¿Muchos o pocos médicos?

Redacción

Por Redacción

La presidenta Fernández ha vuelto a plantear el ya remanido tema de la cantidad de médicos (una gran cantidad según ella) y su distribución en la geografía nacional. Pero si los médicos son muchos o pocos es un dato comparativo que no significa nada en sí mismo, si no se toman en cuenta algunos factores que explican esa distribución de la que tanto se habla y que en realidad constituye un problema bastante más serio de lo que parece. En primer lugar los médicos migran en dos sentidos: en la geografía y en la especialidad que eligen. De tal manera que, si bien es cierto que faltan médicos en amplias zonas del interior país, no lo es menos que también faltan en ciertas especialidades, aun en los grandes centros urbanos. La neonatología y los servicios de cuidados intensivos o emergentología son un ejemplo de ello. Muchos médicos ya no “van” a esas especialidades donde el futuro previsible es el de burn out, pasando años de su vida en prolongadas jornadas laborales. La medicina domiciliaria y los cuidados paliativos tampoco parecen atraer a los jóvenes galenos. Muchos clínicos y médicos de familia se orientan a especializaciones más rentables. Más de cuarenta años después de empezar a hablar de la atención primaria de la salud, condimento presente en los discursos de todos los ministros y políticos desde entonces, la disponibilidad de médicos capacitados para el primer nivel de atención, tanto en áreas rurales como urbanas, sigue siendo un problema crítico en los sistemas de salud provinciales y municipales. La cantidad adecuada de médicos en cada lugar, como es el caso de cualquier profesional que vende sus servicios en el sector gubernamental o en el privado, depende de un conjunto de estímulos relacionados con la remuneración, las condiciones de trabajo (un aspecto singularmente importante) y las expectativas de futuro. Los médicos se mueven, en el territorio y en su elección de una especialidad, motivados por un conjunto de señales que reciben del sistema de salud dentro del cual van a desempeñarse y, en un sentido más abarcativo, del conjunto de valores vigentes en la sociedad que indican qué es éxito y qué no. Esas señales deberían ser producto de un conjunto de decisiones de política sanitaria nacional que definan el para qué necesitamos esos profesionales y el cómo se van a insertar y desarrollar sus carreras. Por otra parte la universidad, formadora de médicos, ya acumula algunas décadas de trágico divorcio con una realidad laboral que prefiere ignorar, básicamente por razones políticas. La presidenta ha planteado así, seguramente sin intención, un debate de fondo en la reforma pendiente de nuestro sistema de salud. Y es que ni este gobierno ni antes el de la Alianza tuvieron la menor intención de modificar las reglas de juego de la organización (y el financiamiento) de un sistema sanitario que, más allá de la retórica de los ocasionales funcionarios, hace agua en materia de cobertura real, equidad, calidad y eficiencia. En tanto no se reordene la forma en que enormes cantidades de dinero (ocho a diez puntos del PBI, según la fuente) se distribuyen y utilizan, y ello se haga en forma transparente, equilibrada y en función de objetivos sanitarios, la gran mayoría de los médicos seguirán siendo una masa laboral sobre cuyos ingresos se ajustan los desequilibrios presupuestarios del Estado, las crisis del financiamiento de la seguridad social y los flujos financieros del sector privado. Entretanto la mayoría seguirá erosionando lentamente sus vocaciones en el multiempleo, con contratos precarios (difíciles de encontrar en otros ámbitos de la actividad económica) y buscando alternativas económicas sin mayor relación con lo que el país necesita. Simplemente porque, más allá de los discursos, nuestro sistema de salud explotó hace rato y nadie junta los pedazos. (*) Médico. Máster en Economía y Ciencias Políticas. Exsecretario de Salud de Río Negro

JAVIER O. VILOSIO (*)


La presidenta Fernández ha vuelto a plantear el ya remanido tema de la cantidad de médicos (una gran cantidad según ella) y su distribución en la geografía nacional. Pero si los médicos son muchos o pocos es un dato comparativo que no significa nada en sí mismo, si no se toman en cuenta algunos factores que explican esa distribución de la que tanto se habla y que en realidad constituye un problema bastante más serio de lo que parece. En primer lugar los médicos migran en dos sentidos: en la geografía y en la especialidad que eligen. De tal manera que, si bien es cierto que faltan médicos en amplias zonas del interior país, no lo es menos que también faltan en ciertas especialidades, aun en los grandes centros urbanos. La neonatología y los servicios de cuidados intensivos o emergentología son un ejemplo de ello. Muchos médicos ya no “van” a esas especialidades donde el futuro previsible es el de burn out, pasando años de su vida en prolongadas jornadas laborales. La medicina domiciliaria y los cuidados paliativos tampoco parecen atraer a los jóvenes galenos. Muchos clínicos y médicos de familia se orientan a especializaciones más rentables. Más de cuarenta años después de empezar a hablar de la atención primaria de la salud, condimento presente en los discursos de todos los ministros y políticos desde entonces, la disponibilidad de médicos capacitados para el primer nivel de atención, tanto en áreas rurales como urbanas, sigue siendo un problema crítico en los sistemas de salud provinciales y municipales. La cantidad adecuada de médicos en cada lugar, como es el caso de cualquier profesional que vende sus servicios en el sector gubernamental o en el privado, depende de un conjunto de estímulos relacionados con la remuneración, las condiciones de trabajo (un aspecto singularmente importante) y las expectativas de futuro. Los médicos se mueven, en el territorio y en su elección de una especialidad, motivados por un conjunto de señales que reciben del sistema de salud dentro del cual van a desempeñarse y, en un sentido más abarcativo, del conjunto de valores vigentes en la sociedad que indican qué es éxito y qué no. Esas señales deberían ser producto de un conjunto de decisiones de política sanitaria nacional que definan el para qué necesitamos esos profesionales y el cómo se van a insertar y desarrollar sus carreras. Por otra parte la universidad, formadora de médicos, ya acumula algunas décadas de trágico divorcio con una realidad laboral que prefiere ignorar, básicamente por razones políticas. La presidenta ha planteado así, seguramente sin intención, un debate de fondo en la reforma pendiente de nuestro sistema de salud. Y es que ni este gobierno ni antes el de la Alianza tuvieron la menor intención de modificar las reglas de juego de la organización (y el financiamiento) de un sistema sanitario que, más allá de la retórica de los ocasionales funcionarios, hace agua en materia de cobertura real, equidad, calidad y eficiencia. En tanto no se reordene la forma en que enormes cantidades de dinero (ocho a diez puntos del PBI, según la fuente) se distribuyen y utilizan, y ello se haga en forma transparente, equilibrada y en función de objetivos sanitarios, la gran mayoría de los médicos seguirán siendo una masa laboral sobre cuyos ingresos se ajustan los desequilibrios presupuestarios del Estado, las crisis del financiamiento de la seguridad social y los flujos financieros del sector privado. Entretanto la mayoría seguirá erosionando lentamente sus vocaciones en el multiempleo, con contratos precarios (difíciles de encontrar en otros ámbitos de la actividad económica) y buscando alternativas económicas sin mayor relación con lo que el país necesita. Simplemente porque, más allá de los discursos, nuestro sistema de salud explotó hace rato y nadie junta los pedazos. (*) Médico. Máster en Economía y Ciencias Políticas. Exsecretario de Salud de Río Negro

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