Los problemas de Unen

El Frente Unen aparece más desunido que nunca. El senador Ernesto Sanz, presidente del radicalismo, ha propuesto un frente amplio y sin distinciones para ganarle al kirchnerismo.

Por Redacción

COLUMNISTAS

Su deseo es confluir con Mauricio Macri del Pro en una alianza republicana para evitar que el balotaje en las presidenciales sea un concurso entre distintas presentaciones peronistas. Para un grueso sector de Unen la unión con Macri suena a sacrilegio, ya que consideran que están en peligro las esencias sagradas de la centroizquierda. De nuevo la religión se mete en la política.

Si se analiza el problema desde el punto de vista de la matemática electoral, la propuesta de Sanz es irrebatible. El Frente Unen carece de un liderazgo atractivo y en el marco de un sistema presidencialista esa carencia lo condena al ostracismo electoral. Por otra parte, de acudir a las elecciones en forma separada, para el Pro existe un riesgo cierto de que Macri quede tercero, a milímetros de Massa o Scioli, que serían los beneficiarios peronistas de la falta de un frente republicano.

Los partidos y grupos que en el Frente Unen se niegan a incorporar a Macri a la alianza argumentan desde el esencialismo. Afirman la necesidad de mantener una coherencia ideológica alrededor de un ideario que permita construir un partido socialdemócrata en el futuro. Para preservar su identidad de centro izquierda, necesitan diferenciarse de la “centro derecha”. Saben que renuncian al presente electoral porque confían en que el futuro alumbrará una fuerza política ideológicamente coherente indispensable para consolidarse y recién entonces pensar en ganar elecciones.

El problema con el que tropieza esta corriente esencialista es doble. Por una parte, el fenómeno irreversible de la personalización de la política. Las ideologías del siglo pasado han quedado herrumbradas y en la sociedad moderna la política gira alrededor de los liderazgos personales. Los electores ya no piensan en términos de derecha o izquierda sino que ofrecen su voto al candidato que les merece mayor confianza. Estamos inmersos en una democracia mediática donde el atractivo carismático de los líderes políticos juega un papel relevante.

Por otra parte, el sistema presidencialista contribuye a la personalización de la política. El ganador de la carrera presidencial se lleva el premio mayor y no hay premios menores para los perdedores que quedan fuera de juego. Como lo demuestra el irrebatible ejemplo del kirchnerismo, en el presidencialismo el poder está concentrado no ya en un partido, sino en una sola persona. El presidente, sintiéndose legitimado por el resultado de las urnas, no es proclive a hacer concesiones a otras fuerzas políticas, incluso las aliadas.

Otra manera de observar el fenómeno es imaginando, en forma contrafáctica, cómo se resolverían los problemas de Unen en el marco de un sistema parlamentario. En este caso, cada fuerza política acudiría a las elecciones con su perfil ideológico y trataría de ganar el máximo número de diputados. Luego, en la Cámara de Diputados, se producirían las alianzas políticas que permitirían conformar la mayoría necesaria para designar al primer ministro. En un sistema parlamentario, los propósitos de construir una fuerza política sólida no serían incompatibles con el de ganar el poder o al menos retener una cuota de poder (obteniendo, por ejemplo, cargos ministeriales).

Mientras nos mantengamos en el marco de un sistema presidencialista, las posibilidades de recomponer el sistema de partidos políticos en Argentina serán remotas. Al mismo tiempo, los riesgos de recaer en un presidencialismo hegemónico que nos traslade rápidamente al populismo serán permanentes. Las experiencias del nuevo período democrático iniciado en 1983 son elocuentes. No sólo en los casos notorios de Menem y el matrimonio Kirchner, sino en el del propio Alfonsín, que en algún momento soñó con fundar un tercer movimiento histórico.

Por el contrario, en el parlamentarismo la propia dinámica del sistema lleva al reforzamiento del rol de los partidos y a un juego cooperativo entre los partidos. Se favorecen las políticas consensuadas y los acuerdos que definen las líneas maestras que configuran las políticas de Estado. Todos los países que salieron del comunismo optaron por un sistema parlamentario y los que optaron por un semipresidencialismo, como Rusia, están ahora pagando las consecuencias.

Es cierto también que bajo el sistema presidencialista -como acontece en Chile- puede que fructifiquen coaliciones entre partidos para garantizar la gobernabilidad. Es probable que en Argentina, a partir del 2016, ante la ausencia de un partido hegemónico que tenga mayoría en el Congreso, se formen coaliciones amplias para garantizar la gobernabilidad en un período complicado. Pero siempre serán inestables porque dependerán de la buena voluntad del titular del Poder Ejecutivo. Mientras no se tome la decisión de cambiar nuestro sistema presidencialista, la tentación cesarista estará siempre latente.

ALEARDO F. LARÍA – aleardolaria@rionegro.com.ar