Mundos aparte
Editorial
Aunque Carlos Menem y Eduardo Duhalde llegaron al poder juntos en 1989 y siguen perteneciendo al mismo partido, sus respectivos «proyectos» difícilmente podrían ser más distintos, de suerte que no es sorprendente que el ex presidente haya resuelto criticar a su sucesor designado por el «rumbo» que ha elegido. En cambio, sí ha motivado cierta extrañeza la virulencia de sus ataques en que calificó a su compañero de «inepto» por haber hecho retroceder al país «más de 40 años» y, como si esto ya no fuera más que suficiente, lo denostó por haber alcanzado la presidencia de la República gracias a una alianza con Raúl Alfonsín luego de haber dejado en manos de Carlos Ruckauf la tarea de organizar un «alzamiento popular». Dicho de otro modo, según Menem, a pesar de que sea discutible la legitimidad del gobierno de Duhalde, un producto no sólo de «un acuerdo de cúpulas» sino también de una campaña de agitación callejera, no ha vacilado en emprender un «rumbo» cuyas consecuencias serán calamitosas para la Argentina.
En el clima de zozobra imperante, muchos tomarán la embestida violenta de Menem por un intento extravagante por parte de un político despechado y desprestigiado de aprovechar cualquier oportunidad para reinvindicarse que se presente, pero si bien es evidente que sus sentimientos personales han incidido mucho en su forma de expresarse, los temas que planteó son demasiado importantes como para ser minimizados so pretexto de que el momento que está viviendo el país obliga a todos a encolumnarse detrás del presidente actual. Al fin y al cabo, las medidas tomadas por el gobierno no se han limitado a las claramente necesarias para salir de la convertibilidad y hacer frente a la situación angustiante provocada por el colapso de confianza en un sistema bancario antes considerado fuerte. Como el propio Duhalde ha afirmado en diversas ocasiones, ya se ha roto definitivamente con «el modelo» y el gobierno está esforzándose afanosamente por construir otro en que las finanzas cumplan un papel muy secundario detrás de «la producción». Puesto que el nuevo «modelo» -mejor dicho, la resurrección de aquel de hace «más de 40 años»- será proteccionista, parece inevitable que Duhalde trate de liderar una especie de rebelión contra «la globalización» que, lo mismo que Alfonsín, suele vapulear en sus discursos, tomando así un «rumbo» diametralmente opuesto al seguido sin mucho éxito por Menem y por su sucesor elegido, Fernando de la Rúa.
Todavía no sabemos adónde quiere llevarnos el gobierno, pero es claro que sus primeras iniciativas han contribuido a aislar aún más al país del resto del mundo. No ha sido cuestión sólo de la ruptura supuesta por la formalización del «default» o por la voluntad de algunos integrantes del gabinete de ensañarse con España, sino también de la incapacidad de norteamericanos y europeos para entender lo que Duhalde y sus colaboradores están diciendo y haciendo. A pesar del presunto deseo de los países ricos de ayudarnos, aunque sólo fuera porque no les convendría en absoluto que la Argentina se transformara en un foco de infección financiera e ideológica, no han disimulado su decepción frente a las medidas anunciadas, haciendo saber que a su juicio no constituyen un «plan» coherente y por lo tanto merecedor de auxilio. Desde luego, no sería la primera ocasión en la que la brecha filosófica, por decirlo así, entre la clase política argentina y el resto del mundo haya sido tan ancha que los dirigentes norteamericanos y europeos hayan reaccionado con perplejidad, pero es alarmante el hecho de que el mismo fenómeno esté repitiéndose una vez más. Después de todo, a menos que el gobierno logre explicar lo que tiene en mente con la claridad precisa para convencer a sus interlocutores extranjeros de que sabe muy bien lo que está haciendo, habrá motivos para sospechar que la confusión se debe menos a los prejuicios de los líderes de los países desarrollados que a la incoherencia de quienes están a cargo del destino de la nación. Aunque las estrategias intrínsecamente incoherentes suelen ser bastante populares cuando se las anuncia, a la larga no pueden sino resultar contraproducentes y si hay algo que a esta altura no necesitamos, esto es que los remedios aplicados resulten ser aún peores que la enfermedad original.