Muros mentales

Redacción

Por Redacción

El sábado pasado, los integrantes principales del gobierno alemán y otros celebraron una ceremonia oficial para marcar el 50º aniversario del levantamiento del Muro de Berlín, el que a partir de entonces simbolizaría el fracaso del comunismo ya que, a diferencia de otras barreras del mismo tipo, no sirvió para proteger a los habitantes de la llamada República Democrática Alemana (RDA) de agresores externos sino para mantenerlos presos. Como señaló la canciller Angela Merkel, ella misma procedente de Alemania oriental, no debería olvidarse nunca “el sufrimiento que produjo a millones de personas” la construcción del Muro más infame de la historia y los esfuerzos del régimen por impedir que los cobayos se escaparan del laboratorio en que persistían con un “experimento” tan cruel como el ensayado por los nazis. Aunque tuvieron que pasar casi tres décadas más antes de que los líderes soviéticos se dieran por vencidos y, en un lapso increíblemente breve, desmantelaran el imperio imponente que habían creado sobre la base de los escritos del pensador alemán Karl Marx, hace medio siglo ya era evidente que el comunismo totalitario no podría funcionar jamás, lo que no fue óbice para que una parte sustancial de la elite del resto del mundo siguiera tomándolo por una alternativa viable al capitalismo occidental. En vísperas de la caída del Muro en noviembre de 1989, muchos intelectuales argentinos destacados aprovecharon la oportunidad brindada por el cuadragésimo aniversario de la fundación de la RDA para festejar sus supuestos logros y subrayar su fe en el futuro brillante que a su juicio le aguardaba. Para estas personas y sus equivalentes en otras latitudes –pero no en los países que formaban parte del imperio soviético–, la desaparición no sólo del Muro de Berlín sino también del comunismo como una fuerza significante en Europa fue motivo de pesar porque los privó de la ilusión de que en alguna parte existiera un sistema socioeconómico radicalmente distinto del imperante en todos los países desarrollados, uno que, merced a su superioridad intrínseca, estuviera destinado a reemplazarlo. Se trató de una actitud más apropiada para creyentes religiosos que para intelectuales orgullosamente comprometidos con lo que decían era el “socialismo científico”, pero en cierto modo es comprensible que tantos lo encontraran irresistible. Las deficiencias de todas las sociedades democráticas, incluyendo las más prósperas y las más igualitarias, son tan grandes, y solucionar o por lo menos atenuar los problemas que las aquejan será tan difícil, que es natural que algunos hayan caído en la tentación de querer destruirlas por completo a fin de empezar de nuevo. Aunque la hipotética alternativa comunista –representada hoy en día por Cuba, país en que el régimen acaba de anunciar un ajuste mayor que cualquiera recomendado por el FMI y por la famélica Corea del Norte– ya se ha visto depositada en el basural de la historia, todavía hay muchos que siguen hablando como si en su opinión nada hubiera ocurrido que pudiera desacreditarla. De más está decir que no los atrae en absoluto la “solución” de los nominalmente comunistas chinos para el problema planteado por la imposibilidad de hacer funcionar las recetas económicas marxistas, que consiste en aferrarse al poder político pero dejar lo demás en manos de empresarios de ideas llamativamente “neoliberales”. En la actualidad, el sistema capitalista está pasando nuevamente por una fase tormentosa, lo que en algunos países podría hacer irresistible la tentación de probar suerte con medidas autoritarias, pero aunque hay que tomar en cuenta dicho riesgo, a esta altura casi todos entienden que, si bien continuará siendo necesario modificar muchas cosas, sería vano procurar crear un sistema radicalmente distinto. El capitalismo es fuerte porque es de naturaleza proteica. Se adapta constantemente a circunstancias nuevas, como las resultantes de los cambios tecnológicos y la globalización, asumiendo formas levemente diferentes en los diversos países sin por eso alejarse demasiado del consenso internacional. La construcción del Muro de Berlín se inspiró en el temor que el dinamismo del capitalismo provocaba en quienes habían apostado por la extrema rigidez; su caída 28 años más tarde se debió a que, mal que bien, es imposible oponerse al cambio por mucho tiempo.


El sábado pasado, los integrantes principales del gobierno alemán y otros celebraron una ceremonia oficial para marcar el 50º aniversario del levantamiento del Muro de Berlín, el que a partir de entonces simbolizaría el fracaso del comunismo ya que, a diferencia de otras barreras del mismo tipo, no sirvió para proteger a los habitantes de la llamada República Democrática Alemana (RDA) de agresores externos sino para mantenerlos presos. Como señaló la canciller Angela Merkel, ella misma procedente de Alemania oriental, no debería olvidarse nunca “el sufrimiento que produjo a millones de personas” la construcción del Muro más infame de la historia y los esfuerzos del régimen por impedir que los cobayos se escaparan del laboratorio en que persistían con un “experimento” tan cruel como el ensayado por los nazis. Aunque tuvieron que pasar casi tres décadas más antes de que los líderes soviéticos se dieran por vencidos y, en un lapso increíblemente breve, desmantelaran el imperio imponente que habían creado sobre la base de los escritos del pensador alemán Karl Marx, hace medio siglo ya era evidente que el comunismo totalitario no podría funcionar jamás, lo que no fue óbice para que una parte sustancial de la elite del resto del mundo siguiera tomándolo por una alternativa viable al capitalismo occidental. En vísperas de la caída del Muro en noviembre de 1989, muchos intelectuales argentinos destacados aprovecharon la oportunidad brindada por el cuadragésimo aniversario de la fundación de la RDA para festejar sus supuestos logros y subrayar su fe en el futuro brillante que a su juicio le aguardaba. Para estas personas y sus equivalentes en otras latitudes –pero no en los países que formaban parte del imperio soviético–, la desaparición no sólo del Muro de Berlín sino también del comunismo como una fuerza significante en Europa fue motivo de pesar porque los privó de la ilusión de que en alguna parte existiera un sistema socioeconómico radicalmente distinto del imperante en todos los países desarrollados, uno que, merced a su superioridad intrínseca, estuviera destinado a reemplazarlo. Se trató de una actitud más apropiada para creyentes religiosos que para intelectuales orgullosamente comprometidos con lo que decían era el “socialismo científico”, pero en cierto modo es comprensible que tantos lo encontraran irresistible. Las deficiencias de todas las sociedades democráticas, incluyendo las más prósperas y las más igualitarias, son tan grandes, y solucionar o por lo menos atenuar los problemas que las aquejan será tan difícil, que es natural que algunos hayan caído en la tentación de querer destruirlas por completo a fin de empezar de nuevo. Aunque la hipotética alternativa comunista –representada hoy en día por Cuba, país en que el régimen acaba de anunciar un ajuste mayor que cualquiera recomendado por el FMI y por la famélica Corea del Norte– ya se ha visto depositada en el basural de la historia, todavía hay muchos que siguen hablando como si en su opinión nada hubiera ocurrido que pudiera desacreditarla. De más está decir que no los atrae en absoluto la “solución” de los nominalmente comunistas chinos para el problema planteado por la imposibilidad de hacer funcionar las recetas económicas marxistas, que consiste en aferrarse al poder político pero dejar lo demás en manos de empresarios de ideas llamativamente “neoliberales”. En la actualidad, el sistema capitalista está pasando nuevamente por una fase tormentosa, lo que en algunos países podría hacer irresistible la tentación de probar suerte con medidas autoritarias, pero aunque hay que tomar en cuenta dicho riesgo, a esta altura casi todos entienden que, si bien continuará siendo necesario modificar muchas cosas, sería vano procurar crear un sistema radicalmente distinto. El capitalismo es fuerte porque es de naturaleza proteica. Se adapta constantemente a circunstancias nuevas, como las resultantes de los cambios tecnológicos y la globalización, asumiendo formas levemente diferentes en los diversos países sin por eso alejarse demasiado del consenso internacional. La construcción del Muro de Berlín se inspiró en el temor que el dinamismo del capitalismo provocaba en quienes habían apostado por la extrema rigidez; su caída 28 años más tarde se debió a que, mal que bien, es imposible oponerse al cambio por mucho tiempo.

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