con Macri
Para desconcierto del presidente Mauricio Macri, desde hace varios meses los mercados financieros que, creía, serían sus aliados naturales en la batalla que está librando contra el populismo tradicional, están militando en la banda K. Merced a ellos, su archirrival Cristina pudo levantarse de la lona y, si bien se sentía un tanto grogui, amenazar con asestar algunos golpes letales a quien la había puesto contra las cuerdas. Fue sólo un susto, pero durante un par de días escalofríos corrieron por la espalda oficialista.
Los demás peronistas están mirando el espectáculo con interés.
Aunque a pocos les gusta la idea de que la señora regresara para ordenarles cohonestar todos sus caprichos, como tantos hacían con lealtad robótica cuando estaba en la Casa Rosada, muchos entienden que, a pesar de sus muchos problemas legales, en las encuestas mide mejor que cualquier otro compañero, de suerte que por ahora no les convendría tirarla a los lobos judiciales privándola de lo que queda de sus fueros parlamentarios.
La voluntad de los mercados de ensañarse con el gobierno de Macri hasta tal punto que durante algunos días lo hacían tambalear es una de las muchas paradojas de los tiempos actuales.
Pocos dirigentes políticos del país los respetan tanto como Macri y es de suponer que el grueso de los inversores cree que el “rumbo” que ha tomado el gobierno que encabeza es el correcto o, por lo menos, que es preferible a cualquier alternativa concebible. También sabrán los inversores que operan en los mercados que Cristina los desprecia y que le encantaría que todos cayeran en bancarrota.
Así y todo, no cabe duda de que la expresidenta y sus simpatizantes han sido los más beneficiados por su conducta reciente. De no haber sido por la decisión colectiva de presionar a Macri para que se comprometiera a reducir drásticamente el déficit, el peronismo “racional” ya habría aprovechado el asunto de los cuadernos para cortar lazos con el kirchnerismo.
Por perverso que parezca, los mercados tienen la costumbre amable de castigar políticamente a sus amigos y de tal modo premiar a quienes quisieran aplastarlos. No les preocupa el que, a diferencia de Cambiemos que tratará de apaciguarlos tomando una medida ingrata tras otra, sus contrincantes populistas, apoyados por las sectas de la izquierda dura, los combatirán organizando protestas callejeras, huelgas y saqueos con el propósito de frustrar los esfuerzos oficiales por mantener a flote una economía que hace agua por todos lados.
Macri cuenta con el apoyo decidido de la elite mundial que, desde luego, incluye a quienes manejan los fondos de inversión gigantescos que desempeñan un papel fundamental en los mercados. Con todo, a esta altura se habrá dado cuenta que al electorado local le importa poco que merezca la plena aprobación de Donald Trump, Xi Jinping, Emmanuel Macron, Angela Merkel, Christine Lagarde y los demás.
Las opiniones de tales personajes pesarán menos en el destino del presidente y aquel del país que lo que suceda en los barrios deprimidos del conurbano bonaerense.
¿Se sentirán impresionados sus habitantes por la solidaridad mayormente verbal del establishment planetario? Puede que algunos sí se dejen influir, pero sorprendería que le prestaran atención los muchos que tienen motivos de sobra para estar más preocupados por su propio futuro inmediato que por lo que está ocurriendo en el tablero internacional.
El siglo pasado se vio dominado por el enfrentamiento de los partidarios de esquemas económicos estatistas con quienes confiaban más en el sector privado, o sea, en los mercados. Si fuera cuestión de nada más que los resultados concretos, el consenso sería que éstos últimos ganaron por goleada; los países capitalistas prosperaron como nunca antes, los que intentaron desafiar a los mercados en nombre de la justicia social revolucionaria se hundieron en la miseria.
Pero la realidad económica es una cosa; la realidad política es otra. No sólo de pan vive el hombre. También necesita sueños, esperanzas, ideales, de ahí el atractivo de los planteos voluntaristas confeccionados por quienes se afirman convencidos de que un líder político bueno debería ser capaz de obligar a los mercados, es decir, a la economía, a obedecerlo para que todos participaran de sus frutos.
Es por tal motivo que, tanto aquí como en el resto del mundo, abundan los tentados a probar suerte nuevamente con proyectos socioeconómicos que no han funcionado muy bien en ninguna parte –los más ambiciosos fracasaron de manera atroz–, pero que les parecen más humanos, más entrañables, que las recetas frías que proponen pragmáticos dispuestos a aprender de la experiencia ajena.
Por perverso que parezca, tienen la costumbre amable de castigar políticamente a sus amigos y de tal modo premiar a
quienes quisieran aplastarlos.
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- Por perverso que parezca, tienen la costumbre amable de castigar políticamente a sus amigos y de tal modo premiar a
- quienes quisieran aplastarlos.