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Manuel Belgrano, vida de un prócer olvidado

Reducido a creador de la bandera, su genio y figura se diluyen como no sucede con ninguno de los padres fundadores de la patria. A 200 años de su muerte, Felipe Pigna, entrevistado por Río Negro, recorre sus aspectos más sobresalientes.

Ay, patria mía!” ¿Fueron estas las últimas palabras de Manuel Belgrano? Si es que lo fueron, y acaso lo fueron, ¿de qué se lamentaba Belgrano en su empobrecido lecho de muerte, la helada mañana del 20 de junio de 1820? Él, que había sido el mejor de los suyos, esperaba su muerte en la misma casa porteña donde había nacido hacía apenas 50 años. No era su propio destino lo que lamentaba Manuel Belgrano, sino el de un país que terminaba de ser tal y al que le faltarían muchos años, muchas guerras y mucha sangre más para serlo; si es que hoy, doscientos años después de aquellas palabras finales, es este el país por el que aquel hombre dio su vida y su riqueza.

Porque Manuel Belgrano, hijo de un acomodado comerciante de origen genovés, pudo ser un hombre rico y con una vida confortable en la Buenos Aires colonial de fines del siglo XVIII, cuando regresó de España, tras haber estudiado Leyes en Salamanca y Valladolid. Fue designado por la corona española secretario del flamante Consulado de Buenos Aires, cargo que asumió en junio de 1794 y que abandonó poco antes de la Revolución de Mayo, en 1810.

Fue en el Consulado que comenzó a delinear un proyecto de país que incluía la educación pública y gratuita, la igualdad de género, fomentaba la agricultura, la industria local y el comercio libre de monopolios, entre otras ideas que se chocaban de frente con los intereses virreinales. Por lo que fue evidente para él que, ante todo, era menester ser libres. Y para ser libres fue que luchó con la espada y con las ideas hasta aquel último suspiro que fue lamento.

Pero, como dirá el historiador Felipe Pigna, autor de “Belgrano. Vida y pensamiento de un revolucionario”, en un tramo de su entrevista con Río Negro, fue un hombre que estuvo muy solo, en su tiempo y en los tiempos que corren.

Solo y olvidado, agregará: es el único prócer al que no se lo recuerda. Su nacimiento, como el de todos los hombres de la historia, pasa inadvertido; y su muerte se conoce como el Día de la Bandera.


La creación de la bandera fue, para el gobierno centralista de Buenos Aires dominado por Rivadavia, una desobediencia. Por suerte, no fue la única “desobediencia” de Belgrano.


¿Qué sucedió con su pensamiento? ¿Por qué su accionar militar se reduce a sus derrotas, ignorando las circunstancias en que estas ocurrieron y eclipsando las no menos importantes batallas ganadas? ¿Qué hay de su diplomacia, clave en el devenir del proceso independentista? Belgrano fue un héroe de esta patria o, como prefiere recordarlo Pigna, un padre fundador.

2020 es, contra todo olvido, el año de Belgrano. Y lo es por partida doble: porque se cumplen 250 años de su nacimiento y porque se cumple el bicentenario de su muerte. Más aún junio de 2020 lo es. Nacido el 3 de junio de 1770 en una Buenos Aires que aún pertenecía al Virreinato del Perú, murió el 20 de junio 1820 en otra Buenos Aires, anárquica y salpicada por la sangre de una guerra civil a la que le quedarían muchos años más de cruentas batallas.

Hace unos días, en una entrevista en vivo que se pudo ver por la cuenta de Instagram de Río Negro, Felipe Pigna explicaba las razones que lo motivaron a sumergirse en la vida y el pensamiento de Belgrano. Una de ellas está mencionada en las primeras líneas del libro y es el reclamo de sus lectores: necesitaban saber más sobre el creador de la bandera.

Se construye una historia infantil de todos sus protagonistas subestimando la capacidad de interpretación de los niños”.

Felipe Pigna, historiador.

Pero también había razones de índoles reivindicativas hacia la figura de un hombre que luchó por la independencia desde las invasiones inglesas, hasta meses antes de su muerte. “Me interesó la enorme coherencia de este personaje, no hay contradicción entre lo que dice y lo que hace. Un hombre de una gran inteligencia y un altísimo nivel intelectual por sus años de formación en Salamanca donde lee filósofos de la revolución francesa y los economistas italianos, franceses e ingleses que lo marcarían para siempre y le darían un sentido a sus ideas”.

Pero también porque, dirá Pigna, “me pareció también que estaba muy solo y olvidado. Reducido a ser el creador de la bandera en esta cosa tan particular que suele tener la historia oficial en el recorte de los personajes: San Martín cruzó los Andes, Belgrano creó la bandera, Sarmiento solo creó escuelas… De este modo, perdemos las dimensiones extraordinarias que tiene el pensamiento de estos personajes de la historia argentina”.

El historiador le apunta al modo en que la historia suele reducirse a un relato escolar cometiendo así un doble error: que las personas van a transitar la historia solo en la infancia y que los niños carecen de capacidad de comprensión: “Es parte de un planteo muy equivocado que sostiene que aprendemos historia solo en la escuela, por lo tanto se construye una historia infantil de todos sus protagonistas subestimando la capacidad de interpretación de los niños”.


2020 es el año de Belgrano porque se cumplen 250 años de su nacimiento, pero sobre todo porque hoy se cumplen 200 años de su muerte, ocurrida el 20 de junio de 1820, en Buenos Aires.


“Se pensó como una historia para escolares en la que había que quitar los conflictos que generarían sus pensamientos e ideas, entonces se hizo una historia general aferrada a las efemérides dejando de lado sus pensamientos y sus conflictos y sus contradicciones”. En el caso de Belgrano, Pigna remarca que “fue un hombre muy completo. Porque además fue un buen militar”.

Cuando decidió enrolarse en las milicias para enfrentar las invasiones inglesas Pigna destaca que Belgrano contrató lo que hoy llamaríamos un coach para mejorar su performance en el campo de batalla, dado que no tenía formación militar.

También fue decisivo su desempeño en la campaña al Alto Perú resistiendo los empates realistas, pero sobre todo con el famoso Éxodo jujeño, que no fue una retirada, sino una acción militar brillante, tal como sostiene Pigna. “Belgrano se sabe en desigualdad de condiciones porque la campaña venía de una derrota muy dura como la de Huaqui y propone dejar tierra arrasada a un enemigo que avanzaba exhausto tras atravesar la puna y que pretendía llegar al valle para abastecerse”.

Belgrano, un hombre de las leyes y las ideas, decidió lanzarse al campo de batalla porque sabía ninguna de sus ideas eran posibles sin libertad y porque, aún sin formación militar, era un hombre valiente. Tras su experiencia en la segunda invasión inglesa y luego de que la Revolución de Mayo terminase con el virreinato, la Primera Junta, de la que él era parte, lo envió al mando de la expedición militar al Paraguay. Fue la primera de muchas incursiones en el marco de la Guerra de Independencia contra los ejércitos realistas. Luego vendrán las incursiones en el norte hasta su reemplazo por José de San Martín, uno de sus pocos aliados y con quien entabló una profunda amistad.

Suele cuestionarse su capacidad como militar por sus derrotas, pero se pierden de vista las condiciones en que Belgrano fue enviado a la guerra con ejércitos escasos y muy poco apoyo material. Aun así, su capacidad para leer el campo de batalla lo muestra como un hombre que supo compensar con inteligencia y valor lo que quizás le faltaba de práctica.

“La misión al Paraguay no es un fracaso”, aclara Pigna, y destaca algo que es propio de Belgrano: pensar el proyecto de país desde el campo de batalla o en camino hacia él. En este caso, se trata de uno de los proyectos más importantes de su vida política: el reglamento para los pueblos de las Misiones, que Juan Bautista Alberdi anotará como antecedente de la constitución nacional y que es un ensayo constitucional en sí mismo, donde le otorga derechos a los pueblos originarios, su propia lengua al plantear escuelas bilingües, reconoce derechos laborales, es un antecedente extraordinario que escribe en diciembre de 1810 camino al Paraguay.

“Se percibía así de una manera maligna”, aclara Pigna sobre los cuestionamientos a su capacidad como militar. “Los unitarios, los Alvear, los Rivadavia, que no lo querían para nada. Belgrano se oponía a continuar la campaña al Alto Perú del modo en que lo estaba haciendo porque sabía que no estaba en condiciones de afrontarla, sin embargo, los que insistían eran los gobernantes de Buenos Aires sabiendo que lo estaban mandando al muere ”.

Pero Belgrano no solo no muere, sino que resiste. Y lo hace junto a otro padre fundador no del todo dimensionado por esa historia de corte liberal a la que le apunta Pigna: Martín Miguel de Güemes y sus Gauchos Infernales.

“No hay de dónde agarrarse para decir que Belgrano era un mal militar. Es parte de una mala historia”, concluye Pigna al respecto.

Es curioso (o no) que “Belgrano sea el único prócer o, como me gusta decir a mí, padre fundador que no tenga su día. Creo que tiene que ver con esta incomodidad que ha generado su pensamiento y su actitud. La cantidad de cosas de las que se ocupaba (mientras iba a la guerra, no en la comodidad de un despacho): la salud y la educación pública y gratuitas, la igualdad de género, la industria nacional cuando dice que los países civilizados se cuidan de no exportar materia prima sin antes transformarla localmente… ‘No exportemos cuero, exportemos zapatos’, decía. Año 1798”.

Las ideas y el proyecto de país que movilizaron a Belgrano y fueron el motor de la Revolución de Mayo 200 años después de su muerte siguen siendo parte de la agenda pública. Porque, como sostiene Andrés Rivera: la revolución es un sueño eterno.


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