Los negocios de Bariloche que se quedaron en el camino

El comercio está seriamente herido en Bariloche, pero hay sectores que directamente no pueden subsistir sin turistas. Las historias de los locales que debieron cerrar antes de fundir.




Una de las casas de artesanías y regionales que tiene varios locales en la ciudad dejó así sus vidrieras. Foto: Alfredo Leiva

Una de las casas de artesanías y regionales que tiene varios locales en la ciudad dejó así sus vidrieras. Foto: Alfredo Leiva

Los peores presagios sobre la depresión económica que afectaría a la ciudad generaron una gran ola de pesadillas al comienzo de la pandemia, pero eran solo eso: una especulación, un pronóstico de tantos, un ejercicio de pesimismo. Hoy ese escenario ya es puro presente y en ciertos casos incluso superó los vaticinios, para desconcierto de los comerciantes y empresarios que no saben ya cómo surfear esa ola y salir con el menor daño posible.

La cuarentena cumplió ya siete meses y si bien hubo cambios notorios de intensidad y las restricciones se relajaron con el tiempo, hubo también un factor que se mantuvo imperturbable y que de alguna manera afecta a todos por igual: la desaparición del turismo.

El cierre de ese grifo forzó la adopción de estrategias de supervivencia y también precipitó muchos cierres, la mayoría silenciosos y algunos presentados todavía como “temporales”. Lo cierto es que hay un grupo importante de emprendedores y comerciantes que decidieron bajar las persianas, liquidar muebles y stocks, se desentendieron de las pulseadas con el Municipio para lograr permisos de apertura (como las que abundaron entre abril y junio) y optaron por retirarse del escenario.

En ciertos casos la motivación principal fueron las deudas acumuladas ya durante la crisis prepandemia y la falta de “capital de trabajo” para continuar. En otros el convencimiento íntimo de que la recuperación llegará tarde o nunca.

El presidente de la Cámara de Comercio de Bariloche, Eduardo Caspani, dijo que “basta caminar por la calle para comprobar que hay muchos cierres que parecen momentáneos, pero son definitivos. Especialmente en gastronomía y en el rubro textil/indumentaria”.

Señaló que las bajas comerciales registradas en el Municipio no son parámetro porque “en una crisis de este tipo lo último que hace el titular es tramitar una baja o un cambio de habilitación”.

Y los números parecen darle la razón. Entre marzo y junio el Municipio oficializó sólo 64 bajas comerciales, cuando en el mismo período del año anterior (sin Covid de por medio) fueron 164.

Para quienes están empeñados en resistir, una variante a mano es la “reconversión” a rubros menos golpeados. “Por ejemplo el que vendía valijas, claramente tiene que hacer otra cosa”, dijo Caspani. Pero en esos casos tampoco fue lo habitual tramitar el permiso municipal.

Un ejemplo es la chocolatería El Arrayán, de Mitre y Palacios, que dejó esos productos a un lado y ahora es un almacén naturista. El encargado, Martín Chaves, dijo que apelaron a esa fórmula “para tener alguna continuidad”, aunque las ventas igual son bajísimas. Dijo que por ahora no declararon el cambio de rubro al Municipio. “Cuando venga algún inspector veremos qué hay que hacer para adecuarse”, señaló.

Las chocolaterías están entre las principales víctimas de la prohibición del turismo. El colapso de ese sector queda a la vista en la calle Mitre. Hay firmas como Torres que optaron por achicarse y cerrar dos de sus tres locales.

Uno de los más emblemáticos restaurantes que cerró. Foto: Alfredo Leiva

Otras actividades que registran ya varios cierres ante la imposibilidad de trabajar en estas condiciones está la gastronomía, las agencias de viajes y las casas de souvenirs y productos regionales.

Entre estos últimos llamó la atención el cartel colocado en la vidriera por Los Duendes del Bosque, que tiene al menos dos bocas de venta sobre Mitre y en ambas se puede leer: “Reabrimos y cerramos, lo intentamos. Pero no lo logramos. Reactivación del turismo ya”. Toda una confesión de que la bandera blanca nunca estuvo en los planes, pero el panorama es cada vez más oscuro.

Los restoranes y cervecerías, atados en buena medida al turismo, también sufrieron la prolongación de la crisis. Costos operativos altos y mucho personal precipitaron varios cierres.

Muchos locales no están pagando los servicios, pero esa deuda no desaparece, lo mismo que los alquileres”.

Carlos Patarata, dueño de Kostelo, el restaurante que acaba de cerrar.

Gerardo Stocker, vicepresidente de la Asociación Hotelera Gastronómica de Bariloche, no abrió todavía ninguno de sus dos restoranes, ubicados en pleno centro y admitió que cada día que pasa todo se torna más incierto. Señaló que son alrededor de 50 los establecimientos gastronómicos que están cerrados (sobre un total de 250), aunque en muchos casos sus dueños no se resignan de asumirlo como definitivo.

Aunque hay cervecerías que corrieron ese destino, como Gaham y Cava Clandestina, Stocker dijo que ese segmento es “el que mejor funciona” en el contexto actual, porque “trabaja con público joven, que se junta más y que no tiene miedo a salir”.

Cocodrilo, a metros del Centro Cívico, cerró sus puertas. Foto: Alfredo Leiva

El empresario dijo que “el problema principal es que la infraestructura instalada (de la ciudad en general y de muchos locales) está pensada para el turismo” y por más estímulos que haya, no pueden funcionar sólo con clientes de Bariloche.

Dijo que aun aplicando todas las recetas imaginadas “es imposible alcanzar el punto de equilibrio” con un aforo reducido en un 50% y con un horario que, por ahora no puede extenderse más allá de las 22.

En gastronomía uno de los casos más ilustrativos es el del restorán Kostelo, que cerró en marzo y nunca volvió a abrir. Su propietario, Carlos Patarata, dijo que ya en las primeras semanas de la cuarentena tomó la decisión de cerrar, cuando supo que “no iba a haber temporada de invierno”.

Igual suerte corrieron restoranes de gran superficie, como El Nacional sobre la calle San Martín, y otros con muchos años de trayectoria, como Cocodrilo, frente al Centro Cívico. Otra víctima fue Holly, en la Costanera. También mencionó a Morfy’s, aunque sus dueños todavía barajan la posibilidad de reabrir si pasa la tormenta.

Golpe

Para los operadores de turismo el impacto fue devastador, porque su facturación se redujo prácticamente a cero. El presidente de la asociación que los agrupa (Aavytuba), Exequiel Barberis, dijo que de 108 agencias que hay en Bariloche “ya hay 10 ó 12 que decidieron cerrar”. Señaló que “en general es que gente que deja la actividad y se dedica a otra cosa: verdulerías, servicio de comidas, mudanzas”.

El secretario de la Asociación Empresaria Hotelero Gastronómica, Rubén Kodjaian, dijo que para los restoranes la crisis no empezó con la pandemia y en algunos casos “ya estaban en baja y ésto les dio el golpe final”. Refirió que la ayuda del Estado para el pago de salarios fue un salvavidas clave en varios casos, pero también mencionó el alquiler como un factor determinante en los costos. Especialmente en los salones de gran tamaño.

Explicó que el titular de un restorán o cervecería que no era propietario y no pudo renegociar el contrato de locación se vio empujado a cerrar “para no acumular deudas impagables”.

Así planteada, la encrucijada fue decidir si valía la pena trabajar a pérdida, cómo y hasta cuándo. El flujo de negocios que hace falta para recuperar el terreno perdido sólo parece viable en un horizonte temporal muy lejano.

Caspani explicó que la caída en picada de la actividad económica afectó con particular dureza a las actividades y a las zonas de la ciudad más vinculadas al turismo, pero de manera indirecta se vieron comprometidos todos los comercios de la ciudad.

Hoy lo que están viendo todos es cómo readaptarse para lo que va a venir, porque ésto va a tardar mucho en tomar velocidad”, afirmó. Por eso desde la Cámara siguen con atención la elaboración del presupuesto municipal 2021, ante el rumor de que la tasa que pagan todos los comercios sufriría un aumento en los coeficientes.

Caspani refirió que entiende el problema que enfrenta el Municipio con la caída de recaudación pero “no se puede trasladar esa carga a quienes aportan mediante una mayor presión tributaria”.

Algo parecido dijo Stocker, en su caso con la mira puesta en la provincia. “Estamos pidiendo una eximición de Ingresos Brutos por 6 u 8 meses, para dar un alivio en el principio de la reactivación. Y al Municipio al menos que no cobre el uso de espacio público”, señaló el empresario gastronómico.

La caída se va a notar más

Si lo vivido hasta hoy fue traumático, el futuro inmediato no anticipa cambios para mejor, según lo que percibe Exequiel Barberis.

El titular de Aavytuba dijo que el ritmo de recuperación, tal como está planteado, “va a ser muy lento”. La apertura al turismo promocionada por la Provincia no alcanza para torcer la curva descendente y se suman las malas noticias en relación con la vuelta de los vuelos. “Aerolíneas había fijado para el 22 de octubre pero suspendió, todo se atrasa. Y no va a ser para turistas, para eso no hay fecha”, observó.

Barberis dijo que para las agencias de viajes la vuelta a la normalidad va a tardar más porque hoy no tiene sentido mantener los locales y si el turismo vuelve a fluir, en un principio “todo va a ir por digital”. Además, las excursiones principales siguen cerradas hasta nuevo aviso. Sostuvo que si no hubo más cierres definitivos de agencias es porque “está cortada la cadena de pagos y no hay aprietes por los cobros. Pero cuando se empiece a reactivar, todo eso va a caer de golpe”.

“Lo peor es que esto va a seguir”

El restorán Kostelo tenía 12 años. Superó con éxito la crisis del volcán (en 2011), pero la pandemia de coronavirus se le presentó como una cuesta demasiado empinada y su propietario, Carlos Patarata, resolvió no intentarlo.

En mayo, cuando supo que la vuelta del turismo se iba a estirar más allá del invierno, decidió vender todo y liquidar la sociedad. “No tuve otra salida. Me quedaron unas deudas con la Provincia, pero creo que hice bien, fue algo acertado, porque hoy tal vez estaría con un infarto”, aseguró.

Tenía 16 empleados, cumplió con todos. Según Patarata, resistir en estas condiciones no tenía mucho sentido. “Hay muchos locales fundidos porque no se dieron cuenta de lo que se venía –afirmó–. Muchos no están pagando los servicios, pero esa deuda no desaparece, lo mismo que los alquileres”.

Para los restaurantes “es muy difícil pagar créditos y deudas con una capacidad operativa reducida al 50%. Por más que lleves gente, la estructura está pensada para trabajar a pleno. Y lo peor es que esto va a seguir”.


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