Mensajes nada conciliatorios

Redacción

Por Redacción

A pocos días de las elecciones, sería de suponer que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus simpatizantes, los que según todos los pronósticos se encaminan hacia un triunfo aplastante en las urnas, harían un esfuerzo por convencer a la ciudadanía de que la virtual “hegemonía” que esperan conseguir no significará el inicio de una nueva etapa de autoritarismo prepotente, equiparable con los protagonizados en su momento por Juan Domingo Perón, Isabel Martínez de Perón y José López Rega sino, por el contrario, el de una que se verá caracterizada por la tolerancia y la unidad nacional. Puede que algunos asesores presidenciales sí les hayan aconsejado procurar brindar una impresión de ecuanimidad y amplitud de miras, pero de ser así ciertos representantes notorios del oficialismo no comparten su punto de vista. Hace poco, el ministro de Economía y compañero de fórmula de Cristina, Amado Boudou, sorprendió ingratamente a muchos atacando con furia santa a varios periodistas a los que calificó de “profetas del odio y del fracaso”, tratándolos como los únicos opositores dignos de mencionar y, lo que es peor aún, el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, lideró una patota que, en el barrio porteño de Núñez, increpó físicamente a militantes del PRO, sin que enseguida la presidenta lo echara del gobierno. Si bien cierto grado de violencia verbal es normal en las campañas electorales, por lo general quienes la practican son los integrantes más rústicos de agrupaciones extremistas, no personas como Boudou que, además de ser el responsable de manejar la economía nacional, presuntamente fue seleccionado por Cristina para encabezar la línea de sucesión porque entendía que era el hombre indicado para atraer a votantes de clase media. De todos modos, la actitud agresiva asumida por Boudou, combinada con el matonismo truculento al que Moreno ya nos tiene acostumbrados, no puede sino ser motivo de viva preocupación entre los genuinamente comprometidos con la democracia republicana. Con el aval implícito de la presidenta Cristina en cuyo nombre actuaban, Boudou, Moreno y otros oficialistas se han encargado de enviar un mensaje siniestro tanto a todos aquellos que no comparten su fervor desbordante por la causa kirchnerista, como a los muchos que, de creerse respaldados por un gobierno que cuenta con la aprobación mayoritaria, estarán más que dispuestos a pisotear los derechos ajenos. Puesto que la oposición está tan fragmentada como desorientada y Cristina domina por completo el movimiento que se aglutinó en torno a su marido y que, un tanto paradójicamente, se vio fortalecido por su fallecimiento, está en condiciones de determinar no sólo la estrategia política, económica y social de su gobierno, sino también su estilo, por llamarlo así. ¿Quiere ser presidenta de un gobierno típicamente tercermundista, que emplee bandas de matones de mentalidad fascista para perseguir a los disidentes, o de uno que esté firmemente comprometido con los principios que rigen en todas las democracias avanzadas? A menos que pronto tome medidas para disciplinar a personajes como Moreno y aconseje a otros miembros de su equipo, incluyendo a Boudou, a adoptar una postura más conciliatoria hacia quienes a veces discrepan con la actual verdad oficial, habrá motivos para suponer que ha elegido la primera alternativa, la del autoritarismo basado en la noción de que la mayoría de turno tenga derecho a exigir la unanimidad. En tal caso, al país le aguardarían algunos años sumamente deprimentes –de plomo– signados por el repudio al pluralismo. No sería la primera vez que algo así sucediera, ya que desde lograr la independencia la Argentina se ha visto gobernada esporádicamente por gobiernos civiles y militares autoritarios que, confiados en contar con el apoyo decidido de una mayoría que resultaría ser meramente coyuntural, se han ensañado con quienes pensaban distinto. Es posible que sean exagerados los temores de quienes sospechan que los kirchneristas serán incapaces de resistirse a la tentación de aprovechar el previsto triunfo electoral de Cristina para rematar lo que llaman la “batalla cultural” silenciando a sus adversarios por los medios que fueran, pero en vista de lo que ha ocurrido en los días últimos, puede comprenderse la inquietud que algunos sienten.


A pocos días de las elecciones, sería de suponer que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus simpatizantes, los que según todos los pronósticos se encaminan hacia un triunfo aplastante en las urnas, harían un esfuerzo por convencer a la ciudadanía de que la virtual “hegemonía” que esperan conseguir no significará el inicio de una nueva etapa de autoritarismo prepotente, equiparable con los protagonizados en su momento por Juan Domingo Perón, Isabel Martínez de Perón y José López Rega sino, por el contrario, el de una que se verá caracterizada por la tolerancia y la unidad nacional. Puede que algunos asesores presidenciales sí les hayan aconsejado procurar brindar una impresión de ecuanimidad y amplitud de miras, pero de ser así ciertos representantes notorios del oficialismo no comparten su punto de vista. Hace poco, el ministro de Economía y compañero de fórmula de Cristina, Amado Boudou, sorprendió ingratamente a muchos atacando con furia santa a varios periodistas a los que calificó de “profetas del odio y del fracaso”, tratándolos como los únicos opositores dignos de mencionar y, lo que es peor aún, el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, lideró una patota que, en el barrio porteño de Núñez, increpó físicamente a militantes del PRO, sin que enseguida la presidenta lo echara del gobierno. Si bien cierto grado de violencia verbal es normal en las campañas electorales, por lo general quienes la practican son los integrantes más rústicos de agrupaciones extremistas, no personas como Boudou que, además de ser el responsable de manejar la economía nacional, presuntamente fue seleccionado por Cristina para encabezar la línea de sucesión porque entendía que era el hombre indicado para atraer a votantes de clase media. De todos modos, la actitud agresiva asumida por Boudou, combinada con el matonismo truculento al que Moreno ya nos tiene acostumbrados, no puede sino ser motivo de viva preocupación entre los genuinamente comprometidos con la democracia republicana. Con el aval implícito de la presidenta Cristina en cuyo nombre actuaban, Boudou, Moreno y otros oficialistas se han encargado de enviar un mensaje siniestro tanto a todos aquellos que no comparten su fervor desbordante por la causa kirchnerista, como a los muchos que, de creerse respaldados por un gobierno que cuenta con la aprobación mayoritaria, estarán más que dispuestos a pisotear los derechos ajenos. Puesto que la oposición está tan fragmentada como desorientada y Cristina domina por completo el movimiento que se aglutinó en torno a su marido y que, un tanto paradójicamente, se vio fortalecido por su fallecimiento, está en condiciones de determinar no sólo la estrategia política, económica y social de su gobierno, sino también su estilo, por llamarlo así. ¿Quiere ser presidenta de un gobierno típicamente tercermundista, que emplee bandas de matones de mentalidad fascista para perseguir a los disidentes, o de uno que esté firmemente comprometido con los principios que rigen en todas las democracias avanzadas? A menos que pronto tome medidas para disciplinar a personajes como Moreno y aconseje a otros miembros de su equipo, incluyendo a Boudou, a adoptar una postura más conciliatoria hacia quienes a veces discrepan con la actual verdad oficial, habrá motivos para suponer que ha elegido la primera alternativa, la del autoritarismo basado en la noción de que la mayoría de turno tenga derecho a exigir la unanimidad. En tal caso, al país le aguardarían algunos años sumamente deprimentes –de plomo– signados por el repudio al pluralismo. No sería la primera vez que algo así sucediera, ya que desde lograr la independencia la Argentina se ha visto gobernada esporádicamente por gobiernos civiles y militares autoritarios que, confiados en contar con el apoyo decidido de una mayoría que resultaría ser meramente coyuntural, se han ensañado con quienes pensaban distinto. Es posible que sean exagerados los temores de quienes sospechan que los kirchneristas serán incapaces de resistirse a la tentación de aprovechar el previsto triunfo electoral de Cristina para rematar lo que llaman la “batalla cultural” silenciando a sus adversarios por los medios que fueran, pero en vista de lo que ha ocurrido en los días últimos, puede comprenderse la inquietud que algunos sienten.

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