Luces apagadas
El sábado pasado se apagaron las luces –mejor dicho, algunas luces– en cuatro mil ciudades de más de 120 países, entre ellos el nuestro, en señal de protesta contra los cambios climáticos que muchos atribuyen a las actividades humanas. Si bien es poco probable que “la hora del planeta” haya tenido incidencia alguna en la evolución de la temperatura global, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, no vaciló en calificarla de “un rayo de esperanza”, un sentimiento que según parece es compartido por un sinnúmero de políticos, escritores, cantantes populares, actores y otros comprometidos con un movimiento que, en un lapso muy breve, se ha difundido por buena parte del mundo. Según los convencidos de que los cambios climáticos son “antropogénicos”, o sea, una consecuencia del progreso económico, una manera de combatirlos consistiría en usar menos energía, viajar menos, dejar de talar tantos árboles y llevar a cabo una especie de contrarrevolución agrícola, ya que a esta altura nadie ignora que es mayúsculo el aporte del ganado a la producción de los gases carbónicos considerados culpables del calentamiento global. Irónicamente, personas que ocupan lugares de liderazgo en el movimiento que se ha conformado son ellas mismas responsables de usar mucha más energía de lo que en su opinión debería permitirse. Quienes han tenido acceso a las cuentas del ex vicepresidente norteamericano y Premio Nobel Al Gore, que se ha erigido en un gurú climático muy influyente, nos informan que en su mansión opulenta gasta más en energía eléctrica que muchos pueblos. Asimismo, aunque quienes se dicen más preocupados por el futuro del género humano insisten en que es urgente limitar los vuelos aéreos porque dejan una “huella carbónica” muy grande, tal detalle no impide que con frecuencia miles viajen en avión a lugares turísticos para celebrar reuniones en que denuncian los estragos ocasionados por el turismo masivo. Por su parte, los cantantes de rock que se adhieren al movimiento no parecen sentirse tentados a cancelar los conciertos espectaculares en que se consume tanta electricidad como en una pequeña ciudad. De todos modos, si resulta ser verdad que a menos que reduzcamos muchísimo el consumo de energía nuestro planeta no tardará en hacerse inhabitable, tendremos que resignarnos a un futuro apocalíptico, ya que es nula la posibilidad de que China y la India opten por frenar el desarrollo. Aunque los países actualmente ricos aceptaran procurar bajar las emisiones carbónicas hasta niveles preindustriales, el sacrificio así supuesto no sería suficiente para eliminar el efecto de las producidas en los próximos años por los fabricantes y agricultores de los gigantes asiáticos. Lo que sí haría sería empobrecer a centenares de millones de norteamericanos, europeos y japoneses, privando a los chinos e indios de los ingresos que esperan lograr merced a sus exportaciones. Puede entenderse, pues, que desde que estalló la crisis económica en el Primer Mundo haya mermado el interés popular por medidas draconianas destinadas a “salvar el planeta”. A lo sumo, los habitantes de países acostumbrados a despilfarrar energía están dispuestos a permitir que sus gobernantes colaboren con gestos como apagar las luces en algunos lugares emblemáticos con el propósito de asegurarnos que ellos están tan preocupados como el que más, pero con la excepción de una minoría ya muy rica, ya muy comprometida, no harán mucho más. Así las cosas, pronto sabremos si tienen razón los que afirman que, de prolongarse algunos años más, el progreso económico tal y como lo conocemos tendrá secuelas ambientales catastróficas, comenzando con el calentamiento global, o si están en lo cierto los escépticos que dicen que se trata de un fenómeno natural, que en distintos períodos del pasado –la Edad Media, los tiempos del Imperio Romano– las temperaturas fueron más altas que en la actualidad y que la capacidad del hombre para afectar el clima planetario es en realidad mínima. Por motivos evidentes, será de esperar que los emotivamente comprometidos con la tesis “calentista” se hayan equivocado, pero si bien su prédica ya no parece tan convincente como lo era hace apenas un año, sigue contando con el apoyo de una multitud de políticos, burócratas internacionales e integrantes de las elites culturales.
El sábado pasado se apagaron las luces –mejor dicho, algunas luces– en cuatro mil ciudades de más de 120 países, entre ellos el nuestro, en señal de protesta contra los cambios climáticos que muchos atribuyen a las actividades humanas. Si bien es poco probable que “la hora del planeta” haya tenido incidencia alguna en la evolución de la temperatura global, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, no vaciló en calificarla de “un rayo de esperanza”, un sentimiento que según parece es compartido por un sinnúmero de políticos, escritores, cantantes populares, actores y otros comprometidos con un movimiento que, en un lapso muy breve, se ha difundido por buena parte del mundo. Según los convencidos de que los cambios climáticos son “antropogénicos”, o sea, una consecuencia del progreso económico, una manera de combatirlos consistiría en usar menos energía, viajar menos, dejar de talar tantos árboles y llevar a cabo una especie de contrarrevolución agrícola, ya que a esta altura nadie ignora que es mayúsculo el aporte del ganado a la producción de los gases carbónicos considerados culpables del calentamiento global. Irónicamente, personas que ocupan lugares de liderazgo en el movimiento que se ha conformado son ellas mismas responsables de usar mucha más energía de lo que en su opinión debería permitirse. Quienes han tenido acceso a las cuentas del ex vicepresidente norteamericano y Premio Nobel Al Gore, que se ha erigido en un gurú climático muy influyente, nos informan que en su mansión opulenta gasta más en energía eléctrica que muchos pueblos. Asimismo, aunque quienes se dicen más preocupados por el futuro del género humano insisten en que es urgente limitar los vuelos aéreos porque dejan una “huella carbónica” muy grande, tal detalle no impide que con frecuencia miles viajen en avión a lugares turísticos para celebrar reuniones en que denuncian los estragos ocasionados por el turismo masivo. Por su parte, los cantantes de rock que se adhieren al movimiento no parecen sentirse tentados a cancelar los conciertos espectaculares en que se consume tanta electricidad como en una pequeña ciudad. De todos modos, si resulta ser verdad que a menos que reduzcamos muchísimo el consumo de energía nuestro planeta no tardará en hacerse inhabitable, tendremos que resignarnos a un futuro apocalíptico, ya que es nula la posibilidad de que China y la India opten por frenar el desarrollo. Aunque los países actualmente ricos aceptaran procurar bajar las emisiones carbónicas hasta niveles preindustriales, el sacrificio así supuesto no sería suficiente para eliminar el efecto de las producidas en los próximos años por los fabricantes y agricultores de los gigantes asiáticos. Lo que sí haría sería empobrecer a centenares de millones de norteamericanos, europeos y japoneses, privando a los chinos e indios de los ingresos que esperan lograr merced a sus exportaciones. Puede entenderse, pues, que desde que estalló la crisis económica en el Primer Mundo haya mermado el interés popular por medidas draconianas destinadas a “salvar el planeta”. A lo sumo, los habitantes de países acostumbrados a despilfarrar energía están dispuestos a permitir que sus gobernantes colaboren con gestos como apagar las luces en algunos lugares emblemáticos con el propósito de asegurarnos que ellos están tan preocupados como el que más, pero con la excepción de una minoría ya muy rica, ya muy comprometida, no harán mucho más. Así las cosas, pronto sabremos si tienen razón los que afirman que, de prolongarse algunos años más, el progreso económico tal y como lo conocemos tendrá secuelas ambientales catastróficas, comenzando con el calentamiento global, o si están en lo cierto los escépticos que dicen que se trata de un fenómeno natural, que en distintos períodos del pasado –la Edad Media, los tiempos del Imperio Romano– las temperaturas fueron más altas que en la actualidad y que la capacidad del hombre para afectar el clima planetario es en realidad mínima. Por motivos evidentes, será de esperar que los emotivamente comprometidos con la tesis “calentista” se hayan equivocado, pero si bien su prédica ya no parece tan convincente como lo era hace apenas un año, sigue contando con el apoyo de una multitud de políticos, burócratas internacionales e integrantes de las elites culturales.
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