“Los K miran el pasado con un solo ojo”
Convencida de que la Argentina nace vía Mayo de 1810 politizando definidamente al país, Hilda Sabato aseguraque este fenómeno participativo se prolonga con sello fuertehasta hoy. Con dilatada experiencia en el estudio de las ideas políticas que agitan nuestro devenir desde aquella cuna revolucionaria, la historiadora cree que esa marca iniciática “sigue obligando a quien conduce a legitimar su poder mirando en dirección a todos los sectores sociales pero siempre mirando profundo, intensamente, hacia todos los abajos que tiene el abajo”. Cuestiona duramente al gobierno nacional por instalar una visión de la historia reciente del país “ignorando la interpelación sobre el todo de lo sucedido”. “No se trata de ver el pasado desde la teoría de los dos demonios. Se trata de ayudar a aproximarnos a una verdad más compleja que la que ofrece la mirada del único ojo”, dice Sabato.
Hilda Sabato, historiadora
–¿Qué pueden hacer los historiadores para ayudarnos a entender la historia argentina, sus vendavales, su tensión, su ir al abismo y volver silbando bajito como si nada hubiese sucedido?
–Pueden ayudar, no más. Pero el mejor aporte que puede formular un historiador es no creer que tiene el monopolio de la verdad.
–¿Y se puede hacer historia sin caer en la tentación monopólica?
–Se debe, pero el historiador siempre está tironeado, por así decirlo, por sus propias visiones y así explora la historia desde –incluso y es lamentable, pero sucede– sus propios prejuicios con independencia de otros tironeos, intereses: ideología, cultura… Es muy complejo abrir juicios de valor sobre esto.
–¿Ni bien ni mal?
–Una realidad. Lo criticable es que al hablar del pasado…
–…que es un terreno en disputa, ha dicho usted…
–Sí, pero lo grave sucede cuando se quiere imponer en términos dogmáticos o, mejor, en términos absolutos una única visión sobre los hechos, y esto lo está alentando, practicando, hoy el gobierno nacional en relación con mucho del pasado pero especialmente con lo sucedido en los años 70. Un empeño muy acentuado, una política organizada desde el poder a los fines de brindar una única verdad sobre ese tiempo terrible. El kirchnerismo mira ese pasado con un solo ojo. En línea con esto, afecta, alienta los prejuicios, los estereotipos, las visiones sesgadas, y no ayuda a seguir consolidando el pluralismo porque, colocado en “su verdad”, el poder parte la historia en buenos y malos y así baja “su historia” a los sectores más amplios de la sociedad.
–¿Adoctrinamiento?
–Puede ser, pero sí se trata de una política que cuando no distorsiona la historia simplemente la divulga muy sesgada. Reitero, el pasado se puede asumir de distintas maneras, a lo que no hay derecho es a intentar verticalizar la sociedad en línea con una única visión. Y en esto el kirchnerismo opera clavando dicotomías que no ayudan a la verdad. No defiendo a la dictadura militar, su atrocidad… tengo toda una vida pública y profesional ejercida en dura crítica al autoritarismo. Pero también hay que desentrañar los designios con que operó la guerrilla, su cultura de muerte, la dicotomía amigo-enemigo que fue también asumida en vastedad sangrienta en extremo y en nombre del Estado por la dictadura. No se trata de ver este pasado desde la teoría de los dos demonios. Se trata de ayudar a aproximarnos a una verdad más compleja que la que ofrece la mirada del único ojo.
–En su último libro (más material en esta página) usted vuelve sobre un concepto que maneja habitualmente y que podríamos llamar “la conquista de la pluralidad”. Ahora me dice que, con su visión sesgada de la historia, el kirchnerismo está afectando la pluralidad. ¿Cómo es la historia de la pluralidad política en la Argentina?
–Sí, sí, yo reflexiono siempre sobre eso que usted llama “conquista”. Sucede que el siglo XX, desde sus comienzos y por arrastre de las mudanzas generadas por la crisis de 1890, que caló muy hondo, llegó con cambios en lo que hace a las perspectivas de cómo se veía la política. Se la comenzó a visualizar y esa visualización se acentuó rápidamente como un campo en el que debe estar instalada, representada, la sociedad con sus diferencias a cuestas, por así decirlo. Esta visión, que hace a la democracia, se cruzó así en el camino de un convencimiento muy arraigado: la política como unanimidad. Por supuesto que la idea de pluralidad sufrió a lo largo del siglo XX muchos retrocesos, pero en 1983, con el retorno a la democracia, vuelve a tomar fuerza la importancia de respetar las diferencias, de convivencia, de pluralidad consolidada en discrepancias pero pluralidad. De todos juntos, en debate intenso sobre lo que pensamos y aspiramos como país pero sin tensionar esa relación vía proyectos políticos que son funcionales a dividir a la sociedad, a la lógica de amigo-enemigo, como está sucediendo.
–Sin embargo, si se sigue la producción historiográfica de al menos los últimos 20 años, se puede afirmar que existe una resistencia a los términos dicotómicos que éste o aquel factor de poder quiera hacer con la historia. ¿Es así?
–Lo que sí es cierto es que desde el 83, en el marco de todo lo que abre la democracia –democracia con todos sus problemas, fragilidades, etcétera, pero aire nuevo para el conjunto del país–, las ciencias sociales no son ajenas a ese espíritu. Vuelven de años de persecución. No olvidemos que el plano universitario, académico, fue blanco predilecto de la dictadura, y el estudio de la historia vuelve recuperando incluso mucho de la tradición que en el campo de la historia social había forjado José Luis Romero en los 50 y hasta el golpe del 66 porque, aun admitiendo que el del 76 fue atroz, el del 66 destruyó, por caso, la universidad argentina con su dogmatismo, sospecha sobre las ideas, el pensamiento. Lo cierto es que a partir de la administración Alfonsín, con un Conicet liderado por Abeledo y decidido a apoyar las ciencias sociales y no sólo las ciencias duras, con una política amplia de becas, junto con una red de universidades que aun con problemas de arrastre y nuevos alientan congresos, seminarios, doctorados, fue surgiendo una catarata de historiadores jóvenes que, sumados a quienes retornaban del exilio con aportes y experiencias importantes en el campo de las ciencias sociales y también nosotros, los veteranos, Luis Alberto Romero, generación a la que pertenezco… de todo eso ha surgido buen nivel de historia profesional o científica. Y desde ahí se investiga la historia en sentido muy opuesto al que se le imprime desde el poder del gobierno.
–Con independencia del sesgo que usted acredita a los términos con que el kirchnerismo construye su relato de la historia, ¿desde la ciencia política cabe una definición de esa política?
–Es populismo, una decisión funcional al populismo. Es desplegar un relato en términos de opuestos tan irreductibles que, como corolario, resta todo espacio al debate sobre nuestro pasado. Y si hay debate, a lo distinto, a quien no piensa como ellos, le acreditan motivaciones… no sé…
–Siniestras, como ordenaba acreditar Stalin. Después de transitar durante años por la investigación de nuestra historia, ¿qué constantes encuentra en ese pasado y prolongadas a hoy?
–Y… al menos una de ellas es el conflicto.
–Fernando Henrique Cardoso dice que la Argentina nació muy pronto a la política, a la deliberación política, debido a que nació en conflicto y se entusiasmó con el conflicto, a diferencia de Brasil, que logró la independencia sin lucha…
–Sí, nos politizamos ya en Mayo de 1810 y lo demás fue una sucesión de décadas de conflictos, luchas de intereses que no hicieron nada más que reproducir la politización. En el siglo XIX se podía ser un iletrado pero se tenía claro dónde se estaba y por quién se luchaba, de esto no hay duda.
–¿Por qué le gusta tanto el siglo XIX? Al menos así se infiere de su obra, sus investigaciones…
–Por esto que venimos hablando, por lo revulsivo que implicó en materia de ideas, de práctica de poder, por la consecuente politización, lucha irreductible. Es un siglo apasionante en el campo de las ideas y los hechos. Abre, duramente en todo caso, la competencia política. Moviliza en todas las direcciones… ¡Rosas! Tomemos su caso: disciplina duramente pero busca consensos hacia abajo. ¡Mitre! Un animal político. Muy estigmatizado por ciertas corrientes históricas pero un político constructor de bases de poder de sustentos muy amplios. ¡Alsina mismo, que disputara la misma clientela de Mitre!
–Tengo la impresión de que Alsina tenía algo de eso que luego tendrá Alem: no hacerles asco a las “orillas sociales”, como diría Álvaro Yunque. Bosta y barro para construir poder…
–Por supuesto. Ellos no se olvidaban de las orillas, de ahí que, con sus más y sus menos, todos eran rofundamente republicanos. ¡Sí, sí… un siglo apasionante!
Carlos torrengo
carlostorrengo@hotmail.com