Los mil y un rincones de Estambul
Recorrimos la ciudad que cada día entra a millones de hogares con la novela “Las mil y una noches”. Con una parte en Europa y otra en Asia, bañada por dos mares unidos por un estrecho, es un territorio pleno de mezquitas, aromas y ritos, ideal para navegar y dejarse perder en sus barrios.
Turquía
Los aromas intensos, el murmullo de las mezquitas y la música tan rara para nuestros oídos, suman un plus a las imágenes que cada noche se transmiten en la televisión argentina con el fenómeno de ‘Las mil y una noche’, la exitosa telenovela turca que puso todas las miradas en Estambul, la ciudad de los dos continentes y los dos mares.
Al pisar Estambul la identificación de las imágenes que se reproducen en la televisión es inevitable. El puente Atatürk, ese que los protagonistas Onur y Sherezade atraviesan en vehículos o se exhibe por segundos al pasar de una toma a otra, no es más ni menos que el primer puente carretero que se construyó en 1970 sobre el estrecho del Bósforo para unir los barrios de Europa con los de Asia. Y no es un dato menor que por allí transitan 200.000 vehículos diarios. Más allá de los lugares que se miran por tevé, el encanto de Estambul es tan amplio que amerita varios días de estadía para transitar las callecitas, perderse en algún barrio, comer en la calle un kebab, circular en tranvía o navegar.
La muralla alta de ladrillos que rodea la zona antigua de Estambul te invita a ingresar a un lugar encantado. El aroma impregna y despabila. Es una mezcla de especias y castañas quemadas que emanan los puestos de vendedores ambulantes que se esparcen por doquier. Es tan intenso el aroma como lo que ofrece la ciudad que fue capital del Imperio Romano y más tarde del Otomano, hasta convertirse en una República que todos veneran (o mejor dicho al padre de esa República: Atatürk).
Estambul es única: no hay otra ciudad en el mundo que esté en dos continentes. Hay barrios en Europa y otros en Asia, ambos con distintos prefijos telefónicos y códigos postales diferentes, y están divididos por el canal del Bósforo en un estrecho que al mismo tiempo comunica dos mares: el Mármara y el Negro.
Para sumar a la lista de particularidades hay que decir que solo esta ciudad tiene 7.500 km² de superficie, 150 km de largo y 50 de ancho. Y es una de las ciudades más grandes de Europa con cerca de 15 millones de habitantes, aunque no es la capital de Turquía desde que en 1923 ese legado pasó a Ankara.
Al encanto geográfico y paisajístico se suma el plus de ingresar en una ciudad donde el 99% de la población practica la religión islámica y por eso las mezquitas se reproducen en todo el ejido. Aunque es imposible visitarlas a todas, hay monumentos que no se pueden dejar de ver.
Templos del islam
Las mezquitas se multiplican en todo Estambul. A lo lejos parecen ser similares: todas en tonos grises, alguna ornamentación dorada (que se supone es baño de oro), con las típicas cúpulas y columnas largas que sobresalen. Sin embargo tienen sus particularidades y al menos hay dos que son imposibles de perderse en el recorrido: la histórica mezquita Azul y la monumental mezquita Süleymaniye, también conocida como “la mezquita de Solimán el magnífico”.
Es un mundo totalmente desconocido para un occidental. Todo sorprende y es imposible no hacer un paralelismo con las tradicionales iglesias católicas que son monumentos turísticos en diversas ciudades del mundo. Lo primero que llama la atención es la escasez de muebles ya que casi no los hay salvo ordenadores de calzado. El resto son alfombras acolchonadas y lámparas grandes y bajas, ya que a diferencia de la religión católica cuyos fieles rezan sentados, de pie y en algunos cortos momentos de rodillas, en la religión islámica se ora arrodillado y descalzo.
En Estambul -a diferencia de otras ciudades donde se practica el islam- se puede ingresar a todas las mezquitas fuera del horario de oración siempre quitándose el calzado en el ingreso y cubriendo la cabeza con pañuelos las mujeres. Se debe vestir de una manera formal y no está permitido llevar pantalones cortos o faldas, ni remeras sin mangas. En todas existe un estricto control de estas pautas.
El acceso a los visitantes es limitado a un sector desde donde se puede apreciar la magnitud de la mezquita, las cúpulas y las inscripciones en árabe, en general en lo alto de las columnas. No hay imágenes de ningún tipo por eso en la mezquita Azul -por ejemplo- los azulejos llevan plasmadas flores o trazos que las asimilan. Como las mezquitas siguen con su habitual actividad, hay horarios en las que se cierran al público y se reciben a los fieles para orar. Para ellos en los patios de la mezquita hay un sector para lavarse los pies como parte de la tradición.
El llamado a la oración es algo especial. En ciertas horas preestablecidas para la oración, se hace la convocatoria mediante los altavoces de las altas columnas (minaretes) que permiten llegar a gran parte de la población. Ese llamado que realiza una voz masculina, es un sonido indescriptible que perdura en los oídos aún cuando uno ya está lejos de la ciudad.
Un encanto particular de la “gran” mezquita, son los más de 20.000 azulejos en tonos azules que se utilizaron para su construcción (que le dan el nombre) que comenzó en el año 1609 y terminó 17 años después. La segunda mezquita interesante para visitar es la llamada “mezquita de Solimán el magnífico” construida en 1557 por encargo de un sultán que quiso tener la más esplendorosa obra que se puede ver imponente desde lejos, incluso al otro lado del Bósforo.
Museo, iglesia y mezquita
El museo Santa Sofía -uno de los monumentos más visitados- está ubicado en un particular edificio que nació como una iglesia católica en el año 360 por orden de Constantino y se transformó en mezquita en 1453 tras la conquista de Estambul por parte de Fatih Sultan Mehmet, para concluir como museo -que rescata parte de ambas- en 1935.
En el interior se pueden ver mosaicos con imágenes bíblicas del cristianismo e inscripciones en árabe con los nombres de Alá, Mahoma y los principales profetas de la religión islámica. Tiene una cúpula en el centro con 55,6 metros de altura por lo que se convirtió en la más alta de Turquía, la que obtuvo unos cinco metros más en su reconstrucción en el año 553 tras un terremoto.
Cuenta la historia que los mosaicos con escenas bíblicas y religiosas fueron destruidos, en algunos casos tapados por finas capas de cal y se dañaron sectores con simbología propia del catolicismo para convertir la iglesia en un templo islámico. Cientos de años más tarde, con la instauración de la República, se recuperaron los mosaicos bizantinos que estaban cubiertos con cal.
El encanto del Bósforo
Dicen que el Bósforo es curativo. Al menos así lo plasmó el escritor turco Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura en 2006 cuando en su libro “Estambul. Ciudad y recuerdos” relató su vínculo especial con el estrecho de agua que une el mar Mármara con el Negro y separa Asia de Europa en 31,7 kilómetros de longitud. También en esas páginas señaló que “Bósforo” significa “garganta” aunque hay otros que no coinciden con esa traducción y prefieren simplificarlo a “un estrecho”.
Estas aguas que fueron declaradas “internacionales” son parte de la vida activa de Estambul. De la conexión, la integración, el disfrute, el paisaje inigualable, el descanso, el trabajo -por qué no- y de tantas cosas inimaginables que transitan por esa particular ciudad.
Un paseo por el Bósforo es poco. Se necesitan dos o más navegaciones para apreciar toda su belleza y sus alrededores con zonas de relieves, amplia vegetación, palacetes de madera que aún subsisten y las llamadas villas donde las familias adineradas en otras épocas fueron construyendo sus casas de veraneo. Hoy hay una urbanización en crecimiento a cada lado, incluso con algunos edificios modernos en medio de las tradicionales mezquitas. Cada día parten decenas de “cruceros” (catamaranes) de los muelles cercanos al puente Gálata para que los turistas recorran el Bósforo atravesando por debajo los dos enormes puentes que comunican el lado europeo con el asiático y llegando hasta casi el mar Negro.
En la embarcación se puede disfrutar de un rico café turco o el típico té en sus pequeñas tazas de vidrio y por supuesto fotografiar hasta el hartazgo cada cuadro que ofrecen las aguas del estrecho rodeado de dos continentes.
Soledad Maradona
soledadmaradona@rionegro.com.ar
Soledad Maradona