Neurociencia: ¿cómo aprovecharla en la educación?

Micaela Weinhandl*

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No es novedad que es muy poca la información que se conserva tras la formación educativa obligatoria. ¿Qué recuerdan de su paso por esta etapa? Seguramente en su memoria serán muchísimas las anécdotas del curso y de las/los compañeras/os pero casi nada del contenido recibido. Algo falla, y se hace poco al respecto.


Hace varios años que sabemos que entender cómo aprende el cerebro permite aprovechar mejor los recursos educativos. Esta afirmación, hecha por Eric Jesen, debe ser el punto de partida para la actualización que tanto necesita la educación pública. Sabemos que la memoria, bien estimulada, permite almacenar, decodificar y utilizar recuerdos con un propósito presente. También que aprender es formar circuitos neuronales nuevos que se disparan simultáneamente frente a un estímulo. La neurociencia, que tanto se utiliza para vender y comercializar productos, es poco aplicada para fomentar el conocimiento. Sin embargo, como en casi todos los aspectos de la vida, la forma de presentación de la información y cómo esta apela a las emociones define su capacidad de recordación, la que puede variar entre unos pocos segundos o toda la vida.


El aprendizaje, como proceso biológico, es una reacción química de nuestro cerebro. Cuando recibimos información nueva la acumulamos pero su asimilación dependerá del contexto en que es brindada, la forma de presentación del contenido, las emociones y reacciones que genere, entre otros. Simplemente escuchar, ver o leer algo no significa aprenderlo. Explicar o repetir no es enseñar.


Los seres humanos buscamos permanentemente cambios positivos en nuestra vida. Al generar estrategias de enseñanza es indispensable plantearlas en atención a necesidades, es decir, retomar problemas y/o situaciones que pueden ser de interés para los participantes. Sentir que la información recibida puede ser utilizada en la vida cotidiana la transforma en beneficiosa, lo que aumenta sus probabilidades de asimilación.


Estimular espacios dinámicos, proponer ejercicios en los que se ponga en funcionamiento lo aprendido, apelar al contexto, los intereses y experiencias de los presentes y utilizar tanto tecnología como imágenes, sonidos y videos son algunas de las formas para despertar las emociones de los participantes, convirtiéndolos en sujetos activos del proceso.


En síntesis, entender cómo funciona la memoria nos permite avanzar en estrategias de enseñanzas efectivas y afectivas. Desestructurar la manera de enseñar es fortalecer la educación del siglo XXI y el conocimiento de las/los ciudadanas/os actuales.

*Licenciada en Ciencia Política, docente


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