Murió Suárez Mason, un símbolo de la represión en la dictadura

Fue responsable de los centros de torturas dependientes del Ejército en Buenos Aires.

Por Redacción

BUENOS AIRES- Una semana después de la anulación de las leyes de impunidad murió ayer el ex comandante del Ejército Carlos Guillermo Suárez Mason, emblema de la represión ilegal y beneficiario de los indultos que dictó el ex presidente Carlos Menem en favor de militares acusados por crímenes de lesa humanidad cometidos en la última dictadura.

«Pajarito» Suárez Mason fue uno de los «halcones» de la última dictadura, acusado de más de medio millar de delitos -como desaparición forzosa de personas, torturas y muertes- cometidos en los «años de plomo», cuando comandó el poderoso Primer Cuerpo de Ejército.

Bajo su jurisdicción estaban, entre otros, los centros clandestinos de detención Pozo de Banfield, La Cacha, Automotores Orletti, El Olimpo y la comisaría Quinta de La Plata, que dirigió su más célebre subordinado, el general Ramón Camps.

Antiperonista confeso y hombre de ideas afines a la Unión Cívica Radical, ya en 1951 participó en el fallido golpe de Estado contra el presidente Juan Domingo Perón y por ello se exilió en Montevideo, Uruguay, donde en 1955 recibiría a los marinos que bombardearon la Plaza de Mayo hace medio siglo.

Durante el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, mostró cierta veta nacionalista y por eso a veces enfrentó la línea más liberal en el Ejército, que sostenía al ex ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, lo que no fue obstáculo para dirigir la ex petrolera estatal YPF como interventor.

Pregonaba soluciones militares a los conflictos limítrofes, hecho que lo hermanó con otro «duro» del Ejército, el ex titular del Tercer Cuerpo de Córdoba, Luciano Benjamín Menéndez. Al caer la dictadura Suárez Mason huyó a Estados Unidos -y, así, de los distintos cargos que le formuló la justicia-, bajo el argumento que no iba a ser «el pato de la boda», dejando sentado que no estaba dispuesto a cargar él solo con todas las culpas.

Pero fue capturado por Interpol en Foster City, cerca de San Francisco, y extraditado a la Argentina para ser juzgado. Aquí terminó indultado

por el ex presidente Carlos Menem.

El año pasado, cuando cumplió los 80, su esposa Angélica Alais envió una carta al presidente Néstor Kirchner denunciando «el nivel de crueldad que ponen de manifiesto los poderes del Estado» contra su marido, al que no le era concedido el beneficio de la prisión domiciliaria. La mujer dijo que la situación que atravesaba su esposo «conlleva una palmaria violación a los derechos humanos y demás derechos civiles consagrados en el Pacto de San José de Costa Rica, que es norma suprema de la Nación».

Nacido el 24 de enero de 1924 en la Capital Federal, era hincha fanático de Argentinos Juniors, club en el que durante su juventud jugó de arquero en las divisiones inferiores. v Años después fue socio honorario, cargo que le confirió el ex presidente del club Próspero Consoli.

En la sede de la entidad de la Paternal, durante un festejo de cumpleaños, fue protagonista de su último acto público -un verdadero escándalo cuando, según testigos, fue visto «rodeado de odaliscas»-, pese a que cumplía arresto en la cárcel de Marcos Paz. Por ello se lo trasladó a una celda común de Villa Devoto y fue expulsado de la institución futbolística que siempre amó.

Suárez Mason murió sin haber recibido sentencia de la justicia argentina en ninguna de las causas por delitos de lesa humanidad. Distinta fue su suerte en Italia. Aunque en ausencia, allí el ex militar fue juzgado y condenado a cadena perpetua en abril de 2004, tras un prolongado proceso de más de 20 años, junto al general Santiago Omar Riveros, por el secuestro y asesinato de ocho ítalo-argentinos.

Su abogado, Adolfo Casabal Elía, quien había presentado dos habeas corpus, volvió a fustigar a organizaciones de derechos humanos y de izquierda y ensayó una postrera denuncia. «Lo estaban matando donde lo tenían, en el instituto de Villa Devoto (…) No podía estar en esa cárcel por la edad y enfermedades gravísimas que sufría. Iban a verlo los médicos forenses, lo revisaban y decían que tenía que cumplir el tratamiento. El lo hacía: iba tres veces por semana al Hospital Militar a hacer ejercicios para el corazón», concluyó. (DyN/Télam)

Notas asociadas: Textual de un «duro» Frío, mortal Lamento de Madres y Abuelas  

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