Lula y la izquierda

Por Redacción

Para enojo de muchos simpatizantes y fruición de los demás, hace poco el presidente brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva declaró que en verdad nunca le había gustado ser catalogado como “un hombre de izquierda”, razón por la que no le habrá molestado mucho los resultados de una encuesta reciente según los cuales el 38% de sus compatriotas considera que su gobierno es “de derecha” o por lo menos de “centroderecha”, aunque es de suponer que tampoco le gustaría verse ubicado en dicha zona del espectro ideológico. Como entiende muy bien el ya ex paladín de “la izquierda” latinoamericana, incluso en Europa las categorías políticas así denominadas han perdido buena parte de su sentido original, mientras que trasladadas a nuestra región sólo sirvieron para sembrar confusión al reivindicar “izquierdistas” figuras tradicionalmente consideradas propias de la ultraderecha y al proponer “derechistas” medidas que hubieran contado con la plena aprobación de los socialistas de antaño. Huelga decir que la costumbre de tildar de “izquierdista” al dictador Fidel Castro se basa más en el recuerdo de entusiasmos personales ya casi olvidados y en la noción perversa de que el nacionalismo antinorteamericano es de por sí “progresista”, que en lo que ha hecho en Cuba. En cuanto al ex golpista militar y actual presidente venezolano Hugo Chávez, tomarlo por “un hombre de izquierda” es absurdo, pormenor que no parece preocupar en absoluto a sus admiradores “izquierdistas” locales.

De todos modos, el fastidio que siente Lula cuando lo califican de “izquierdista” no puede atribuirse a su deseo de congraciarse con nadie. Se debe, más bien, a que los popes izquierdistas del Brasil y de otros países latinoamericanos se han puesto a acusarlo de “traicionar” su credo, postura que acaso sería lamentable si lo que exigían los dogmáticos fuera factible pero que puesto que no lo es debería tomarse por un mérito. Es que todo hace pensar que Lula realmente quiere mejorar las condiciones en las que vive la mayoría abrumadora de los brasileños y sabe que apostando a una “epopeya” condenada de antemano al fracaso no le permitiría hacerlo. Por el contrario, de haber optado Lula “romper” por completo con el pasado y con el mundo desarrollado en nombre de una utopía supuestamente izquierdista, alternativa que sin duda alguna le hubiera granjeado el aplauso de los autodenominados progresistas no sólo aquí sino también en Europa, las consecuencias para el Brasil habrían sido aún más nefastas que las sufridas por nuestro país a causa del colapso ignominioso del gobierno de Fernando de la Rúa.

Los latinoamericanos, lo mismo que los habitantes de Asia, África y Europa oriental, podemos elegir entre intentar adaptarnos al mundo que efectivamente existe por un lado y, por el otro, negarnos a hacerlo para entonces procurar consolarnos entregándonos a fantasías ideológicas o religiosas que sirvan para echar la culpa por la miseria, la corrupción, la arbitrariedad autoritaria y la desigualdad extrema al “Primer Mundo”, cuando no a Estados Unidos. El primer camino es difícil, ¿qué duda cabe?, pero es el único que podría conducirnos a un destino tolerable. En cambio, el segundo sólo puede resultar materialmente beneficioso para un puñado de dirigentes y emotivamente estimulante para sus corifeos cuyo odio por lo ajeno suele ser decididamente más fuerte que su amor al prójimo. Felizmente para los cien millones o más de brasileños que son pobres, ya es evidente que Lula no tiene la más mínima intención de rifar su futuro organizando un gran show “izquierdista” sino que, consciente de que por mediocres que sean los resultados de una gestión responsable serán infinitamente preferibles a los que arrojaría una aventura, ha resuelto enfrentar con seriedad los muchos desafíos planteados por el atraso. ¿Tratará de emularlo Néstor Kirchner en cuanto por fin haya terminado “construyendo poder”? Esperemos que sí porque a menos que su gobierno haga un esfuerzo auténtico por reanudar la tarea supuesta por la necesidad de adaptar el país a las circunstancias actualmente imperantes, no habrá forma de salir del pantano del subdesarrollo en el que décadas de políticas equivocadas, de demagogia y de corrupción clientelista nos han precipitado.


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