Los negocios importan

Por Redacción

Mal que les pese a aquellos ideólogos que sueñan con una alternativa al capitalismo liberal, variantes del sistema así denominado rigen en casi todos los países del mundo, incluyendo a algunos, como China y Vietnam, que siguen en manos del Partido Comunista, de suerte que es del interés de todos los gobiernos, sean de izquierda o de derecha, procurar asegurar que la versión propia funcione con más eficiencia. Por lo demás, a esta altura debería serles relativamente fácil aprovechar al máximo la experiencia ajena, lo que podrán hacer comparando los resultados logrados por los comprometidos con distintas estrategias. Se trata de una ventaja que no tenían sus homólogos de generaciones anteriores que aún podían confiar en los méritos hipotéticos de modalidades dirigistas, parecidas a las reivindicadas aquí por ciertos voceros “nacionales y populares”, que andando el tiempo brindarían resultados desastrosos. Así las cosas, convendría que el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner prestara mucha atención al informe que acaba de difundir el Banco Mundial sobre el clima de negocios imperante en 185 países. Como pudo preverse, la Argentina figura en un puesto muy bajo, el 124º, luego de retroceder ocho lugares desde el año pasado, sin que los responsables del ranking hayan tomado en cuenta medidas recientes como las que afectan al ya jibarizado mercado bursátil, que con toda seguridad tendrán un impacto negativo. Según los responsables del informe “Haciendo negocios”, la ubicación de los distintos países en el ranking que han confeccionado depende de un conjunto de factores, la mayoría de ellos vinculada con las trabas burocráticas que los empresarios tienen que superar, además de la seguridad jurídica que, a juicio del viceministro de Economía, Axel Kicillof, es “una cosa horrible”. Figuran en la lista del Banco Mundial asuntos como el acceso al crédito y a los permisos de construcción, la protección de inversores, el comercio a través de las fronteras –el que fue frenado de golpe por el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, con consecuencias desafortunadas para la industria nacional–, el cumplimiento de contratos y así por el estilo. Dicho de otro modo, se trata de un intento por medir el impacto de los obstáculos, algunos comprensibles, otros claramente arbitrarios, erigidos por las autoridades que podrían frustrar los esfuerzos del sector privado por producir bienes y servicios en cantidades suficientes y a precios competitivos. Pero no sólo es cuestión del interés de los empresarios. También lo es de virtualmente todos los demás, ya que el estándar de vida de la mayoría abrumadora de los habitantes de un país determinado depende directamente del desempeño del empresariado local. Por mucho que los políticos procuren hacer pensar que lo que realmente importa es su propia gestión ya que, siempre y cuando se haya difundido una sensación de prosperidad, se consideran los auténticos responsables del bienestar resultante, a menos que ayuden para que el sector privado en su conjunto funcione con eficacia, no habrá forma de satisfacer las expectativas de la población. Aunque todos los gobiernos tratan de poner la economía al servicio de su propio proyecto político, los más inteligentes dan por descontado que es necesario obrar con habilidad, absteniéndose de tomar medidas que podrían provocar dificultades que los privarían del apoyo popular. Por desgracia, no parecería que los miembros de los diversos equipos que están manejando la economía nacional entiendan este principio sencillo. En los meses últimos han cometido tantos errores innecesarios que la economía corre peligro de precipitarse en una recesión prolongada aun cuando el precio de la soja se mantenga en un nivel muy alto y nuestros vecinos brasileños logren superar un período de letargo para reanudar el crecimiento. Si bien los empresarios prefieren no hablar en público por miedo a enojar al gobierno, parecería que la mayoría ha optado por postergar las eventuales inversiones a la espera de que por fin mejore el clima de negocios lo bastante como para justificar una actitud más optimista, lo que es una mala noticia ya que al país no le convendría que el sector privado se limitara a mantenerse a flote hasta que el panorama se aclare.


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