Ni los animales…

Por Marcelo Antonio Angriman *


Tiempo atrás una foto tomada por Cesare Bra, que mostraba a una manada de lobos caminando en medio de un inhóspito paisaje nevado, provocó una rápida viralización.

¿Qué tenía de extraordinaria esta imagen, que maravilló a miles de usuarios en todo el mundo? La respuesta está en que adelante iban los tres más débiles, luego los cinco más fuertes, más atrás los simples seguidores y al final divisando toda la escena el Macho alfa.

Con tal distribución se fijaba como sería la marcha, quienes serían los primeros sacrificados en caso de ataque y como se ejercía la estructura jerárquica, con el fin de autopreservarse y sobrevivir, en caso de ser asaltados por otra especie.

De tal ejemplo que nos propone la naturaleza, se desprende que los animales tienen un instinto que los lleva a actuar con violencia y en masa para atender cuestiones vitales, como defenderse u obtener su sustento.

El brutal asesinato de Fernando Báez Sosa, producto de los feroces golpes propinados por un grupo de jóvenes a la salida de un boliche en Villa Gesell, ha llevado a ciertos analistas a equiparar tal comportamiento colectivo con el de las bestias.

Tal analogía si bien entendible, tal vez resulte excesiva, ya que ni los animales… se animarían a tanto.

Sin embargo, hay un principio de explicación en el mundo animal que lleva a quienes estudian cómo evolucionaron nuestros procesos emocionales a decir que son consecuencias colaterales que se desatan por el tipo de vida que llevamos en la actualidad.

Sostiene Federico Fros Campelo que el dolor por rechazo, exclusión, alejamiento o soledad funciona gracias a un repertorio de circuitos que fundamentalmente están sustentados en la Corteza Cingulada Anterior. Tal funcionamiento de dolor por distanciamiento sigue sucediendo hoy en día recurriendo a los mismos sustentos neuronales.

Tal reminiscencia puede llegar a explicar por qué un joven no quiere dejar de pertenecer a su manada, más no justifica de manera alguna que ello se traduzca en una violencia rayana con la demencia, con 600 varones entre 15 y 29 años muertos por agresiones por año según el Ministerio de Salud de la Nación.

Es el hombre con su inescrutable y presuntamente privilegiado “cerebro”, el único ser capaz de matar por la simple razón de dañar.

El liderazgo negativo y la función educativa de los clubes

La necesidad de pertenecer al grupo encuentra su talón de Aquiles en los liderazgos negativos. Solo así es posible entender como un grupo que practica un deporte sustentado en valores como el rugby, pueda transformarse en una banda de forajidos.

El periodista Julio Princic quien practicó dicho deporte durante gran parte de su vida, no dudó en afirmar con crudeza que “el rugby muchas veces es un refugio en el que se reafirma la masculinidad y en el cual no es extraño existan bautismos, abusos o peleas bolicheras. Un entorno ideal para muchos cavernícolas”.

 Así adquiere su revalorización el componente educativo del deporte.

Si el objetivo es solo perentorio, sin que haya un mensaje formativo trascendente, en lugar de personas se estarán formando fuerzas de choque.

En la selección de los entrenadores de las divisiones formativas, hay una asignatura pendiente por parte de muchos clubes de Rugby. En cantidad de oportunidades se elige a quien ha sido jugador, siendo tal patente de corso insuficiente para estar con niños y jóvenes en plena formación como jugador y sobre todo como persona.

Así el entrenador repite aquello que mamó cuando fue jugador, extendiéndose no pocas veces, una cultura que reitera una y otra vez los mismos yerros.

Es hora de que el rugby todo, desde la Unión Argentina hasta cada club, se manifiesten en torno a repudiar enérgica y constantemente conductas tan apartadas de sus ideales.

Así como tantas cosas han cambiado y hoy comprendemos tantos errores del pasado, es hora de que el rugby comience en este aspecto, su propia deconstrucción.

*Abogado, Prof. Nac. de Educación Física, docente universitario


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