Los niños militantes
Decían los jesuitas: “Danos un niño antes de los siete años y será nuestro para toda la vida”. Se trata de un principio que los comprometidos con regímenes de aspiraciones totalitarias siempre han entendido muy bien. A través de los años, nazis, fascistas, comunistas, islamistas, militaristas y otros, incluyendo a los peronistas de la primera fase dictatorial del movimiento aún hegemónico, se han esforzado por adoctrinar a niños de corta edad inculcándoles sus doctrinas respectivas, a veces con el propósito de no sólo transformarlos en militantes sino también de convencerlos de traicionar a sus padres actuando como informadores. Así las cosas, puede entenderse el profundo malestar que han ocasionado los intentos proselitistas de miembros de la agrupación oficialista La Cámpora que están procurando difundir su “relato” particular en escuelas públicas y hasta en jardines de infantes. Aún más siniestra, si cabe, es la voluntad indisimulada de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de reivindicar las actividades de los propagandistas del movimiento que lidera: afirma que no se trata de adoctrinamiento sino de “formar argentinos, porque durante mucho tiempo deformaron al argentino”, lo que puede interpretarse como una manera bastante explícita de decirnos que, a su juicio, los reacios a asumir como propio el relato oficialista no son argentinos de verdad. Para sorpresa de nadie, comparte la opinión de su jefa el ministro de Educación nacional, Alberto Sileoni, funcionario que no ha vacilado en informarnos que a su entender la toma de colegios por adolescentes politizados debería considerarse “un triunfo de la democracia” y, desde luego, del sistema educativo nacional a su cargo. En algunos distritos, por lo menos, las autoridades locales están decididas a proteger a los niños de los interesados en someterlos a un lavado de cerebro poniendo fin a las correrías de la versión kirchnerista de la juventud fascista de Benito Mussolini o de los komsomoles soviéticos. En la Capital Federal ya existe una línea telefónica gratuita que pueden usar padres o docentes indignados por la presencia de predicadores de La Cámpora deseosos de difundir el evangelio según Cristina, mientras que el gobierno provincial cordobés se ha comprometido a mantenerlos a raya. También ha reaccionado el gobierno mendocino que, a pesar de haberse alineado con el kirchnerismo, jura estar resuelto a mantener bien separado “lo catedrático” por un lado y “las actividades partidarias” por el otro. Sería de esperar que todos los gobernadores e intendentes adoptaran la misma actitud. En los últimos años en nuestro país ha bajado mucho la calidad de la educación pública; de prosperar los intentos de los militantes de La Cámpora de politizarla, se deterioraría todavía más, sobre todo si se trasladara a las aulas el maniqueísmo faccioso tan típico del pensamiento del oficialismo actual. Que el gobierno y sus adherentes quieran defender su propio ideario es legítimo, pero no lo es que para hacerlo se hayan apropiado de las instituciones que conforman el Estado, además del dinero aportado por todos los contribuyentes para subsidiar medios oficialistas mientras se esfuerzan por eliminar aquellos que, a pesar de todo, se aferran a su independencia. Sin embargo, parecería que la campaña sumamente costosa en tal sentido que se ha organizado para combatir lo que la presidenta –como tantos dictadores europeos y asiáticos de triste memoria, además de los hermanos Castro cubanos y el mandamás venezolano Hugo Chávez– supone son “deformaciones” culturales aún no ha tenido el éxito previsto, razón por la que ha optado por respaldar los esfuerzos de los militantes de La Cámpora. Cuando alardean de “ir por todo” no están pensando sólo en apoderarse de una serie cada vez más extensa de empresas nacionalizadas sino también en hacer del confuso “relato” propio la doctrina nacional por antonomasia. En la segunda mitad de la década de los setenta del siglo pasado los militares, acompañados por “los amigos del Proceso”, intentaron hacerlo con el suyo. Por fortuna fracasaron por completo, como es de prever que fracasen los propagandistas kirchneristas, aunque sólo fuera porque su versión de la realidad es tan fantasiosa como la que han inventado sus correligionarios del Indec.