Movimiento virtual
De presentarse alternativas realmente convincentes, el electorado podría darles la espalda a la UCR y el PJ y sus vicios típicos.
El ex vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez dista de ser el primer político notable que, convencido de que ningún partido o movimiento existente le serviría para impulsar su «proyecto» particular, haya optado por fundar otro. Es lo que hicieron Juan Domingo Perón, Arturo Frondizi, Alvaro Alsogaray, Gustavo Beliz y Domingo Cavallo. De éstos, el primero tuvo tanto éxito que remodeló por completo el panorama nacional y, si bien el PJ actual es muy distinto de su antecesor de más de medio siglo atrás, sigue siendo la agrupación política más poderosa del país. Asimismo, la Acción por la República de Cavallo ha logrado conquistar una cuota de poder parlamentario nada desdeñable y, al renovarse el prestigio de su jefe, no sorprendería que lo viera aumentar en las próximas elecciones.
En principio, el recién nacido «Movimiento de Participación Ciudadana» que Alvarez acaba de presentar a través de Internet -un canal comunicativo que es sin duda moderno pero que no es muy eficaz- debería poder emular el partido de Cavallo porque, lo mismo que éste, se basa en lo que muchísimas personas están reclamando: una forma nueva de hacer política que esté libre de los vicios típicos del PJ y de la UCR, organizaciones que al desactualizarse sus respectivas «doctrinas» se han convertido en aparatos electoralistas cuya función principal parece consistir en repartir cargos provechosos entre quienes los manejan. Puede que el descrédito de la «vieja política» aun no haya supuesto el colapso del poder de convocatoria de los dos movimientos que la encarnan, pero de presentarse alternativas realmente convincentes al PJ y la UCR, el electorado bien podrían darles la espalda.
Sin embargo, para desconcierto de sus muchos simpatizantes, sobre todo de los militantes del Frepaso que todavía lo reconocen como su jefe más carismático y popular, el propio Alvarez ha insistido en que «quienes participamos en este movimiento acordamos que en el mismo no se debatirán ni seleccionarán candidaturas electorales o cargos políticos». De más está decir que la fobia así expresada plantea muchas preguntas. Si bien la negativa del fundador a preocuparse por candidaturas reduciría el riesgo de que el MPC se entregara al internismo y a la corrupción que a menudo lo acompaña, transformándose de este modo en una réplica en escala menor de los partidos cuyas modalidades están en la raíz de la crisis ética que lo llevó a renunciar a su puesto de vicepresidente, también lo privaría de la posibilidad de acceder al poder, lo cual, claro está, limitaría severamente su influencia política. Por supuesto, un gran movimiento cívico comprometido con la transparencia podría obligar a los partidos auténticos a respetar ciertas reglas, pero ocurre que un movimiento informal de este tipo ya está en marcha y no se dan motivos para creer que Alvarez pueda erigirse en su líder indiscutido. En nuestro país, no han servido para mucho los intentos de organizar «corrientes de opinión» ya existentes con el propósito de potenciarlas sin por eso aspirar a formar en torno de ellas un partido dispuesto a disputar cargos electivos a fin de conseguir el poder necesario para instrumentar los cambios considerados imprescindibles.
Por ahora cuando menos, el MPC chachista se asemeja mucho a aquellos «ateneos» o «fundaciones» que con frecuencia establecen dirigentes deseosos de formar equipos que serían capaces de ayudarlos en el caso de que un día lleguen a una posición de poder. Es un método que ha brindado frutos valiosos a ciertos economistas -entre ellos Cavallo-, pero no es muy fácil imaginar una equivalente «moral» de la Fundación Mediterránea que contribuya a cambiar el rumbo de la República. Así, pues, siempre y cuando Alvarez no se haya propuesto conformarse de ahora en adelante con intentar desempeñar un rol que tal vez sería apropiado para un comentarista o gurú desvinculado de cualquier movimiento organizado, tarde o temprano tendrá que reincorporarse al «sistema», aceptando que no todas las exigencias de la política son forzosamente malignas y que, aun cuando la falta de responsabilidades ejecutivas pueda ahorrarle la necesidad de trabajar con corruptos, también le impediría actuar contra «la vieja política» con algo más contundente que palabras.