en 1968; los habitantes de Alemania Oriental hacia Occidente, cavando túneles o gestando miles de formas de escape. Huyeron, varias veces más con las atroces guerras tribales en Ruanda y en otras regiones del África; de la locura de los Khmer Rouge en Camboya, que obligaban a las poblaciones de las ciudades a retornar al campo para trabajar la tierra, con una ceguera nunca vista. También escapaban centenares de miles de asiáticos de regiones vecinas al conflicto en Vietnam y los yugoslavos perseguidos en un exterminio sin fin al que fueron sometidos cuando el país se desintegró a la muerte de Tito y la caída del comunismo.

Ahora, ya transitado el siglo XXI, les toca a los subsaharianos que huyen de la miseria, de los enfrentamientos tribales, de la falta de oportunidades laborales. Están desesperados. Emprenden viaje rumbo al norte, solos o en pequeños grupos familiares. Han juntado dinero y se ponen a disposición de los que los pueden cruzar en el Mediterráneo, camino a la esperanza. Esos refugiados se convierten en víctimas de los grupos guerrilleros libios, enfrentados entre sí poco después del aniquilamiento de Gaddafi y parte de su familia, ejecución vista en fotos y en videos que circularon por las redes sociales.

Se acabó con un déspota, que al mismo tiempo aportaba gran parte del petróleo que se usaba en Europa, que era socio de empresas italianas, que participaba de los equipos de fútbol en Italia, que había ayudado con fondos especiales a las campañas presidenciales de muchas figuras públicas de Europa, como Nicolás Sarkozy. Gaddafi intentaba portarse bien. Del terrorista que fue había quedado poco. Pero, ayudados por Occidente, los guerrilleros acabaron con el régimen. Sólo afloró una nación fragmentada.

Cada grupo, partícipe de una peligrosa anarquía, hace dinero como quiere y puede. Son los negociantes que lucran con la desgracia de los refugiados. Les cobran cifras irrisorias. Consiguen barcos viejos y desvencijados, embarcaciones deterioradas y lanzan a los refugiados desesperados a las aguas agitadas del “ mare nostrum”.

Hasta ahora son España e Italia las naciones que están recepcionando más desesperados. Italia se queja ante el resto de Europa, pide que otros también se hagan cargo. Los integrantes del Viejo Continente prometen que sí, que permitirán la entrada de los refugiados, pero hasta ahora todo queda en el aire. En declaraciones últimas han asegurado que terminarán con los traficantes, para romper el eslabón más importante de la cadena. ¿Harán campañas militares para lograr su objetivo?

Pero no sólo los subsaharianos, incluyendo a los sirios, tratan de llegar a las costas europeas. Residentes de Europa Oriental cruzan Albania, Macedonia y Hungría y pretenden recalar en alguna ciudad de Occidente que los proteja y les ofrezca horizontes. En general no son bienvenidos o son expulsados... Un caso patético y con fuerte olor a racismo fue el de los gitanos (”romá”) en Francia. Fueron echados sin más por las fuerzas policiales con ayuda de los civiles.

DANIEL MUCHNIK

Periodista y escritor. Miembro del Club Político Argentino

DANIEL MUCHNIK


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