Mundo Aristimuño

En mi música está la geografía de la Patagonia, el viento tatuado en mi ser, la calidez de las personas. Eso tengo de diferente quizá con los músicos porteños

Redacción

Por Redacción





A “Dabi” le pasó lo que a tantos. Era una de sus noches libres y enfiló para el clásico cantobar, hoy extinto. Subió a un taxi, direccionó al chofer y llegó al infierno de los apostadores. Superó la sala donde una pequeña bola saltarina y maldita se queda con vidas ajenas, y se zambulló en la intimidad de otra con un escenario, un par de barras y el silencio que vacía el ruido mordaz de las máquinas tragailusiones. Esperaba divertirse viendo ante un micrófonos a algún anónimo despojado de pudores, la máquina de pistas y el coreo risueño de los que no se animaban al bochorno. Eso eran los cantobares de antaño. Sitios para jugar –¿otro gran acierto del casino?– a ser “alguien” antes de regresar a la vida anónima de todos los días. Pero esa noche fue diferente porque sobre el escenario cantaba un muchacho de prolijo desaliño, la voz penetrante, susurro de hechizo. Lisandro Aristimuño no recuerda particularmente esa noche de verano, pero sí que se presentó “tantas” veces en casinos de la zona antes de ser Lisandro Aristimuño el de “Azules turquesas”, “Ese asunto de la ventana”, “39º”, y “Mundo anfibio”, su (ante)última criatura. Corrían fines de los 90 y mientras el menemismo jugaba a la ruleta con las vidas de los ciudadanos, y el pozo acumulado se lo llevaban pocos, el rionegrino se paseaba con su guitarra y la certeza de tener el destino escrito en un pentagrama. Llegó a la estación de Retiro y se encontró con que las bandas sonoras porteñas eran grupos de indignados de ollas atronadoras. Las crisis provocan fuertes rupturas sociales, también generan oportunidades. A él le sucedió. Editó rápido un disco, se juntó con el amor de su vida, irrumpió en el ambiente, sorprendió por ecléctico, versátil y patagónico, buceó por otras culturas, se compró un cómodo departamento en Chacarita, ganó premios, se dejó llamar el chico cool del mundillo del rock, lo cobijaron algunos grandes como lo hizo él hace un par de horas con su beba de tres meses. Está sentado y dispuesto a dialogar de la vida y de su obra, su obra y la vida. El que volverá este miércoles a la región (a la disco Meet, de Cipolletti, a las 22) será un Lisandro Aristimuño diferente. Armonioso y cándido, sí, más músico también. –“Mundo anfibio” es un disco ambicioso, por su esencia en el sonido pero también por la intensa búsqueda artística que murmura en el trasfondo. –Creo que este disco abrió un poco más el espectro, tiene otro estilo, un poco más separado de los anteriores, que tenían una concepción más folclórica. Quería acercarme más al rock, al rock de antaño, por eso investigué durante meses en los registros de la memoria, escuché a Sumo, a Pescado Rabioso… No es que no lo había hecho antes, porque con ellos viajé cientos de kilómetros por bares de la Patagonia. Pero esta vez los escuché de manera diferente, saqué ideas, muchas. El concepto del disco es más crudo, más directo, como un cachetazo. La crítica fue muy buena, y estoy eternamente feliz. “‘Mundo anfibio’ es un ciclo de canciones envueltas por un sonido que deslumbra tanto por lo ambicioso de su concepción como por la justeza de su concreción (…) Voces deformes, canciones infantiles, melodías orientales contribuyen a completar el clima onírico, entre la epifanía y la pesadilla. Hay canciones gloriosas…”, escribió en la “Rolling Stone” argentina el crítico Claudio Kleiman después de escuchar la placa. –¿Qué te sorprendió de ese revisionismo roquero? –Antes se laburaba con mayor concepto de la obra, tipos como Charly, Fito y tantos otros le ponían dedicación a hacer algo más completo. En la actualidad eso no se ve porque los tiempos corren y las multinacionales te corren. Mi idea con “Mundo Anfibio” fue manejar un mismo concepto, desde la tapa hasta la última canción. Volver a lo artesanal, escaparle a lo plástico, eso que nos devoró desde los 90. Ahora cualquiera saca un disco rápido, sin pensar en la concepción de las diferentes variantes de lo artístico. En Serú Girán o en la Máquina de hacer pájaros, para dar dos ejemplos, se notaba la concepción de lo estético, ponían especial atención en cada detalle, desde el orden de los temas hasta la duración. Eso marcaba el perfil del disco. Ahora lo que buscan es marcar la personalidad del artista antes que la obra. –Dura tarea la de lograr que el “personaje” no se coma la obra. –Para mí no, porque no hay personaje. Soy un tipo normal, un artista que quiere que su obra hable. No me interesa la de esos músicos egocéntricos que andan de rotación por los medios. No soy una ficción, busco que mi música no se bastardee. Mientras el rock argentino atraviesa un cimbronazo existencial y la muerte del Flaco Spinetta suena al comienzo de un interminable velorio generacional, Aristimuño es de los cantantes-compositores que imponen un estilo y vale la pena seguirlos. Ya lo dijo: no necesita el escándalo para vivir de la música. La noche la usa para componer, dormir o desvelarse con los llantos de Azul. Por eso ríe cuando ante la pregunta de si en el mundo Aristimuño existe disciplina para trabajar. “No, escribo y compongo cuando quiero y puedo. Siempre tengo la guitarra y un grabador cerca para cuando surgen las ideas. Cuando compongo lo hago de manera natural, no necesito encerrarme en mi estudio y encender velas. Pasa que aquellos que lo toman ahora con “disciplina” es porque se quemaron muchos años. Yo no me quemo, no consumo drogas ni alcohol, tampoco vivo alocado. Soy normal, estoy en mi casa. Es más, ahora me agarrás cambiando a mi hija. Por ahora puedo lograr que la música me acompañe en cualquier de mi vida “. –¿Esa vida “normal” no cierra puertas en este ambiente? –No me pasó, la verdad. Quizá porque en este camino encontré gente copada y con mucha experiencia, que además es parecida a mí, como Raúl Carnota, Liliana Herrero, Fito Páez. Gente laburante que me ayuda, que tiene que ver mucho con mi crecimiento como músico. Creo que de la otra manera sólo crecés en los medios, pero no en tu oficio. No soy músico de multinacionales (abrió su propio sello), no puedo pensar en componer para un desodorante o una gaseosa. Hubiese hecho buena guita, he tenido ofertas de plata importante, pero mi prioridad es la música. Para mí es como la tierra: sería imposible traicionarla por una cuestión de principios. –¿Qué cambios experimentó internamente el Aristimuño que vagaba por los cantobares al de la actualidad? –Muchos, en lo humano y en lo musical hay una maduración intensa. Creo que no hubiese podido hacer “Mundo anfibio” sin “Azules turquesas”. Los discos son etapas de mi vida de las que aprendo, como las fotos de un calendario que cuentan tu existir… No le temo al crecimiento y al cambio, eso me moviliza, en todo sentido. Deseo seguir investigando, abriendo caminos, aunque a muchos no les guste. –Justamente “Mundo anfibio” habla de cambios profundos, drásticos. –Intento mostrar cómo es el mundo de hoy, cómo el sistema nos muta y nos topamos con cosas que jamás pensamos sucederían. Ahora todo es calculado, todo se tiene que saber, todo se hace en el aquí y ahora… Es mi visión del planeta: nos tenemos que amoldar a las cosas que nos imponen, dentro de poco nos van a hacer vivir abajo del agua, las antenas nos van a ocupar el lugar entero. Esa es la metáfora… La que vendrá será la única parte de la charla que Aristimuño variará su tono de voz zen, de clase de yoga, y tensará las cuerdas. Lo imagino recto, sentado en el borde de la silla, mirando al vacío, encabronado. “Hay gente que si te va bien piensa que te olvidás de los orígenes, que ya no sos el mismo. Pobre gente, están errados… La Patagonia es mi origen y la tengo adentro, pero necesito seguir creciendo, viajar a Londres, a África, a Berlín, investigar nuevos sonidos y culturas. Me parece medio corto pensar en sólo mantener los orígenes, que no entren nuevas formaciones en tu cabeza. Quiero que mis discos muten, hallar nuevas fuentes, que la música no tenga fronteras… –¿Por qué la bronca? –Porque hay gente que no entiende los procesos de crecimiento, existen músicos de la Patagonia que piensan con mala leche, que si crecés se enojan. Cómo si yo me fuese a olvidar de mis raíces. Me dan risa: cuando a un músico le va bien es un careta, pero cuando a un abogado a un médico les va bien, es un groso. –¿Hablás de músicos de la zona que tocaron con vos? –Sí, tipos que no llegaron más lejos por no moverse, por boludos, y que ahora critican. Eso me apena, sobre todo por la música rionegrina. Pero también están los que se mueven, los jóvenes que me envían demos, eso me pone orgulloso. –Ser influencia suena a un peso interesante. –No es una carga, lo asumo con orgullo, con mucha felicidad. Es un reconocimiento a tanto laburo, sembrar y recibir. Es bárbaro que los jóvenes busquen influencias en la música argentina, porque mi generación siempre fue de mirar hacia afuera. Yo me inclino por lo multidisciplinario, lo libre, siempre tuve influencias del teatro (su padre, Hugo, es director de teatro y su madre, Alejandra Lehner, actriz y profesora de actores), de la literatura, de diferentes ramas del arte. –¿Es mucho trabajo reinventarse constantemente? –No uso mucho la razón cuando compongo y escribo, justamente por eso no sé cuál es mi fórmula. Fluyo en lo sentimental y emotivo, es algo muy libre y amorfo. Creo que grabar un disco es mi parte menos pensada. Recién cuando pasan los años y escucho las canciones entiendo el momento que pasaba, es como algo terapéutico que comprendo tiempo después de haberlo escrito. Han dicho que reniega de la Patagonia, que es un depresivo, que compone para mujeres o para seres estrictamente melancólicos. Pero él, Aristimuño, habla “del amor y sus variables”. Sabe y experimentó sus matices cuando llegó a una Buenos Aires en estado de cólera. “Creo que ese estado de locura que había lo equilibré con el amor, porque fue en esa gran ciudad donde me junté con mi mujer y dejamos de tener una relación a la distancia. Encontré un equilibrio justo: mientras todo se destruía, adentro mío todo estaba floreciendo. El amor me respaldó”.

Sebastián Busader sbusader@rionegro.com.ar


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